martes, 9 de octubre de 2012

EL HOMBRE SIN ROSTRO


            A la hora en que llegó la policía con el funcionario del juzgado, el ciudadano arruinado se armó de valor para resistir. Su esposa y sus dos niños pequeños lloraban detrás de él, recogiendo a toda prisa los últimos enseres que les quedaban. El hombre atrancó la puerta, sabedor de que la echarían abajo. En la calle, multitud de vecinos con pancartas gritaban, tratando de evitar el desahucio.

            El mediador del juzgado trató de negociar con él el abandono del hogar, como último recurso antes de usar la fuerza. “Yo no quería más que un préstamo para comprar el piso. Todo lo otro fue culpa del hombre sin rostro. Él fue quien me ofreció más dinero y me dijo que el coche también estaba para cambiar, y que las condiciones del préstamo hipotecario me permitirían tener un vehículo mejor y más grande. Yo no quería poner todos los muebles, sino solo lo imprescindible, pero él insistió. Me dijo que yo lo valía, que yo lo merecía, que confiaba en mí; que con lo que ganaba, con lo mucho que trabajaba, podía vivir mejor. El hombre sin rostro me ofreció café, y con sus palabras llenas de azúcar me hizo creer que alguien como yo, con mi potencial y mi capacidad, debía tener un premio a tanto trabajo, que un crucero estaría bien, y que se podía meter en el mismo préstamo, que lo pagaría todo sin casi darme cuenta. Fue él, no yo”. El funcionario del juzgado puso cara de resignación; ese cuento lo oía todos los días tres o cuatro veces, tantas como padres o madres de familia tenía que dejar en la calle en cada jornada.

            “Entiéndame, mi trabajo es ejecutar la orden del juez. Usted ha dejado de pagar la hipoteca, su piso no vale lo que la deuda que contrajo con el banco; no es culpa de la entidad financiera que usted firmase un crédito por un importe tan alto. Tampoco es culpa del banco que su mujer se haya quedado sin trabajo, ni que a usted le hayan bajado el sueldo. Eso tenía que haberlo pensado antes de firmar”. El hombre arruinado voceó desde el otro lado de la puerta. “El hombre sin rostro es un encantador de serpientes, me engañó, me convenció. Me inventó un futuro a sabiendas de que todo se vendría abajo. ¿Qué puedo hacer ahora? ¿De qué viviremos, y dónde, si nos echan de nuestra casa y tenemos que seguir pagando el resto de la deuda? ¿Por qué el hombre sin rostro sigue siendo rico a pesar de que ha ocasionado la ruina de tantas familias y empresas? ¿Para qué está la justicia, sino para defender a los estafados, a los engañados como yo?”

            El funcionario del juzgado dio de plazo cinco minutos más para abrir la puerta antes de ordenar a la policía que la forzase, pero se paró a pensar. ¿Y si los arruinados, los desahuciados, tenían razón? ¿Y si realmente a quien había que despojar de todas sus propiedades por conseguirlas de manera fraudulenta era al hombre sin rostro? Por estafa, por apropiación, por conspiración para enriquecerse, por avaricia desmedida. Por conseguir con engaños, a través de complicadas tramas y triquiñuelas legales, inducir a la gente a contraer absurdas deudas, inspirándoles una falsa confianza que les llevaría a entregarle a él todo cuanto tenían, encadenándolos de por vida como esclavos a su servicio. Por hacer que tanta gente trabajase para darle su dinero a él, aunque no pudiesen comer o no tuviesen dónde vivir.

            Llamó al juez. Le explicó la situación. Paró el desahucio. Los tribunales comenzaron a mirar en otra dirección, señalando al verdadero culpable, recopilando pruebas contra él, dándose cuenta de que el hombre sin rostro, el encantador de serpientes, bajo su túnica de benefactor, no era otra cosa que un ladrón a gran escala. Investigó a fondo, le despojó de sus edificios, propiedades, cuentas secretas, cuadras de caballos, barcos, y todo lo que escondía en fondos e inversiones a nombre de sociedades ficticias tras las que también estaba él. Y por una vez en mucho tiempo, se hizo justicia.

            Sudoroso y sobresaltado, el hombre sin rostro despertó en su cama de dos metros, entre sus edredones de plumón de ganso noruego, en la villa de vacaciones de invierno. Todo había sido una pesadilla; con el corazón aún al galope, se levantó y fue al lavabo. Se lavó la cara sin rasgos, sacó los pinceles y se pintó unos ojos amables, una nariz recta y atractiva, una boca segura y sonriente, y salió al mundo a seguir ordenando la ruina de los demás. “Todo continúa funcionando, como debe ser”, pensó. “Estas absurdas pesadillas… ¡menos mal que acaban en cuanto sale el sol”. Y fumando un puro habano, llamó a su chófer para que fuera a buscarle.

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