sábado, 15 de septiembre de 2012

LA QUEIMADA


            No sabía qué era lo que le había herido más, si que él la dejase o que ya tuviese el recambio preparado antes de darle la patada. El primer amor, por lo general, suele acabar dejándonos cicatriz, pero si se sazona con mentiras y algún cuerno, la sensación es dolorosa como pocas. Y peor aún cuanto más jóvenes somos cuando eso ocurre. Así le pasó a Eli, que al verse burlada y con el corazón roto no supo cómo reaccionar.

            Lo bueno que tienen esos hundimientos amorosos de juventud es que nos enseñan con qué tipo de personas no tenemos que volver a relacionarnos, pero ese beneficio no se ve durante las primeras semanas. Hasta que cesa el llanto pasan varios días, luego empieza la rabia, llegan las ganas de abofetear, de ofender, de castigar. Eli entró en esa fase, la del resentimiento y las ganas de devolver el golpe, pero no se atrevió a enfrentarse a él para decirle lo que pensaba. Buscarle, aunque fuese para acordarse de sus antepasados delante de sus narices, le daría a entender que aún le importaba algo, y no quería halagar su ego.

            Por aquellos días, en manos de nuestra protagonista cayó un folleto sobre turismo en Galicia. Concretamente estaba en la sala de espera del dentista, un lugar en el que, con tal de entretener la mente y no pensar en lo que van a hacernos, leemos lo que sea. Eli hojeó la publicación, y se detuvo ante una página en la que se explicaba lo que es una queimada. “Ritual de alcohol y fuego que se empleaba para ahuyentar meigas, trasgos, males de ojo, demonios y otras calamidades. Se hacía de noche, acompañándolo de un conjuro en lengua gallega heredado de las tradiciones celtas”. Y a continuación, daba la receta del brebaje y transcribía el mágico recitado. Ella, justo cuando la enfermera la estaba llamando para pasar a la consulta, arrancó con disimulo aquellas páginas y se las guardó en el bolso.

            Eligió una noche de luna llena, quería exorcizar sus demonios, es decir, dejar de sentir la rabia, la amargura que aquel mal novio le había dejado. No deseaba odiarle siquiera, solamente olvidar que había tenido algo que ver con él. Vertió la botella entera de orujo gallego en el cuenco de barro; después echó el azúcar, los granos de café, la corteza de limón y naranja, los palos de canela, y removió. Encendió una pequeña hoguera en la que incinerar cuantos recuerdos guardaba de él: notas, postales, alguna flor seca… y poco más, porque no había sido precisamente espléndido con los regalos. Una foto suya fue el último papel en arder, y después le prendió fuego al orujo. Comenzó a removerlo leyendo el conjuro arrancado de la revista, y cuando terminó, añadió: “y que le vaya mal en todo lo que haga. Que termine solo y arruinado, y que no tenga que volver a verle en mucho tiempo”. Después, apagó el fuego, dejó que se enfriase aquel brebaje, y bebió. Y bebió, y bebió, cogiendo la borrachera más grande de su vida.

            Cuando se despertó tenía una resaca tremenda, pero se sentía aliviada de su carga emocional. A partir de ahí pasó página y fue olvidando, y todo fue a mejor en su vida. En ocasiones se acordaba de aquel episodio alcohólico lunar y se reía de sí misma y de las estupideces que hacemos en nuestra juventud. Nunca se lo contó a nadie, ni tampoco supo más del sujeto en cuestión hasta casi treinta años después.

            Se lo cruzó por la calle, pero no le reconoció. Fue él quien la hizo parar. “¿Eli? ¡Vaya, cuánto tiempo! ¿Cómo te va?” Estaba gordo y canoso, casi calvo. Tenía los dedos amarillos por la nicotina, la dentadura echada a perder y la barba descuidada le hacía parecer aún más desaseado. “Bien, me va bien”. Quiso continuar su camino, pero una curiosidad morbosa la detuvo. La pregunta, maliciosa, brotó de sus labios disfrazada de cortesía inocente: “y tú, ¿qué es de tu vida?”

            Dos divorcios, varios juicios pendientes por estafa, embargos, multas, insolvencia, tres hijos a los que sus madres no le permitían ver más que lo estipulado por el juez, varios negocios fallidos… Todo le había salido mal. Casi (solo casi) llegó a darle un poco de lástima. Se marchó a casa, y por el camino, mientras sonreía para dentro, pensaba que en la etiqueta de las botellas de orujo debería ir impresa la receta de la queimada, el conjuro y una advertencia: “Cuidado. Estas botellas las carga el diablo”.

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