miércoles, 12 de septiembre de 2012

FRENTE A FRENTE


“Yo nací del otro lado de este mar nuestro, cansado, que te besa con pereza,

y desde allí, en la distancia, me enamoró la arrogancia de tus perfiles airados.

Entre brumas emergía la rotunda poesía del Padre Teide nevado,

el celoso centinela de estas siete carabelas que en torno a él han fondeado

buscando abrigo y cuidado…”

            Recuerdo la primera vez que escuché estos versos. Los llevo desde entonces prendidos al forro de mi cuerpo por la parte de adentro; me los cosiste tú con el portentoso hilo de tu voz. Te debo, por tanto, un soplo del amor que siento por esta mágica tierra, por este puñado de joyas que dejó caer sobre el Atlántico algún dios caprichoso.

            No era, desde luego, la primera vez que te escuchaba cantar, porque cuando yo nací ya tu fama había dado la vuelta al mundo, pero sí fue la primera vez que pude percibir el poder de los volcanes en una garganta, la tuya. Esos versos fueron la llave que usaste para abrir el cofre de mi atención al prodigio de tus cuerdas vocales y a la maestría de tu dominio sobre ellas, y avivaron en mí la inquietud que ya sentía por conocer el lugar que os hizo posibles, a ti y a esa canción que no me ha abandonado ya nunca.

            Esta mañana lo he hecho por fin. Caminé hasta La Puntilla, mientras Las Palmas se desperezaba. Allí me descalcé, y con el pantalón remangado y los zapatos en la mano metí los pies en el Atlántico pisando la arena de Las Canteras. Confieso que en algún momento pensé, deseé, que la esencia del océano entrase por mi piel y me invadiese, como seguramente hizo contigo, aportándome algo de esa fuerza que os hace a los canarios tan especiales. Caminé toda la orilla, desde la zona rubia hasta las rocas que guardan la arena negra del último tramo, justo donde se eleva el auditorio que lleva, orgulloso, tu nombre, y allí me senté para mirarte. Tú y yo, frente a frente. Tus ojos de bronce, que antaño fueron vivos y penetrantes y ahora se dirigen eternos a las olas del océano, me vieron. Y escuchaste, callado, lo que vine a decirte: GRACIAS. Por aquellos versos que me cambiaron, que me empujaron un poco más a conocer el lugar al que siempre quiero y querré volver. Gracias por esa voz que puso a Canarias en el mapa del mundo. Gracias por las veces que tu guitarra se perdió por La Laguna serenateando a su luna tinerfeña, por cantarme que naciste a la sombra del Roque Nublo, la lírica piedra lunar que protege y abandera a Gran Canaria.

 Te debía esta visita, maestro, y yo procuro pagar mis deudas. Así que aquí estoy, frente a la escultura que te muestra ante las generaciones que no han tenido la suerte de conocerte en vida, porque a pesar de tu triunfo en todo el planeta elegiste volver, respondiste a la llamada de las islas para vivir la eternidad desde este paseo, mirando a la playa hermosa e interminable de Las Canteras. Aquí estoy frente al gran Alfredo Kraus, el de la voz forjada a fuego, retama, océano y alisios, para contarle lo que un día me hizo sentir, y para preguntarle qué tiene esta tierra irrepetible, qué es lo que la hace parir seres tan entrañables, por qué aquí se dan, como en ningún otro sitio, voces tan únicas, por qué la música brota de cada esquina como el agua de los manantiales. Su rostro, ahora imperturbable, no ha querido contestarme. Creo que es su forma de decirme que no busque razones, que la magia no se explica. Se disfruta, y ya está.

Tal vez el mundo nunca vuelva a conocer una voz como la suya. Pero si algún día se da, estoy segura de que habrá nacido en uno de estos siete talismanes de lava y sal.

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