miércoles, 3 de octubre de 2012

CAROLA


            Carola nació en prisión, aunque no fue la única, desde luego: el centro penitenciario en el que su madre cumplía condena por agresión, prostitución y posesión de drogas tenía previstas ese tipo de circunstancias. La matrona que trabajaba en enfermería estaba curtida en ayudar a dar a luz a aquellas mujeres: asesinas, ladronas, estafadoras, traficantes… ninguna estaba allí por casualidad, pero cuando ingresaban preñadas, o quedaban en estado durante los vis a vis con sus parejas, ella era la que se encargaba de atenderlas. Hubieran hecho lo que hubieran hecho, en ese momento no eran más que mujeres pariendo.

            Aquel seis de enero, cuando la madre de Carola terminó de echarla al mundo, le dieron la posibilidad de quedarse la criatura durante los cuatro años permitidos por la ley, y enviarla fuera con algún familiar después hasta que cumpliese los catorce años de condena que le quedaban. También existía la opción de entregarla para que fuese adoptada, o enviarla directamente a un centro de acogida y que el juez de menores decidiese lo más conveniente. Pero aquella mujer lo tenía muy claro. Desde que había sido traída de Rumanía con engaños por la red de proxenetas, esos que le prometieron un trabajo legal y después la encadenaron a una cama, sabía que no tenía escapatoria. Le quitaron el pasaporte, la amenazaron con hacer daño a su familia si no cumplía con su “trabajo”, la introdujeron en el mundo de las drogas para tenerla aún más sometida. Después de los abusos, del maltrato, después de intentar huir mil veces y ser descubierta otras tantas, perdió la esperanza. No podía volver a su país humillada y vencida, no aguantaba más, y planeó su propio final. Solo el descubrir que estaba embarazada la detuvo; sabía que sus “jefes” la obligarían a someterse a un aborto para que pudiese continuar trabajando, de modo que, a pesar de no saber si la criatura era hija de uno de ellos o de alguno de los que pagaron por sus servicios, agredió a un policía en el club (ay, esos encubiertos de la secreta que todo el mundo sabe quiénes son) y consiguió ser detenida. Al menos su hijo tendría la oportunidad de nacer.

            En cuanto le cortaron el cordón umbilical a Carola, su madre pidió ver al juez de menores. Después de hablar con él, le entregó un documento, firmó los papeles de renuncia a la niña y se encerró en su celda para no ver cómo se la llevaban. Jamás volvió a hablar de ella; se limitó a languidecer hasta que las drogas y una neumonía terminaron con su condena definitivamente. La niña fue entregada en adopción una semana después de nacer.

            Nunca le ocultaron que era adoptada; sus padres tampoco sabían del origen de Carola, los datos eran confidenciales y estaban custodiados por el juzgado. Cuando se la dieron ya llevaba el nombre puesto, escrito en la partida de nacimiento, y la recomendación expresa de no llamarla por ningún otro. La niña creció feliz por la suerte de haber encontrado unos padres tan maravillosos, pero preguntándose por qué su madre biológica la había abandonado, por qué demonios le había puesto un nombre tan feo, y por qué había pedido que no se le cambiase. La respuesta a todas esas preguntas tardó años en llegar.

            Al alcanzar la mayoría de edad, Carola acudió al juzgado buscando respuestas. Quería saber. Allí fue donde le dieron la carta de su madre, la que le entregara al juez aquel lejano seis de enero. Eso, y el nombre del penal donde nació, eran los únicos datos que estaban autorizados a facilitarle. Ella guardó el sobre en su bolso, para abrirlo cuando estuviese sola en su habitación, y se fue a casa preguntándose qué clase de delincuente había sido la mujer que la había parido en prisión. Quizá una psicópata, una asesina o algo así. Llegó a lamentar haber averiguado lo poco que sabía, y dudó entre leer la carta o no hacerlo; si aquella mujer no la había querido, y además era una criminal, ¿qué sentido tenía hacer caso de sus palabras? Su madre adoptiva le dio la respuesta. “Ante todo, piensa que ella pudo abortar, pero respetó tu vida. Gracias a eso yo tengo una hija. Se lo debemos. Léela, por favor”. Y Carola abrió el sobre temblando.

            “Querida hija:

Confío en que no hayas pasado tu vida odiándome por haberte abandonado. No quiero explicarte por qué terminé en prisión; acerca de eso solamente te diré que no fue culpa mía, pero ya da igual. Te he escrito esta carta solamente para contarte el origen de tu nombre.

Cuando era niña leí una historia que hablaba de un barco. Era un velero de dos palos, con velas blancas, que surcaba el mar acompañado por delfines y gaviotas. Se llamaba “Libertad”, y su propietario lo empleaba para transportar vinos, aceites y exóticos perfumes. Sucedió en uno de sus viajes que el vigía se quedó dormido, y no vio venir a los piratas. El mascarón de proa de la nave, la imagen de una mujer poderosa y bellísima de larga melena oscura tallada en madera y pintada de vivos colores, gritó con voz de sirena para alertar a los marineros. Todos juran que la oyeron, y solo pudo ser ella, porque no había mujeres a bordo. El “Libertad” plantó cara a los piratas, y consiguió hundir su barco sin sufrir grandes daños en la refriega. Sin la intervención del mascarón de proa, sin el grito desesperado de la mujer de madera que adornaba la parte delantera del barco, el “Libertad” habría sido saqueado y hundido. La valiente y voluptuosa dama tallada era conocida por los marineros como Carola, y como era lo primero que se veía de la nave, siempre decían: “Cuando llega Carola, llega la Libertad”

            Mientras fui una esclava no anhelé otra cosa que romper mis cadenas. Tu llegada fue como el grito del mascarón, mi única forma de alcanzar la libertad. Por eso te puse ese nombre, y por eso te entregué, para que fueras en la proa de un buen barco, siempre mirando al frente contra viento y marea, y no aferrada a una balsa que ya apenas se mantenía a flote. Sé que no me equivoqué al hacerlo. Tú eres mi libertad, mi victoria ante la vida terrible que me tocó en suerte. Lo único bueno que he tenido. Cuídate mucho, Carola”.

            No he conocido ninguna mujer tan orgullosa de su nombre como ella. Imagino que yo en su lugar también lo llevaría con orgullo.

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