domingo, 7 de octubre de 2012

¡ABRAN PASO!


         Hay días en que te pasan cosas de lo más bestias. Como hoy. Era un domingo deliciosamente aburrido, de siesta, pereza otoñal, chándal y tele vespertina. Pero de pronto, todo cambió. No fue premeditado, ni buscado, lo juro. Simplemente ocurrió.

            Mi costillo pasó junto al acuario y se puso a mirarlo. “Está pobre de plantas”, dijo. “Ha bajado el nivel de agua, hay algas en el cristal. Y la población de peces ha disminuido un poquillo”. Un poquillo, dice. Quedan cuatro pescados mal avenidos después del calor de este verano, que los habitantes de mi acuario son muy delicados, y a la mínima… ¡zas! Estiran la aleta. “¿Y si vamos a comprar para repoblar?” Nos pareció bien el plan, y en cuanto llegamos al centro comercial comenzó la aventura.

            Allí estábamos, papá, mamá, adolescente y pequeñaja, dispuestos a arrasar con media tienda. Y nos tocó la dependienta más agradable de todo el establecimiento. Comenzamos por las plantas. Elegimos una. “Esa os va a invadir el acuario”. Escogimos otra. “Esa se os va a morir por falta de luz”. Otra opción. “Esa se la comerán los caracoles”. No había más especies. Al final le dije que plantaríamos lechugas. No entendió la broma, y su cara adoptó un rictus “ardor de estómago” que daba miedo. Qué poco humor.

            Después pasamos a elegir los peces. Y otra vez, el colmo del optimismo. “Esos no cojáis, que los que tenéis en casa se los comen”. “De esos que me pedís no me queda ninguno”. “Los de más allá se estresan con los de más acá y terminan devorándose como fieras”. “Aquellos de allí están en cuarentena”. “Los de acullá los tengo en tratamiento”. Se ve que la chica hoy no quería vendernos nada. Al final no le hicimos caso y elegimos dos especies. “Me ponga tres de estos y seis de aquellos, cuarto y mitad de gusanos congelados y una pipeta antiparasitaria para el perro”. Y allá nos fuimos, camino de la caja, a pagar los bichejos y todo lo demás.

            Mientras estábamos en la cola, a mi gordita pequeña le dio por mirar los peces. “¡Anda! Nos han regalado dos pequeñitos”. Cuatro pares de ojos escudriñaron la bolsa. Efectivamente, dos alevines rojitos nadaban en una esquina de la misma. Inmediatamente me di la vuelta para ir a coger una paridera de la sección de “pecerofilia”, temiendo que una vez soltásemos todos los bichos en el acuario se diera la antigua máxima de “el pez grande se come al chico”. Mientras la buscaba, llegó mi adolescente melenuda: “mami, no busques más. Uno de los grandes se los ha zampado”. No eran más que dos comitas rojas con ojos, pero ya no existían. Volvimos a la cola, en la que mi gordita pequeña miraba la bolsa espantada, después de la escena de canibalismo que acababa de presenciar. Y de pronto, un nuevo gritito. “¡Mami, otro pequeñín!” Y luego otro, y otro. Uno de los peces recién adquirido venía con sorpresa, era peza, y estaba pariendo un alevín tras otro. Entonces mi costillo tomó el control de la situación, estranguló la bolsa por una esquina para que los grandes no pudiesen entrar en ella, y cada vez que la parturienta dejaba caer un bebé, él lo dirigía moviendo el plástico hacia el rincón para protegerlo. “¡Corre, mami, vete a por la paridera!” Mi amiga la dependienta simpática, en su línea optimista. “Se me han acabado. De aquí al miércoles que reciba material no tendré ninguna, y para entonces ya no quedará ningún alevín vivo, se los habrán comido los demás”. La fulminé con la mirada y me fui corriendo.

            Pagamos rápido, temiendo que nos quisieran cobrar más por los recién nacidos. “¡Corred, al coche!” Mi costillo aguantaba la bolsa con una mano sin soltar la esquina con la otra. Yo me senté al volante, las niñas pusieron el cinturón a su padre. Ya teníamos siete alevines arrinconados. Uno se salió y fue devorado. La peza parió otro. “¡Date prisa, mami!” ¡Qué estrés! Había que llegar a casa cuanto antes. Dos comitas rojas más. Una no llegó a la esquina, fue cazada antes. Todos los domingueros en la carretera, y yo con el pañuelo blanco en la ventanilla: “¡que vamos de parto, dejad paso, que vamos de parto!”

            Al llegar al portal, mi pobre y sufrido marido llevaba el extremo de la bolsa en la boca, dos bichos en una esquina protegidos con una mano, cinco más en la otra esquina resguardados con la otra mano, y los ojos puestos en los grandes, vigilando. Casi se me cae por la escalera por ir mirando a los hambrientos nadadores, menos mal que las niñas le hicieron de lazarillos hasta el ascensor. A estas horas, os puedo decir que la camada de escamosos cachorrillos descansa en una fiambrera de plástico, su madre se ha desentendido de ellos y anda nadando entre los trozos del falso coliseo romano del fondo del acuario (madrastrona desnaturalizada), y nosotros estamos felices por haber aumentado la familia.

            Como veis, cualquier aburrida tarde de domingo se puede convertir en un auténtico safari, la vida misma metida en una bolsa de plástico. Ahora, con vuestro permiso, voy a tomarme una tila, que lo de la conducción temeraria de emergencia no es lo mío.

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