domingo, 2 de septiembre de 2012

TESTIGOS


            Diana aguantó cuanto pudo, pero llegó un día en que se dio cuenta de que continuar con aquello no tenía ningún sentido. Hacía mucho tiempo que la chispa entre ellos había desaparecido, ninguno de los dos era feliz junto al otro, y la convivencia con su desgaste iba degenerando hasta el punto de que ambos habían comenzado a hacerse daño. Eran pequeñas cosas, reproches, discusiones, comentarios dolorosos, pero cada vez eran más los momentos tensos y menos los días tranquilos. La felicidad había desaparecido.

            Se levantó una mañana resuelta a terminar con aquello. Él no estaba dispuesto a tomar la decisión de separarse, así que lo hizo ella. Era un paso difícil, lleno de consecuencias para todos, pero la alternativa, continuar así, le resultaba cada minuto más asfixiante. Se había casado para ser feliz, para disfrutar de la vida junto a alguien que la amase, y eso no era lo que estaba ocurriendo. Tenía derecho a darse otra oportunidad. Nadie se lo tomó bien.

            La dulce Diana, la tranquila Diana, tan menuda, con su larga melena y su sonrisa dulce, se convirtió entonces en una hostil “destrozafamilias” a los ojos de todos. Ni los suyos lo entendían, quizá porque nunca le había dicho a nadie que su matrimonio naufragaba día a día. Había adelgazado mucho, estaba pálida y ojerosa; perdía la paciencia con rapidez, dando contestaciones que no eran propias de ella. Y en lugar de pensar que la suya era realmente una decisión madura y meditada, en lugar de verla como una adulta luchando por tener un futuro mejor y recuperar la ilusión, comenzaron a mirarla como si estuviese enferma. Era la Diana de siempre, con sus pasadores de fantasía en el pelo, la que se cambiaba las horquillas de flores y mariposas con su hija, pero con una depresión. Solo una enfermedad nerviosa podía justificar el disparate que quería cometer; pensaron que debían protegerla de sí misma, convencerla del error en el que estaba cayendo hasta que volviese a pensar con claridad.

            Esa falta de confianza en su capacidad de decidir por sí misma terminó sacando de sus casillas a Diana. No era una chiquilla, no necesitaba protección, ni tutela de nadie. Era una mujer con dos hijos que quería vivir una vida que no la hiciese sentir desgraciada, una persona fuerte y decidida que sabía que no encontraría lo que necesitaba junto al hombre con el que se había casado y necesitaba seguir adelante sin él. Era consciente de que los niños se verían afectados, pero ¿no vivirían peor en un hogar del que el amor había huido para no volver? ¿No sería más doloroso para ellos ver a sus padres lanzándose amarguras cada día? Diana sabía que el único paso posible era el divorcio. Pero nadie parecía darse cuenta de ello.

            Su amiga Ruth, la peluquera, le dijo un día: “No te toman en serio porque te ven igual que siempre. Los cambios de dentro no se aprecian, y te has quedado tan delgada que piensan que estás enferma”. Diana dio, por fin, un puñetazo en la mesa. “Córtame el pelo muy corto, Ruth. Y cámbiale el color. A partir de hoy soy una mujer nueva, y lucharé para que todos se den cuenta. Voy a ser feliz, cueste lo que cueste y le pese a quien le pese”. Se miró al espejo cuando su amiga hubo acabado, y se vio distinta, libre y con ganas de comenzar de nuevo. Al llegar a casa, cogió la caja en la que guardaba sus pasadores de fantasía, las horquillas con flores, las mariposas y todos los accesorios que tanto le gustaba lucir en su melena, y los tiró a la basura.

            Un divorcio no es fácil, pero a veces es la mejor solución. Y la fuerte Diana, la decidida Diana, cortó amarras y dio un nuevo rumbo a su vida. Un viaje con el que todos salieron ganando. Por fin había dejado claro al mundo que ella era la única capaz de decidir su destino.

            Ahora su pelo ha crecido de nuevo, vuelve a llevar la larga melena de antes, pero en su cara luce una sonrisa luminosa y verdadera. Ha ido comprando nuevos prendedores y horquillas para adornar sus rizos, pero ya no los guarda en ninguna caja. Los tiene colgados de la pared, a la vista, como testigos de su cambio. Ellos le recuerdan a diario que es la única dueña de su propia vida.

La llave de nuestra felicidad no está en manos de nadie, sino en nuestro bolsillo. Buscarla y usarla es decisión de cada uno, porque aunque hacerlo implique iniciar un camino difícil, es la única manera de continuar vivos.

2 comentarios:

  1. Los divorcios nunca son agradables, sea la edad que sea. Este año he vivido esta expeiencia con mis padres. Después de treinta y cinco años de convivencia ha decidido eso divorciarse. Lo malo, que rompió la familia.Se divorció de mi padre y nos pidió que nosotras( sus hijas) también lo hiciéramos con mi padre, ha sido todo muy duro.

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  2. Escribir sobre una experiencia tan dura como es un divorcio, sin haberlo sufrido, reflejar la impotencia que se siente cuando nadie te entiende y la determinación que te inunda cuando por fin tomas las riendas de tu vida y convertirlo en una historia maravillosa con moraleja y todo, solo se me ocurre que sea por una cosa.... ¡¡Eres grande escribiendo!!

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