miércoles, 10 de octubre de 2012

EL GATO NEGRO


         La familia Bajoca tenía una gata. Se la había dado una vecina apenas la destetó de su madre. No todos jugaban con ella, solamente los niños, que estaban encantados. Mamá Bajoca se quejaba de los pelos que dejaba por ahí, y papá Bajoca le arreaba una patada cuando la sorprendía afilándose las uñas en los muebles; aun con todo eso, Renata, la gata gris, era bastante feliz. O lo fue hasta que su naturaleza se manifestó en forma de maullidos nocturnos. En cuanto sintió el celo buscó la manera de escaparse, vio la ventana de la cocina abierta, y se fue.

Cuando descubrieron su fuga, los niños lloraron durante un buen rato. “No os preocupéis, a los gatos les gusta salir de vez en cuando”, les dijo mamá Bajoca. Y papá Bajoca murmuró: “seguro que se fue a buscar juerga. Esta nos viene preñada”. No la buscaron, dejaron pasar las horas hasta que Renata volvió. Pronto notaron cómo engordaba, y comenzaron a pensar en qué harían con los gatitos. Ni hablar de quedarse ninguno; alguien los querría, y si no, bastaría con “hacerlos desaparecer” en el contenedor de basura más próximo.

Los cachorros nacieron de noche. Los señores Bajoca no se movieron de la cama, dejaron “que la naturaleza actuase”. El cuarto gatito se le atravesó a Renata, pero nada de llevarla al veterinario, que ese señor cobra por su trabajo. “Estas cosas pasan”, dijeron. Y el señor Bajoca tiró la gata a la escombrera más cercana para que terminase de morirse sin que la vieran los niños. De los tres gatitos que consiguieron nacer, uno era negro.
 La molestia de criarlos a biberón para suplir la falta de la madre era un esfuerzo excesivo para los Bajoca, máxime si había uno de los que traen mal fario, así que dejaron la caja con los tres animales a la puerta de una tienda de mascotas y se desentendieron.

Los dueños de la tienda recogieron aquel inesperado regalo; dos de ellos, grises como el humo, eran muy bonitos. Se podrían vender una vez alcanzasen los tres meses de vida, cuando ya pudiesen comer solos e ir al cajón de arena. El negro era otra cosa. Ese sería difícil venderlo, pero bueno, quizá alguien lo quisiera, con tanto raro suelto como hay por el mundo. Los criaron a los tres, y efectivamente, los grises se vendieron enseguida. El negro, a pesar del espesor y suavidad de su pelaje, a pesar de su buen carácter, su ronroneo delicioso y sus ojos azules, terminó en la calle. Era una bobada alimentarlo si nadie estaba dispuesto a pagar por él, si no podían recuperar lo invertido.

El gato negro vagó durante meses por la ciudad. Notaba que la gente le evitaba, veía caras de disgusto en quienes se cruzaban con él. Le echaban de todas partes, hasta de los contenedores de basura. Decían que daba mala suerte, y el pobre animal llegó a creérselo de verdad. Se volvió solitario y huraño, huía de los humanos, harto de recibir patadas cada vez que intentaba acercarse a alguien buscando comida o una simple caricia.

Decidido a buscar un futuro mejor, el animal se echó a la carretera y caminó durante semanas. Comía de lo que los conductores incívicos (que eran muchos) tiraban por las ventanillas de sus coches, y de lo que dejaban en las áreas de descanso en las que paraban. Tardó mucho tiempo, pero al fin llegó a la frontera y salió del país. Nada más cruzar, lo vio una mujer que había parado a cambiar la rueda de su coche, que se le había pinchado. Le ofreció un poco de su bocadillo, pero el gato, receloso, no se atrevía a acercarse, a pesar de estar muerto de hambre. “Ven, no te haré daño”, le dijo ella. “¿Seguro que no me darás una patada en cuanto me tengas a tiro?” Ella se puso muy seria. “Jamás haría tal cosa. ¿Es eso lo que te pasa? ¿Te han pegado?” El felino clavó sus ojos azules en los de la mujer, que le miraba entristecida. Después bajó la cabeza. “Es que doy mala suerte porque soy negro. Nadie me quiere tener cerca”. Aquella señora de chaleco amarillo dejó entonces las herramientas en el suelo para tenderle las manos, le acarició y provocó su ronroneo, un sonido que el gato ya tenía olvidado. “Así que eso es lo que te han dicho, que traes mala suerte. Pues ¿sabes qué es lo que digo yo? Que lo que algunos llaman mala suerte no es más que estupidez, una manera de culpar a otro de sus propias incapacidades y carencias. Todo lo que pasa, pasa por alguna razón, no depende de que el gato que se te cruce sea negro o verde, ni de que se te caiga la sal o el azúcar. No tiene nada que ver con haber pasado por debajo de una escalera sin advertirlo, ni de si el espejo se quebró o quedó entero. No es justo que sigas estando solo y desnutrido; te has cruzado en mi camino, y eso debe querer decir que a partir de ahora tú vas a ser mi buena suerte”.

A “Suerte”, el gato negro, ya nunca le faltó un hogar. Y, mientras él vivió, a su dueña nunca le faltó cariño. Recibir tanto a cambio de tan poco sí que es una suerte.

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