martes, 30 de octubre de 2012

EL ATAQUE


            Andaba yo estos días con el ánimo un poco torcido, y no sabía por qué. Primero pensé que era el otoño, pero le pedí responsabilidades y me contestó que le dejase en paz, que él no tenía nada que ver en mi decaimiento, y que estaba harto de que todo el mundo le echase la culpa de todo lo que pasaba. “Si uno se constipa en octubre, la culpa para mí. Si a uno se le cae el pelo en octubre, la culpa también para mí. Si no hago frío, dicen que estoy loco. Si hago frío, dicen que soy malo. Si lluevo, porque lluevo, y si no lluevo, porque no lluevo. ¡A ver si me vais dejando en paz! Si estás mustia, riégate y andando, pero a mí no me mires, que yo, en lo que a ti te pasa, ni pincho ni corto”.

            Buscando el origen de mi desazón les pregunté a mis entresijos, por si andaban incubando algún virus, o por si algo no funcionaba como debía en mis tripas. “Nosotros funcionamos bien, no nos pasa nada. Solamente tienes una muela contestataria, que por hacerle la contra al resto de tus partes corporales se está dejando agujerear y prepara un dolorcito para el mes que viene, pero por lo demás, todo en orden”. Pues nada, a concertar cita con el dentista para cambiar el dolor de muela por una aguda "bolsillalgia", y a seguir buscando la causa de mi malestar.

            Interrogué también al perro, y me dijo que no había dejado ninguna pulga por mi cama que me pudiese estar fastidiando. Mi cuenta bancaria también se exculpó: “mujer, no estoy para tirar cohetes, pero ninguno de mis números se ha puesto rojo. Yo no soy lo que te enturbia el ánimo. Busca en otro lado”. Estuve unos días más con mis pesquisas, hasta que de pronto, ¡zas! La respuesta saltó ante mí como un conejillo en el campo: cuando menos lo esperaba. Vine de la calle, entré al portal y abrí el buzón. En él había lo de siempre: una factura del móvil, una carta del banco llena de recibos y gastos, una propaganda de pizzas a domicilio y la pegatina de un cerrajero de urgencias. Nada más. Fue entonces cuando noté la punzada de la nostalgia traspasándome el pecho. Ese era mi mal: un ataque de epistolitis.

            Crecí y maduré enviando y recibiendo cartas. Escribía a mis primos, a los que siempre adoré, primero a Soria, luego a Oviedo, luego a La Coruña. Escribía a mis amigas de la infancia, que vivían en León. En verano, escribía a mis amigas del instituto, que pasaban las vacaciones en sus respectivos pueblos de Palencia y Salamanca. Una de mis profesoras envió las direcciones de todos sus alumnos a su madre, también maestra, destinada en un pueblo de Pontevedra, y desde allí me llegaron las señas de una niña de nombre Marta, a la que nunca llegué a conocer en persona, pero con la que intercambié muchas cartas durante años. Luego me eché novio, y vivía lejos, de modo que día sí, día también, mandaba y recibía cartas y más cartas.

            Las he escrito de todas las formas y colores: de veinte folios y de una cuartilla sola, de colores, blancas, con rayas, con dibujos. Las he salpicado de flores, mariposas y muñequitos, he pegado pesetas en ellas para saldar pequeñas deudas, las he acompañado de fotos, pétalos secos, perfumes, estampaciones de mis labios pintados de carmín con los que sustituía la palabra “besos”; las he escrito en códigos secretos inventados con mis amigas, y en ellas he contado de todo, porque no hay nada, nada en el mundo, que no se pueda decir en una carta. He mandado algunas con cierta dosis de rencor, e incluso veneno (por lo general, una misiva de esas características era lo último que el destinatario recibía de mí, era el previo al “olvida que alguna vez fuimos amigos”), pero lo más normal es que en aquellas hojas hubiese chistes, pensamientos, anécdotas, risas, recuerdos, y mucho cariño. O directamente amor del bueno.

            Ya no sé el tiempo que hace que no recibo una carta de nadie. Una de verdad, escrita a mano, con mi nombre estampado a bolígrafo en el sobre, con su sello y su matasellos. Recoger del buzón algo así suponía siempre una emoción previa, que abría la puerta a otra emoción más grande. No existía internet, tampoco había móviles, y muchas cosas no se podían expresar por teléfono con la misma exactitud que en una carta. Añoro intensamente esas benditas hojas que se guardaban como tesoros, y que se leían, se releían y se requeteleían para volver a sentir. Nada de lo moderno, ninguno de los adelantos que tenemos ahora al alcance de la mano para comunicarnos, puede sustituir eso. Y no hace tantos años de lo que estoy contando, en serio. Pero llegaron los mails, internet, los móviles, el whats-up, y un poquito cada día, sin que nos diésemos cuenta, nos pusieron enfermos de inmediatez. Ya nadie escribe cartas y las echa al correo. Un par de días para que un mensaje llegue a su destino es un plazo intolerable para nosotros. Se han perdido la anticipación, los nervios de la espera, la alegría al ver al cartero. Los jóvenes desconocen la sensación de un sobre con letra amada quemándote en el bolsillo, del buscar estar a solas para leer esa carta, con el corazón galopando, con un suspiro al final de cada línea… No saben lo que es acariciar los surcos que dejó el bolígrafo de quien trazó esas letras, lo que es besar el papel al terminar, lo que es reír, y llorar, y sentir ante un papel manuscrito. No saben lo que es bueno.

            Definitivamente, padezco un ataque agudo de epistolitis. Tendré que recurrir al viejo truco de escribirme a mí misma una carta de amor y echarla al correo. No es lo mismo, pero es mejor que nada. Ay, qué difícil es ser romántico con los tiempos que corren.

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