jueves, 25 de octubre de 2012

AYUDÁNDOSE ENTRE COLEGAS


            El ángel del amor andaba tristón y cabizbajo. Algo depre, como se suele decir. Tenía las alas caídas, los rizos descolocados, y las flechas de su arco no brillaban. Tampoco tenía ganas de dispararlas, de modo que no hacía nada por limpiarlas y ponerlas a punto. Llevaba la túnica sin planchar, el carcaj mal atado, y arrastraba el arco, como su desidia, tras de sí al caminar, dejando que se rayase contra el suelo.

            Una tarde se cruzó con el ángel de la muerte, que paseaba entre la gente buscando a su próximo elegido para cruzar al mundo de los etéreos. Hacía tiempo que no se veían, de modo que se pararon a conversar. “Pasionero, chato, ¿qué te pasa? Te veo un poco… digamos… alicaído. Cuéntame lo que te ocurre, a lo mejor yo puedo ayudarte”. El rubio ángel del amor le miró y se esforzó por sonreír. Siempre era un gusto charlar con un viejo amigo, aunque uno estuviese desanimadillo. “¿Qué hay, Matador? Aquí estoy, resistiendo. No te voy a negar que ando un poco pachucho, porque ya te has dado cuenta”. Y mientras caminaban, invisibles al ojo humano, se entretuvo en contarle sus cuitas. “La gente ya no me hace caso”, le dijo el ángel blanco al ángel morado (sí, habéis leído bien, es morado, no negro. En un principio, su creador lo diseñó como todos lo imagináis, pero después de ponerle las alas pensó que parecía una mosca enorme y le cambió el color para hacerlo más digno). “La gente ya no desea enamorarse, tienen demasiada prisa. Solo buscan sexo, pero sin ataduras emocionales, no quieren entrelazar sus sentimientos. Prefieren que nada les complique la vida. Eso soy ahora: una complicación. Ya nadie me quiere”.

            Matador miró a Pasionero con preocupación. “¿No será que has perdido la ilusión por tu trabajo, y por eso no consigues hacerlo tan bien como antes? Creo que necesitas inspirarte y ponerle más ganas. Seguro que si te aseas un poco, limpias las flechas, templas tu arco y te empeñas, consigues volver a ampliar tu cartera de clientes. Recuerda que tú y yo somos los ángeles más pesados, los que siempre consiguen lo que se proponen, y de los que depende que el mundo humano siga funcionando: si yo no mato, la población no podría renovarse. Si tú no enamoras no nacen niños, y estos estúpidos homo sapiens que no saben nada se matan entre ellos, dejándome a mí en el paro. Anda, vete a casa, duerme un poco y ponte las pilas, muchacho”.

            Pasionero se despidió de Matador (vaya nombres les pusieron, si no lo digo, reviento. En lugar de hablar de dos ángeles parece que estoy hablando de dos toros bravos) decidido a hacerle caso, pero sin saber cómo. Necesitaba un plan, un lugar para inspirarse. Tenía que buscar algún sitio en donde pudiera encontrar sentimientos de verdad. Le hacía falta ver algo que le hiciera recuperar la confianza en las personas, precisaba tocar el cariño sincero de alguien hacia otro alguien para volver a creer que no todo estaba perdido, que valía la pena luchar. Lo buscó en un instituto, pero no lo encontró. Allí solo había hormonas desatadas. Lo buscó en una discoteca, pero tampoco lo halló: allí, por no haber, no había ni conversación. Miró en el hospital, y encontró miedo y esperanzas, lucha, dolor, triunfos y derrotas, pero no amor. Buscó hasta en la sede de Naciones Unidas, y sí encontró amor, pero por el dinero, no entre seres humanos.

            Estaba a punto de darlo todo por perdido cuando volvió a encontrarse con el ángel de la muerte. “Chico, no hay manera. No me inspiro. Busco algún lugar en donde la gente aún se ame de verdad, en pareja, entregándoselo todo al otro sin buscar nada a cambio, pero no lo encuentro”. Matador sacó un papel de su bolsillo, y anotó en él un nombre. “Vengo de allí, fui a buscar a una muchacha para liberarla de la cárcel corporal. Hacía mucho tiempo que no veía en ningún otro sitio lo que he visto hoy”. Y, deseándole buena suerte a Pasionero, siguió su camino.

            Fue un vuelo largo, pero al fin llegó. Un claro en la selva del Amazonas; apenas dos docenas de chamizos habitados. Allí, por no tener, no tenían ni ropa. Las mujeres no se tapaban, ni los hombres tampoco, y si algunas hojas cubrían partes de sus cuerpos era como meros adornos, no como vestido. Ni televisión, ni internet, ni coches, ni tiendas, ni bares. Nada. Solo gente alegre, ocupada únicamente en vivir. Eran libres, y por eso se amaban, porque sabían que era lo mejor que podían esperar de la vida. Lo único que les hacía verdaderamente ricos era tener a alguien al lado con quien compartir el agua del río, los peces, los frutos, las estrellas, los hijos y la vejez. Las parejas se miraban y había amor del bueno en sus ojos. El ángel, solo de verlos, se fue llenando de energía, y en pocas horas brillaba de nuevo, fuerte como antaño. “Aquí no me necesitan”, pensó. Y volvió a la civilización.

            Si un día de estos intentáis poner la televisión y no funciona, o enchufáis el ordenador y el servidor de internet se ha averiado; si tratáis de salir por ahí de cena o de fiesta y el coche no os arranca, o el móvil no encuentra cobertura, ya sabéis quién está detrás de tanto desastre: el rubio travieso del arco y las flechas, que anda trasteando para que miréis a quienes tenéis alrededor, para que no haya otra distracción sino hablar y conocerse, hasta que el corazón os lata más fuerte.

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