miércoles, 24 de octubre de 2012

EL PASO DE CEBRA


            Escuché el frenazo desde dentro de mi papelería. Salí a curiosear, ya que en ese momento no había ningún cliente en la tienda, y la vi. Era muy mayor, vestía una bata negra con florecillas blancas, un delantal gris y zapatillas de estar por casa. El pelo blanco lo llevaba recogido en la nuca con un moño, y de su cuello colgaban las gafas de ver de cerca. Plantada en mitad del paso de cebra, blandía su bastón mientras le decía de todo menos bonito al autor de la frenada. “Señora, hay que mirar antes de cruzar”, le gritaba él. “Sinvergüenza, desgraciado, esto es un paso de peatones, tengo yo la preferencia, burro, anormal…” repetía ella con voz cascada. Al fin, apremiada por los pitidos de los coches que permanecían detenidos, terminó de cruzar y dejó la calzada libre.

            Le ofrecí un vaso de agua. Por el susto, y eso. La llevé dentro de mi tienda, le saqué una silla y le di de beber. “Pobre mujer”, pensé cuando se marchó. ”Tener que cruzar las calles se hace difícil cuando uno ya no ve bien y no camina ligero, qué malo es hacerse mayor”.  Imaginando lo complicadas que pueden ser las cosas cuando la edad nos sobrepasa, cerré la papelería y me fui a comer. Por la tarde, a la hora de abrir, volvía a estar allí, al otro lado de la calle. Su figura menuda, el severo moño blanco y el bastón eran inconfundibles. La saludé con un gesto de la mano y abrí la persiana. En ese momento oí un nuevo frenazo.

            La escena se repetía. Esta vez era una conductora joven que, asustada por la anciana, protestaba al borde del llanto. “Señora, es que no se puede cruzar así, sin mirar ni nada. Se ha echado usted a la calzada de pronto, casi no me da tiempo a frenar”. Y ella, incombustible y furibunda, le lanzaba a la chica cuanto improperio se le ocurría. “Esta juventud no tiene respeto por los mayores, ahora le dan el carnet a cualquiera, niñata, que eres una niñata, que no tienes ni idea de conducir…” Yo miraba a la anciana con la boca abierta. ¿Sería capaz de estar haciéndolo a propósito? No, imposible. Nadie de esa edad arriesga el pellejo por deporte.

            Pasé la tarde mirando a la calle por el cristal de la puerta. Estuvo casi tres horas cruzando la calzada por el paso de cebra, de allá para acá, de acá para allá. Si paraban, pasaba. Si no paraban, también pasaba, obligando a los coches a frenar y organizando un griterío similar a los dos que yo había presenciado. Finalmente, cuando cayó el sol, se marchó.

            La mañana siguiente, a eso de las diez, volvió a su puesto en la acera, y comenzó de nuevo su peculiar paseo por el paso de cebra, de un lado a otro. Un amable señor, también de edad, la ayudó en uno de los cruces. Pensó, como yo, que tenía dificultades, no que era una vieja puñetera cuyo deporte favorito era fastidiar a los conductores. Casi al final de la mañana, cuando ya me disponía a cerrar, estuvieron a punto de atropellarla, y de nuevo se lió la discusión, igual que las otras veces.

            No pude más, y salí a hablar con ella. Le pregunté por qué lo hacía. “Porque nadie respeta a los viejos ni a los peatones. Nadie para en los pasos de cebra, y para que atropellen a un niño, que me atropellen a mí, que ya me queda poco de vida. Yo les enseñaré a respetar a los que no conducimos, aunque sea a bastonazos o a base de sustos. Son todos unos incívicos, pero yo les mostraré lo que significa tener educación. Además, en casa me aburro, y desde que enviudé ya no tengo a nadie a quién reñir. Así no echo tanto de menos a mi Erasmo”. Y se fue. Así, sin más. Ya está. Me dejó casi con la palabra en la boca y se marchó farfullando algo acerca de las jóvenes curiosas y metomentodo.

            Por la tarde, en cuanto oí el primer frenazo, llamé a la policía. No es que me pareciese mal su “cruzada contra los conductores poco respetuosos”, pero pensé que, cuando uno atropella a alguien y le causa daño, no vuelve nunca a ser la misma persona que era antes. Y nadie merece eso, por mal conductor que sea.

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