miércoles, 26 de septiembre de 2012

DE COLMENAS Y JARDINES


            Había una vez un gran jardín en el que coexistían muchas colmenas de abejas. Cada una de esas comunidades de insectos se encargaba de polinizar un sector del jardín; además, para aumentar la calidad de las mieles que producían, de forma ordenada y previo pacto con las otras colmenas, expediciones de obreras llevaban en sus patas bolas de polen de distintas flores de su sector a los otros. De este modo, conseguían nuevas variedades de flores, los árboles mejoraban y cambiaba el sabor y el aspecto de sus frutos. Gracias a ese trabajo planificado y organizado entre todas las colmenas, el jardín era el más apreciado de aquellos contornos, su miel cotizaba al alza en todos los mercados de la comarca, y no había pájaro, insecto o animal que no deseara vivir en aquel lugar.

            La organización interna de cada una de las comunidades de abejas se basaba en un sistema distinto, regulado y sostenido por todas las abejas que la componían. En algunas había abeja Reina, y como tal era respetada. En otras, la reina no era más que una ponedora de huevos al servicio de los demás miembros de la comunidad. Las obreras trabajaban, los zánganos fecundaban, y cada colmena dictaba sus propias leyes. Mientras todos los enjambres cumplieran con su cuota de miel, con la polinización de su sector y la colaboración en la mejora del resto, todos respetaban el equilibrio sin meterse en cómo organizaba su pequeña sociedad cada conjunto de insectos dentro de su casita de madera. “Los panales de cada uno son cosa de cada uno”.

            Sucedió que, por culpa de una severa sequía, el jardín aquel año tuvo menos flores que nunca. Los árboles apenas daban frutos, y los que conseguían brotar eran de un tamaño muy inferior al normal. Las abejas se dieron cuenta de que apenas tenían trabajo, no había de dónde sacar néctar para subsistir todas, fabricar miel y mantener el ecosistema. Los pájaros comenzaron a marcharse, y también las mariposas. Las cigarras y los grillos, que alegraban con su canto todo el jardín, vieron cómo se les cobraba un precio abusivo por continuar allí, y se plantearon dejar de cantar.

            En una de las colmenas había una especial agitación. No era una de las más grandes, pero la miel que producía era de las más exquisitas. Su sector de jardín era el más hermoso de todos, pero las abejas no vivían contentas. Su reina, que aún era de las que llevaban corona, ya no ponía huevos, pero se resistía en el trono gozando de privilegios sin contrapartida alguna. Gobernaban en ella un equipo de insectos que prometió que todo iba a mejorar; engañaron a las obreras, haciéndoles creer que la sequía era culpa del equipo de gobierno anterior, y les dijeron que ellos harían llover, volverían a abundar las flores y los frutos, todas tendrían trabajo polinizando y fabricando miel, y todas las crías podrían ser alimentadas en lugar de languidecer en las celdillas. Las obreras les creyeron, y les apoyaron contentas, pero en cuanto aquellos buenos insectos que iban a salvarles tomaron el poder resultaron ser un grupo de avispas y zánganos que no solo no trajeron la lluvia (cosa imposible, como todos sabemos), sino que impusieron cuotas de miel descabelladas a las obreras, mientras ellos se daban la gran vida, viajaban gratis y se hacían traer néctares exóticos y carísimos. Para mantener su estatus eliminaron las escuelas para las crías, los cuidadores de abejas ancianas y el dispensario.

            Las colmenas circundantes comenzaron a protestar: el mal funcionamiento de una afectaba a todas las demás, de modo que advirtieron a la comunidad con problemas. Si dejaban de cumplir con su cuota de polinización y con la entrega de ceras y miel para mezclar con la del resto de panales, se verían obligados a expulsar al enjambre del jardín. Pero si muchas de aquellas obreras no tenían flores en las que trabajar, ¿cómo podrían cumplir con esas obligaciones?

            Una tarde, las abejas, hartas de ver cómo las avispas y zánganos que las gobernaban continuaban engañándolas, se unieron e intentaron rodear el panal en el que se celebraban las reuniones de aquel grupo de mentirosos que las había engañado y se reía de ellas; para su sorpresa, un equipo de avispones de gran tamaño, armados con sus aguijones, comenzaron a agredirles. Eran ciegos y sordos, no tenían nombre ni conciencia, y solamente sabían morder, patear, aguijonear y aplastar. El balance fue demoledor: por un rato soñaron que podían recuperar sus vidas, pero solo fue una ilusión. Varias de las obreras, con las alas rotas, sin antenas, con los ojos morados o las patas arrancadas, fueron acusadas de agresión a la autoridad y encarceladas. El resto se dio cuenta de que la trampa en la que habían caído era aún peor de lo que sospechaban.

            El final de este cuento aún está por escribir. Tal vez las obreras decidan dejar de hacer miel para los zánganos, produzcan la justa para subsistir ellos y sus crías y escondan el resto para que no se la arrebaten, hundiendo así la economía de la colmena y con ella a sus gobernantes. Tal vez al resto de colmenas se les hinchen los aguijones y quiten a zánganos y avispas del poder, poniendo en su lugar administradores competentes, o tal vez expulsen al enjambre entero del jardín, abandonándolo a su suerte. O quizá la sequía acabe, las flores vuelvan y las abejas regresen a aquel estado de falsa felicidad en el que no hacían preguntas porque tenían la despensa llena, y todo irá bien hasta que de nuevo el cielo niegue la lluvia.

            Si yo fuera abeja, tengo muy, muy claro lo que haría.

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