martes, 18 de septiembre de 2012

FRENTE AL DEDO DE DIOS


            En un principio nos asustamos. Visto de lejos no era más que un niño pequeño subiéndose temerariamente a la barandilla que protege los bordes del paseo, en la playa de Agaete, en Gran Canaria. No vimos ningún adulto con él, y el instinto de padres nos hizo apurar el paso para tratar de hacerle bajar. Pero no, Raúl no estaba jugando.

            Cuando ya estuvimos más cerca, reparamos en la delgada caña de pescar que sostenían sus manos. A su lado, en el suelo, descansaban dos cubos. Uno contenía el pan mojado que estaba usando como cebo; el otro solamente agua de mar. En teoría, ahí es donde debía ir el resultado de su esforzada pesca, pero ningún pez nadaba en él todavía.

            Raúl era menudito y rubio. No aparentaba más de seis o siete años, iba en bañador y camiseta, y las chanclas de sus pies, varios números más grandes que lo que él calzaba, debían ser heredadas de algún hermano mayor. Su pelo, claro y corto, contrastaba fuertemente con el tostado luminoso de su piel; el niño debía ser del pueblo, así que probablemente pasaba los largos días de verano jugando entre la playa y el puerto de Las Nieves.

            Su afán pescador le tenía tan absorto que no alcanzaba a apreciar la belleza de su entorno: la playa de piedra negra, las casas de los pescadores, el Atlántico como un plato, el agua transparente, y el Dedo de Dios, la roca cincelada a golpe de mar que señalaba al cielo como un índice acusador, y que se erguía frente a él, al otro lado de la pequeña bahía. Cientos de bañistas disfrutaban el día de sol, y riadas de visitantes se asomaban a ver el roque, a esperar el barco que sale para Tenerife desde allí, o a comer pescado fresco en los muchos restaurantes que lo ofrecen casi vivo.

            En un principio no conseguíamos identificar el Dedo de Dios, hasta que dimos con el cartel que explicaba su desaparición: el huracán Delta, hace pocos años, lo cercenó con su fuerza desatada, dejando la base sin su mítico remate. Vamos, que lo dejó en “el muñón de Dios”. Pero Raúl no miraba el roque, ni los visitantes, ni nada. Solamente ponía bolitas de pan en su anzuelo, y se subía a la barandilla porque su corta estatura no le permitía ver dónde tiraba la caña. Lanzaba con medio cuerpo fuera, sujetándose con un brazo para no caer, y en cuanto notaba el tirón, se agarraba a la balaustrada con ambos codos para poder accionar el carrete, enrollar el hilo y sacar el pez. La mayoría de las veces, los listillos acuáticos se comían el pan sin tocar el acero, pero él no decía nada. Cargaba rápido de nuevo, volvía a subirse y lo intentaba otra vez, con la misma determinación que el mar erosionando la roca. La maniobra le exigía un esfuerzo grande para un niño tan pequeño, pero la repetía sin protestar.

            En un par de ocasiones sacó algún pescadito. Con rapidez, para no dañarlo, lo desenganchaba y decía: “demasiado chico. ¿Dónde se metieron las viejas grandes hoy?” Y sin pensarlo, con un gesto ágil, lo echaba de vuelta al mar, demostrando un respeto por los peces impropio de su edad. Después de tanto esfuerzo, ni siquiera quería el animal como trofeo. Su afán no era un pasatiempo de verano, estaba tratando de atrapar la cena. No sé cuánto tiempo llevaría allí, pero no se fue hasta que se le acabó el pan. Solo entonces vació el cubo de agua, recogió la caña y se marchó murmurando: “Esta noche cenaremos huevos, las viejas no quisieron venir. Y yo, chiquito solajero cogí pa ná”.

            A veces un niño pequeño nos puede provocar un sentimiento de verdadera admiración. Yo, mirándole, creí ver en él el carácter de los antiguos guanches, voluntariosos, esforzados y fuertes, pacientes con la naturaleza y resignados a los contratiempos. Por su constancia, su respeto y su tesón, aprendido de sus mayores, pensé que sería bonito dedicarle unas líneas hoy.

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