jueves, 6 de septiembre de 2012

HOLA, ADIÓS


         Hay días que pasan sin pena ni gloria. Rutinarios, ordinarios, aburridos o incluso indignos de ser recordados, dependiendo de lo que a uno le ocurra. Hay días en los que no nos pasa nada, y días en que nos pasa de todo, bonitos, feos, ilusionantes, llenos de suerte o cenizos perdidos. Y hay días como ayer.

            A mí no me pasó nada destacable (quitado que me gasté un dineral indecente en libros de texto para mis dos retoñas, pero eso es capítulo aparte), con lo cual os preguntaréis: ¿qué tuvo de extraordinario ayer para que sea digno de que le dediques una página? Pues muy sencillo: ayer dije “Hola”, y también dije “Adiós”. “Pues vaya novedad”, pensaréis. “Todo el mundo dice hola y adiós varias veces a diario”. Sí. Pero no así.

            Quince días le faltaban para cumplir los noventa. No era nada mío en cuanto a sangre, aunque sí me tocaba el corazón. Era, en esencia, un hombre bueno. No se dejaba a nadie sin saludar, tenía una sonrisa siempre para todo el mundo, y muchas veces por no ofender no hacía ni ruido. Mantuvo la cabeza fresca hasta el último día, conocía y reconocía, recordaba y se preocupaba del bienestar de los demás. Tuvo la inmensa suerte de que Pilar, mi vecina de abajo, se convirtiese en su nuera, y ella ha sido su ángel los últimos tiempos. Sus manos le han atendido, lavado, alimentado, medicado, aplicado las curas, siempre con una caricia, siempre llena de cariño. Cortarle la pierna solo le otorgó dos meses más, pero no han sido buenos. Ayer por la tarde bajé a verle, y solo diez minutos antes había dejado de respirar. Le cogí la mano, aún caliente, para despedirme. “Adéu, tío Ximo”. Completó su camino y se fue como había vivido: sin hacer ruido por no molestar.

            Mientras tanto, a dos mil kilómetros de distancia, una criatura peleaba por nacer. O mejor dicho, su madre luchaba por parirlo desde hacía horas. No es nada mío en cuanto a sangre, pero sí me toca el corazón por el aprecio que les tengo a sus padres. Era un niño muy deseado, muy esperado. La grandísima ilusión de una vida que empieza de cero, que lo tiene todo por hacer, todo por experimentar, todo por construir, un bebé al que no le han de faltar manos llenas de ternura que le ayuden, le alimenten, le eduquen y le guíen. Llega a un hogar en el que el amor rebosa por las ventanas, se sale por los quicios de las puertas, y es hijo de dos personas de esas que te brindan su afecto sincero sin condiciones, generosas y buenas. Cuando supe de su nacimiento aún no me había secado las lágrimas del adiós, y con los ojos empañados y el pañuelo húmedo en la mano, sonreí frente al ordenador y dije: “Hola, Andrés. Bienvenido”.

            El ciclo de la vida, con su parte amarga y su lado hermoso, se cerró delante de mí ayer, recordándome de nuevo para qué estamos aquí: para SER con otros y de otros. Para aliviar el dolor de los que han de partir y compartir la ilusión de los que han de venir, para que nadie de los que apreciamos sufra la amargura de irse en soledad, y para habilitar nuevos rincones en el corazón a la hora de recibir a los que van llegando. Para hacer nuestros el dolor y la alegría de quienes nos rodean, porque al fin y al cabo, el día que cerremos del todo los ojos pueden ocurrir dos cosas: que los demás recuerden nuestros brazos abiertos y nuestra sonrisa, o que no recuerden nada. Imaginad cuál es mi opción.

            Para mí, el día de ayer será para siempre el día de Andrés y Ximo, el día en que dentro se me cerró una puerta y se me abrió otra, cuando lágrimas blancas y negras brotaron de mis ojos confundiéndose, y confirmándome que sigo siendo un ser humano pensante, pero también “sintiente”.

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