lunes, 22 de octubre de 2012

EL REBAÑO Y LOS PERROS


            Había una vez un rebaño de ovejas. Vivían en un redil vallado, pastaban en un prado cercano, y eran estúpidas, como todas las ovejas. Iban a donde se les decía, comían cuando se les ordenaba, dormían cuando no había luz y se miraban unas a otras las garrapatas y las pulgas, pero ninguna hacía nada por quitárselas, ni a sí misma ni a ninguna de sus compañeras.

            Dos perros se disputaban el dominio del rebaño. El que conseguía hacerse con ese trabajo, podía llevar y traer a las ovejas a su antojo, y de paso comerse, de vez en cuando, alguno de los corderos más tiernos. Disfrutaría de la única sombra que había en el prado en las interminables jornadas de pasto, tendría acceso ilimitado al agua aunque esta escaseara, y podría arrimarse a cuantas lanudas quisiera para que las pulgas y garrapatas propias pasasen a ellas, y así quedar limpio y libre de molestos parásitos. El puesto era, por tanto, codiciado por los dos perros.

            En la disputa por el mando de la manada, ambos canes convinieron que, en lugar de pelear entre ellos, contienda en la cual podrían salir mal heridos, lo mejor era ponerse frente al rebaño y tratar de hacer que las ovejas se dirigiesen hacia donde ellos ordenaban. Uno optó por llevarlas al prado, y el otro hacia el arroyo. Aquel que consiguiera que el mayor número de cabezas de ganado le siguieran, sería el vencedor, y el otro tendría que obedecerle hasta la siguiente contienda.

            El día elegido, ambos se pusieron frente al rebaño. Uno de ellos comenzó a ladrar, ordenando a las ovejas ir hacia el arroyo. El otro comenzó ladrando, pero pronto pasó a morderlas en las patas de atrás. Las primeras se movieron hacia el prado empujadas por el dolor de los mordiscos. Las siguientes, por miedo. A algunas más les caía bien el perro mordedor, y se fueron al prado riéndose de las mordidas, a las que despreciaban por viejas disputas familiares. Entre las ovejas, los odios, las venganzas y las ideologías se heredan de borregos padres a corderos hijos por muchas generaciones.

            Aquellas a las que el perro que solamente ladraba les caía simpático, se tumbaron en el redil pensando que nadie se iría tras el can mordedor. ¿Cómo podría ninguna oveja ser tan rematadamente tonta como para irse tras de alguien que la está hiriendo? Pero se equivocaron, y al fin, cuando vieron que se quedaban solas, no les quedó más remedio que obedecer a sus genes de oveja, que como todos sabemos las hace esencialmente gregarias. Y, por ende, estúpidas. Y se fueron al prado, dejando solo al perro ladrador.

            Durante mucho tiempo, las ovejas protestaron con sus balidos porque padecían parásitos que les chupaban la sangre y tenían que ver cómo el perro devoraba a sus corderos lechales. Le dijeron que se marchara, que estaban hartas de dentelladas, que preferían al otro como pastor. Por toda respuesta, el perro las mordió con más fuerza, comió más corderos y les restringió el paso al pasto y al arroyo de agua.

            Llegó de nuevo el día en que los dos perros tenían que volver a disputarse el mando del rebaño. Y, curiosamente, volvió a ocurrir lo mismo. Las conclusiones, sacadlas vosotros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario