miércoles, 19 de septiembre de 2012

LOS PECHOS DE CATALINA


            Yo no sé a qué viene tanto revuelo. Solamente son unos pechos. Y eso que son el símbolo femenino por excelencia, más incluso que el propio sexo. Este tema me hace sacar conclusiones a pares. A pares de tetas.

            Vivimos en una sociedad cuya doble moral cada vez se agudiza más. Si tú preguntas al común de los hombres qué miran en una mujer durante los primeros diez segundos de conocerla, un altísimo porcentaje te dirá que los ojos, y pensará en el escote. O sea, que eso es lo primero, pero no osarán reconocerlo jamás de los jamases. ¿Por qué? Pues porque la encuesta pueden leerla sus madres, sus novias, hijas o esposas, y sentirse ofendidas.

            Ellos no confiesan, pero es que nosotras tampoco. Porque, pensadlo despacio: ¿qué es lo primero que hacemos cuando sabemos que vamos a ver al chico que nos gusta? Yo os lo digo: ponernos guapas. ¿Y en qué consiste eso de ponernos guapas? Pues en ponernos laaaaargas pestañas llenas de rimmel para la caidita de ojos, rojo-semáforo-me-tienes-loquita en los labios, y un buen escote, o el jersey más ajustado de nuestro armario. ¿Para resaltar qué? Oye, qué cosa más evidente.

            Los pechos femeninos son la señal que indica al macho “con esta puedes perpetuar la especie”, es un mensaje que va directo a nuestro primitivo subconsciente, programado desde que no éramos sino monitos peludos (y desnudos) para darle a la procreación como si nos fuera la vida en ello (que nos va, pero eso es otro tema). Y por eso, y no por otra cosa, las mujeres se llenan de siliconas y postizos varios: para verse más atractivas, más deseables a los ojos del hombre. Para ser las elegidas sobre otras con menos volumen mamario. Todo lo demás, lo de “es que me las veía caídas”, lo de “siempre tuve complejo” y lo de “así me sienta mejor la ropa” son excusas, autoengaños y mentiras que a menudo nuestra mente consciente se cree. Pero la parte subconsciente sabe la verdad, y si no, preguntadle a cualquier antropólogo.

            El caso es que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, alguien nos hizo creer hace siglos que debíamos odiar (y ocultar) nuestros pechos. Porque resulta que con ellos podemos resultar deseables y hacer que los hombres piensen en el sexo, anulando su voluntad y su capacidad de decisión. Eso debió ser cosa de la religión, que siempre nos ha tenido a las mujeres por inductoras del pecado y a los hombres como débiles mentales, con el cerebro puesto en… bueno, ahí. Pero la naturaleza es la que habla, y cuando un bebé, igual niño que niña, sale de nuestro vientre, lo primero que busca es amorrarse a la teta, y digo yo que eso querrá decir algo. Cuando un hombre se enciende con un beso largo y apasionado, ¿qué es lo primero que busca tocar? Pues eso, las manos van al pan.

            Andamos estos días en polémica porque Catalina de Inglaterra ha sido fotografiada tomando el sol con los senos al aire. Como si la chica, por haber emparentado con la realeza, tuviese que exponerse al astro rey en traje de neopreno. Y la mojigata sociedad inglesa se rasga las vestiduras, todo el mundo se escandaliza, ponen el grito en el cielo… ¿pero por qué? ¡Si solo son un par de tetas! Y muy bien puestas, por cierto. Que no digo yo de hacer ningún alarde ni de ir por ahí como las nativas amazónicas (que son bastante más felices que muchas de las mujeres modernas, civilizadas y tapadísimas), pero sí de que impere la cordura, que nos miremos con un poco más de naturalidad. Que unos pechos no sean la causa de que ningún sistema judicial pierda el poco tiempo que tiene, dejando de lado cosas realmente serias e importantes. Y que un par de tetas, sean reales, plebeyas, blancas o negras, erguidas o chuchurrías, son una parte más de nosotras, que todas tenemos, y que no tenemos por qué avergonzarnos de ellas. ¿Que las destapamos y nos pillan? Pues francamente, prefiero ver un pecho desnudo que un niño muerto en Siria, una familia desahuciada en Valencia, un accidente de tráfico o cualquier otra cosa así. De modo que, Catalina, no tengas tanta pena ni tanta vergüenza, ni montes en cólera porque te hicieron una foto sin sujetador. Al fin y al cabo, lo más comentado de tu boda no fuiste tú, sino el escote y el trasero de tu hermana con ese vestido blanco que levantó pasiones (y no solo pasiones). Así somos los humanos.

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