lunes, 17 de septiembre de 2012

LA SIEMBRA


            Rogelio no era, desde luego, el hombre más agradable del mundo. Ni fue buen marido, ni fue buen padre, ni buen abuelo, ni buen nada. Siempre hizo de su capa un sayo sin consultar a nadie, importándole un rábano las consecuencias de sus actos. Renegón, con un carácter endemoniado, el grito siempre a flor de labios, usaba la sonrisa solamente cuando convenía, que no solía ser casi nunca.

            Sus nietos no le llamaban “abuelo”. Para ellos era “el padre de mi padre” o “el padre de mi madre”. Para sus hijos era Rogelio a secas. Lo de “papá” es un título con demasiadas connotaciones tiernas como para adornarle con él, porque si de algo careció siempre fue de ternura. No ayudó con los deberes, no se desveló jamás por una fiebre infantil, ni fue a hablar con un profesor, ni preparó un desayuno a sus hijos. Con las migajas de lo que ganaba (o mejor dicho, con lo que no gastaba en juergas) su mujer crió a los niños, que volaron del nido en cuanto les fue posible. Después, no se le ocurrió que podía marcharse ella también y tratar de emprender una vida feliz, aún estaba educada en eso de “hasta que la muerte nos separe”, y se quedó con él, es decir, pasó un año tras otro sola, pero con compañero de cama, aguantando las habladurías de que si estaba con una, que si estaba con otra.

            Rogelio enfermó hace pocos meses; su mal carácter se acentuó, porque igual que no había sabido ser buena persona tampoco supo ser buen paciente; atenderlo fue una carga molesta y desagradable para su familia, que tenía muy poco que agradecerle. Aun así, todos cumplieron su papel hasta el final. En los últimos momentos, cuando vio la muerte de cerca, levantó las manos hacia su esposa, implorando ayuda, buscando consuelo. Y ella, abnegada hasta el postrer suspiro, se acercó a la cama… y le quitó los anillos de los dedos, pensando que después, cuando estuviera muerto, le iba a dar asco. Después, llamó al de la funeraria, que al llegar con su cara de condolencia los encontró a todos viendo la tele y tomando café con pastas mientras comentaban las noticias del día. “Coja para vestirlo el traje que quiera del armario, lo mismo da. Como si lo deja en calzoncillos, total, le vamos a incinerar…” El pobre funerario se quedó más pálido que el muerto que había en la cama.

            Cumpliendo su última voluntad (no fuera a volver para castigarles), debían esparcir sus cenizas en la calle en la que había nacido, una de las vías más antiguas y con más solera de la ciudad, popular, estrecha y muy transitada. El ayuntamiento les denegó el permiso para hacerlo, y temiendo que el mal carácter de Rogelio les alcanzase desde el más allá, se pusieron a pensar en cómo podían cumplir su deseo sin levantar sospechas. Al final, eligieron un día entre semana, vaciaron la urna cineraria en una bolsa del supermercado, le hicieron un agujero en el fondo por el que iba saliendo un discreto reguerillo de ceniza, y pasearon, calle arriba, calle abajo, durante toda la mañana, cruzando de acera, deteniéndose en los escaparates… En algún momento, una señora les advirtió: “disculpen, se les ha roto la bolsa y van perdiendo lo que sea que llevan dentro. Cuando lleguen a casa no quedará nada”. Se echaron a reír. “Gracias, esa es la idea”, y la pobre señora se marchó dudando acerca de la salud mental de algunos ciudadanos.

            Cuando ya el plástico quedó vacío, lo tiraron a una papelera y esperaron, mirando el reloj. No tardó en aparecer la máquina de barrer, con su ruido característico, su chorrito de agua para no levantar polvo y sus escobas circulares. Un empleado aburrido la conducía mientras escuchaba canciones de Estopa a todo volumen. En dos pasadas dejó la calle limpia, ante la atenta mirada de esposa, hijos y nietos. En cuanto terminó su trabajo y desapareció por la esquina siguiente, todos se fueron a comer a un buen restaurante.

            La moraleja de esta historia es muy fácil de comprender: si no sembramos cariño, al final nos sembrarán a nosotros en cualquier acera llena de cacas de perro y regueros de orines que van dejando los borrachos en las esquinas, y mezclados con ellos nos veremos barridos y arrojados al cubo de la basura. Hay quien no merece mejor final.

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