sábado, 1 de septiembre de 2012

COLECCIONES


         Llegó un nuevo mes de septiembre, y a Rosario le volvió a asombrar, un año más, de la cantidad de colecciones que salían al mercado. La televisión se inundaba de pronto de publicidad de fascículos de toda clase de temas, toda clase de objetos, toda clase de libros, labores… Cuando bajaba al kiosko a comprar la prensa, casi no la encontraba entre la marea de colecciones que lo llenaban todo. Después, a finales de mes, aquello comenzaba a disminuir para desaparecer en octubre, y volver tímidamente en enero, pero desde luego no con el mismo ímpetu.

            Uno de aquellos días, por pura curiosidad, se puso a anotar los temas de todos los anuncios de fascículos que salían por televisión, tratando de encontrar entre ellos alguno que pudiese interesarle; quizá aquello de coleccionar tuviera su aquél cuando tanta gente se aficionaba a hacerlo, ¿no? Pero su desencanto crecía al mismo ritmo que su lista. Cuanto más los miraba, más absurdos encontraba algunos de ellos. ¿Una “casa de muñecas rústica”? ¿Y dónde iba a meterla? Además, ni de niña le gustaron las muñecas. “Dedales del mundo”. Toma ya. Dedales de porcelana con dibujitos de distintas ciudades. ¿Qué sentido tenía acumular eso si no había podido visitar las ciudades a las que representaban esos objetos? Tampoco le servirían para coser, se podrían estropear. Otra cosa era coleccionar esos dedales si ella misma hubiera podido comprarlos en su lugar de origen. Para colmo, leyó la letra pequeña… ¡y eran todos made in China! Menudo chasco.

            Continuó mirando. ¿El Titanic por piezas? Vale, como puzle podría ser entretenido, pero una vez montado no le quedaría otra que hundirlo, como el original, porque no se imaginaba semejante trasto de casi un metro de largo decorando su minimalista comedor. No le servía. “Ganchillo, paso a paso”. De eso le podía dar clases gratis la abuela. “Punto de cruz para principiantes” tampoco le servía, ella ya sabía hacer esa labor desde pequeña. “Soldaditos de plomo de las grandes guerras”, no apto para pacifistas. “Enciclopedia médica”, qué atraso, si toda esa información pulula por internet a la velocidad del rayo… Una a una fue descartando todas las colecciones de la lista. “Abanicos de los grandes diseñadores”, con su mueble y todo, un primor. Pero ella no usaba abanico, y solo de imaginarse a sí misma sacando uno del bolso lleno de corazoncitos amorfos de Lagatha Ruin del Prado le entraba la risa floja. Ni pensarlo.

            Rosario bajó entonces al kiosko, a ver si su vendedor de prensa de confianza le podía recomendar algo interesante. “Decora tus tartas”, una gran opción teniendo en cuenta que ella se pasaba la vida a régimen por esa puñetera tendencia a acumular kilos. “Pues no me faltaba a mí más que ocupar los ratos muertos haciendo tartas que no me puedo comer. Ni hablar”, pensó. “Relojes de bolsillo de colección”. Muy bonitos, pero todos hechos en China también, más malos que pegarle a un padre. Seguro que ni siquiera marcaban la hora con un mínimo aceptable de exactitud.

            El kioskero conocía muy bien a Rosario: compraba puntualmente la prensa a diario, dos revistas semanales y un bono-bús de tanto en tanto. Sabía de su costumbre sencilla de salir a caminar por la ciudad muy temprano, de su bicicleta y su austeridad en el vestir, de sus modestos recursos y sus aficiones. Repasó mentalmente todas las colecciones que había recibido al comenzar la temporada, y decidió. Escribió la referencia en un papel, lo dobló y se lo dio sonriendo. “Es perfecta para ti. Ya me dirás si te decides a hacerla”. Rosario le dio las gracias y se marchó a casa. Al llegar, se sentó en el sofá para leer la tarjeta y ver de qué trataba la recomendación, a ver qué fascículos le había sugerido.

            “Buenos Ratos de Colección. Aproveche, propicie, organice un buen rato semanal con sus amigos, con su perro, o con quien usted quiera. No deje para otro momento las ocasiones que se presenten de pasar una tarde memorable con las personas que la aprecian, no desprecie una salida al campo con la familia, no permita que se le escape una buena charla, un té o una copa con quien a usted le apetezca. Anote las fechas, fotografíe el instante o escriba el chiste que fue la estrella de la velada, o el momentazo de risas con la sobrina pequeña, o lo que sea. Coleccione eso, y déjese de fascículos inútiles que no le aportan nada.

            Atentamente: Su Kioskero de Toda la Vida”.

            Rosario le llevó al día siguiente unas flores a aquel hombre. Y comenzó su colección.

1 comentario:

  1. Pues si, es una buena colección. Después del año que he pasado(emocionalmente) valoro tanto estas colecciones de las que me hablas. Me encanta tu relato, como siempre exquisito!!!!.

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