domingo, 14 de octubre de 2012

CÓMPLICES Y CULPABLES


         Sí, Señoría, lo admito. Yo estaba allí, y lo vi todo. No podría decir lo contrario sin mentir. Lo vi, y no solo eso, sino que no dije nada. No lo denuncié, incluso le diré más: disimulé cuanto pude, y traté de entorpecer con mi presencia el campo visual de la cámara más cercana, para evitar que el delito fuese descubierto.

            Con el permiso de su señoría, le diré que ese día no me levanté pensando en ser cómplice de ningún delito, pero las circunstancias me obligaron a hacerlo. Sabía que me exponía a ser inculpada, por supuesto, pero no trataré de eludir mi responsabilidad, porque encubrí al delincuente sin coacción, conscientemente. Si yo hubiera sido él, posiblemente habría hecho lo mismo. Solamente tuve que ponerme en su lugar por un momento para estar segura de ello.

            Paso a narrarle los hechos, para que consten en acta, según se me ha pedido. Sé que a los guardas de seguridad les mentí deliberadamente para ayudar a que el delincuente pudiese darse a la fuga; ahora he jurado decir la verdad, y a ello me dispongo. Aquella mañana, como casi todos los sábados, me dirigí al supermercado del barrio para hacer mi compra semanal. Observé a aquel hombre, que no llevaba carro ni cesta, solo una mochila marrón. Miraba las estanterías, los precios y las etiquetas. No iba mal vestido, de modo que pensé que era un empleado de la cadena de supermercados rival, que estaba espiando. Es una práctica muy común, como usted sabrá. También podía ser un inspector de calidad encubierto, o incluso de sanidad, controlando discretamente que no hubiera productos caducados o mal etiquetados en las estanterías. Pero de pronto, vi que abría la mochila con disimulo y metía en ella un paquete de leche en polvo para bebés. Me quedé helada. Me di la vuelta y le seguí; paró en la sección de galletas, cogió un paquete de las más baratas y lo metió también en su mochila. Entonces fue cuando se dio cuenta de que le había visto. La culpa y la vergüenza asomaron a sus ojos, pero yo no hice sino darme la vuelta y cubrirle con mi espalda para que cogiese un par de kilos de arroz. Me dio las gracias con un gesto de su mano.

Le pillaron cuando salía; unas maquinillas de afeitar desechables que había cogido llevaban alarma, y pitó. Por eso, cuando vinieron los de seguridad, me metí en medio y dije que la que pitaba era yo; me puse a vaciar mi bolso delante de ellos fingiendo apuro para que a él le diera tiempo a escapar, pero con todo y con eso, era tan evidente que en su mochila había artículos sin pagar que un tercer “segurata” salió tras él y le obligó a entrar de nuevo al supermercado. El resto ya lo sabe su Señoría: traté de pagar su cuenta, pero no me dejaron. Todo habría quedado zanjado, pero ellos quisieron denunciarnos, y aquí estamos.

Antes de que me lo pregunte, Señoría, le diré que no hubo connivencia. No lo planeamos, no lo organizamos. Ni siquiera nos conocíamos, el ladrón no vive en mi barrio. Actuó empujado por el hambre de sus hijos, y yo le intenté ayudar. Se vio incapaz de mendigar, y robó para alimentar a su familia; es uno de los muchos padres de clase media que perdieron su trabajo, han agotado los subsidios y continúan sin tener empleo. Aunque no vista mal, aunque no vaya sucio ni descalzo, es pobre. Mientras estábamos en el cuarto de vigilancia del supermercado, esperando a la policía, le pregunté por qué había tenido que coger las maquinillas si lo que necesitaba era comida para los niños. ¿Sabe lo que me contestó, Señoría? Yo se lo diré, porque posiblemente él no lo hará. Me dijo: “tengo un bebé de catorce meses que llora cuando le beso porque pincho. Tengo que afeitarme, lo necesito”.

Ya ve, Señoría, que no le hace falta perder mucho más tiempo con este caso. Somos culpable y cómplice de un delito de hurto, fuimos cazados y se nos multará, imagino, por ello. Espero que el celo que están poniendo entre todos en hacer que paguemos por esta falta lo pongan ustedes también en enjuiciar y castigar a quienes son los verdaderos culpables de esta situación, y a sus cómplices. Yo acepto mi culpa. Que ellos acepten la suya.

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