jueves, 13 de septiembre de 2012

PROFESIONALES


            Nos sentamos con alivio, cuando ya nuestros pies venían pidiendo socorro desde hacía un buen rato. Habría sido mucho más cómodo quedarnos en el hotel mirándonos a los ojos, pero nos obligamos a salir para no dejar que la inminente despedida me nublase de tristeza. Ya sabéis, las mujeres y nuestra tendencia a la melancolía cuando nos separamos del ser amado.

            Habíamos caminado durante más de una hora a buen paso, con las manos enlazadas, como siempre, porque no supimos nunca cómo hacer para andar juntos y que nuestras pieles no se comuniquen mediante el contacto. A veces hablábamos; otros ratos, ni siquiera eso. Simplemente mirábamos el mar, las luces del paseo y la gente en las terrazas de las cafeterías y restaurantes, respirando profundo y agradeciendo al viento su soplar discreto, que refrescaba la noche sin hacerla desapacible.

            Elegimos para detenernos los sillones oscuros de un pequeño local. Los ojos nos pedían luces tenues con las que contemplarnos sin prisa frente a una copa, la última juntos quién sabe en cuánto tiempo. La presencia menuda de Mario, con su polo de rayas y su voz tenue, tan a tono con el estilo de su restaurante, se hizo patente junto a nosotros, distrayéndome las ganas de llorar.

            Hay muchas maneras de llevar un negocio de hostelería. No se exige titulación alguna para ello, y durante muchos años todo el que no tenía otro oficio conocido o no encontraba empleo ponía un bar; en multitud de ocasiones me han atendido camareros amables y muy competentes, pero en otras han sido personas con poca o nula educación, masticando chicle; me han servido comidas jugueteando a la vez con un piercing en el labio superior. Algunos me han tratado de usted y a otros les ha faltado preguntarme algo así como: “¿Qué te pongo, tía?” En un par de sitios me he ido a otro bar porque no se han dignado a interrumpir una conversación personal o telefónica para atenderme o limpiarme la mesa quince minutos después de haberme sentado en ella. He visto camareros discutir y chillarse entre ellos frente a la clientela sin ningún pudor, e incluso una vez salí huyendo de un establecimiento nada más ver las uñas de quien me puso el café, con una negrura solamente entendible en un mecánico de coches. Por eso Mario, con su impecable corte de pelo, sus manos blancas de ademanes suaves y precisos y su amable sonrisa ya hizo, antes de servirnos nada, que mereciese la pena haber escogido su terraza.

            “Buenas noches. ¿Qué les apetece tomar, señores?” Indecisa entre el mojito y el gin-tonic, vi dos copas de balón en la mesa de al lado. No tenía el ánimo demasiado caribeño, y el aspecto cristalino y refrescante de lo que tomaban aquellos casuales vecinos me decidió. “¿Qué tipo de gin-tonic desea?” No supe qué contestar. Nunca antes me habían hecho esa pregunta, quizá porque no salgo demasiado de copas por ahí, y cuando lo hago es raro que pida algo más fuerte que una cerveza. Vivo en un pueblo pequeño, y no he ido de marcha a la capital desde… ni me acuerdo. En mis tiempos mozos, cuando más salía, como mucho te preguntaban: “De Larios o de Beffeater?” Vaso de tubo, dos cubitos, una rodaja de limón, chorrete de alcohol a ojo, tónica de la de toda la vida, metían la cuchara larga y mezclaban, golpeando con ella el fondo del vaso. A más golpecitos, más evidente era que te habían puesto garrafón, y trataban así de que el gas carbónico se llevase el aroma de una ginebra tirando a regularcilla.

            “¿Qué le recomendaría a un profano en la materia?” es una fórmula estupenda que uso para no tener que decir claramente que no tengo ni idea. Lo entendió enseguida. “Bien. Entonces, para iniciarse en la cultura de la ginebra, yo le sugeriría una de origen francés, más afrutada y amable que otras. Las ginebras secas hay que aprender a apreciarlas”. Di el visto bueno con una sonrisa, y Mario desapareció con su paso elástico rumbo a su reino, la barra del bar. Cuando regresó, traía una botella redondeada. Quitó el tapón, y con un “permítame, por favor”, me la acercó para que la oliese. “El aroma de una buena ginebra se puede apreciar de la misma manera que un buen perfume”. No le faltaba razón, y a mi nariz llegaron notas vegetales, dulces y frescas. “He elegido para combinarla una tónica neutra. Así no desvirtuará su carácter, y podrá saborearla mejor. Solamente he añadido algo de corteza de naranja, una rodaja de lima y una semilla de anís estrellado, para redondear el conjunto sin disfrazar sus elementos”. Mientras hablaba, midió con precisión el licor y lo vertió, despacio, sobre el hielo. Se ayudó de una cuchara coctelera para sumergir la fruta y el anís en el líquido transparente y distribuir mejor los cubitos. Luego fue añadiendo despacio la tónica dejándola resbalar por el mango salomónico de la cuchara, evitando así que la dispersión del gas se llevase el espíritu de la delicada bebida alcohólica. Todo un espectáculo del que no perdimos detalle.

            El aroma de mi copa, cuando me la acerqué a los labios, me hizo sentir bien. Su sabor no era, ni de lejos, parecido a nada que hubiese probado antes. El anís y la lima apenas se intuían, las finas burbujas se deshacían llenándome la lengua de matices desconocidos, y mi garganta, al paso del líquido, se inundó de aquella dulce y delicada frescura, dejándome la misma sensación reconfortante que nos invade al acoger entre los brazos a un bebé recién bañado, con su olor limpio de piel nueva, flor de naranjo, grosellas y alegría cristalina.

            Mario pasó por nuestra mesa unos minutos después. “¿Ha resultado de su gusto?” Me eché a reír. “Me lo estoy tomando despacio porque me da pena que se me acabe”. Él sonrió, y con un “gracias” tan quedo como su discreto andar, nos dejó solos.

            Qué distinto puede ser todo cuando tropiezas con un buen profesional. Ellos son los que tienen el poder de convertir una simple copa en una experiencia cuyo recuerdo nos haga sonreír, una gracia especial que puede cambiarnos el humor. Ojalá hubiese muchos más como Mario. Su rincón, el “Praya”, en la playa de Las Canteras, no lejos del Auditorio Alfredo Kraus, es una de las muchas cosas bonitas que me ha regalado Las Palmas estos días.

            Ha sido un placer, caballero.

2 comentarios:

  1. Mira si describes con gusto las cosas, que no me gusta el gin tonic y me han dado ganas de tomarme uno, jeje.

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