miércoles, 31 de octubre de 2012

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS (ENÉSIMA ENTREGA)


            Una de las cosas que observé durante los años en que trabajaba con ancianos en una residencia, es que la memoria de los mayores, cuando se empieza a volver frágil, es muy selectiva. Empiezan olvidando lo más cercano: qué comieron ayer, qué hicieron la tarde anterior… Después desaparece lo vivido en los últimos años, y así, progresivamente, sus discos duros se van vaciando de datos. Los recuerdos que permanecen hasta el final, los que resisten el asedio de demencias seniles, alzheimer y demás monstruos destructores de memoria, son los más lejanos, los de la infancia y la primera juventud. Podemos olvidar al marido, a los hijos, y los últimos que se nos irán de la mente son papá y mamá. Bueno, eso, y también otra cosa: los males que nos hicieron. Esos recuerdos amargos se graban tan a fuego en nosotros que no hay casi nada que los borre.

            Se llamaba Otilia. Era una mujer de pueblo que jamás supo escribir ni leer, no hizo otra cosa que trabajar. Su madre murió muy joven, como tantas otras en aquellos años (malos partos, tuberculosis… la mortalidad femenina e infantil era mucho más alta que ahora), y a la desgracia de quedar huérfana se sumó la de convertirse en la fregona de su casa, obligada a criar los hermanos pequeños y atender al padre. Así fue hasta que se casó, pero no lo hizo por gusto, sino por obligación. A cierta edad había que casarse, sí o sí. Ella estaba muy enamorada de un mocetón que vivía en su misma calle, y él la correspondía, pero otra muchacha (bruja, lagarta, zorrupia) se metió en medio y se lo quitó.

            No sé por qué me contaba esas cosas. Cuando yo la conocí, su cabeza vivía en la época en que tenía veinte años, y me llamaba Carmina. Después descubrí que la tal Carmina era una de sus hermanas pequeñas, pero ya hacía bastante tiempo que había muerto. Todo eso ella lo ignoraba por completo; no se daba cuenta de que estaba en una residencia, que las otras mujeres no eran vecinas del pueblo, que la comida que le poníamos en la mesa no la preparaba ella. A veces metía la cuchara en el plato, probaba la sopa y me decía: “me quedó rica, ¿eh?” Yo siempre le contestaba: “Deliciosa, Oti, eres la mejor cocinera del mundo”, y  me sonreía como un conejillo.

            Cuando Otilia se casó con aquel novio al que no quería, después de que el hombre de sus sueños se fuera con la otra (la muy gorrina, claro, yo era decente y ella le enseñaba la pierna, y lavaba con agua caliente los jerseys para que le quedaran bien prietos y él le viera las domingorras), su vida fue una continua desdicha. Vivían en casa de su suegra, que se pasaba el día borracha y dándole órdenes. Muchas veces la hacía ir a comprar garbanzos, y después los tiraba al suelo de la cocina y la obligaba a recogerlos uno a uno. “Así bajas barriga, que te estás poniendo gorda”, solía decirle. La pobre Oti podía no recordar el orden en que tenía que ponerse la ropa por las mañanas, pero esas otras cosas no se le olvidaban.

            Quiso la suerte que ingresara en la residencia una anciana, de nombre Paca, que venía del pueblo en el que Otilia había nacido. Si era la misma Paca que le había levantado el novio o no, nunca llegué a saberlo. Lo que sé es que en cuanto la vio sentada en el comedor y la presentamos al resto de residentes, a ella le cambió la cara. Luego me preguntó: “Carmina, ¿qué hace esa aquí? ¿A qué ha venido? ¿A refregarme que disfruta del hombre que yo quería?” Yo le dije que no, que estaba confundida. Que no era la misma mujer, y que además era viuda. Pero a ella su cabeza le decía que sí. Y decidió vengarse.

            La campaña de acoso comenzó de forma sutil. Pasaba a su lado, y, como quien no quiere la cosa, le dejaba caer un “zorra”, o un “guarra”. La Paca en cuestión estaba sorda como una tapia, y la cabeza tampoco le funcionaba muy bien, de modo que respondía al saludo: “adiós, señora, buenos días”. Y Otilia se moría de risa. Otras veces pasaba junto a su mesa en el comedor, y tiraba “accidentalmente” su vaso de agua, o le echaba sal en el café. Pequeñas venganzas que a ella le sabían a gloria, pero que no hacían mella en la pobre Paca, a la que le daba igual tres que treinta, porque no tenía ya juicio suficiente ni para sentirse ofendida.

            Una tarde, a la hora de la merienda, las noté raras a las dos. Otilia se andaba escondiendo por detrás de las puertas, y Paca caminaba por el pasillo con cara de desconcierto, como si le faltase algo. Yo me olí la tostada, y le pregunté. “Oti, ¿qué has hecho? Mira que te conozco, y tú solo te escondes cuando haces alguna trastada”. Ella se reía, viendo deambular a la pobre Paca como un alma en pena. “Me he colado en su casa y le he robado todas las bragas. Mírala cómo va, muerta de vergüenza porque debajo de la falda lleva el culo al aire. ¿No se las quitó para robarme al novio? Pues que se fastidie, que por su culpa yo no hago más que fregar y recoger garbanzos del suelo”.

            A Paca la cambiaron de planta aquella misma tarde, mientras yo recuperaba su ropa interior del jardín; Otilia se había metido en su dormitorio, había vaciado el cajón de sus bragas y sostenes por la ventana, y se había resarcido así de aquella antigua deuda. Al día siguiente ya no se acordaba de lo que había hecho. Solamente de que una vez se enamoró y no pudo ser, y de que si llega a saber que su suegra la iba a tratar tan mal, antes que casarse se habría tirado al río.

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