sábado, 20 de octubre de 2012

EL TEJEDOR


            El tejedor era realista. Amaba su oficio más que a ninguna otra cosa, y disfrutaba con cada una de sus facetas, pero cada vez tenía más claro que pronto tendría que buscarse otra ocupación. Los rebaños iban desapareciendo, la lana no alcanzaba un precio suficiente como para que los ganaderos continuasen criando ovejas por ella; salía más caro el jornal del esquilador que lo que obtenían por el material. Cuando ya le fue difícil obtener así la materia prima para su trabajo, comenzó a recorrer los pueblos comprando los viejos colchones de lana que quedaban en las casas.

            Dejaba anuncios en los municipios de toda la provincia: “compro viejos colchones de lana a buen precio. No importa estado. Pago al contado”. Y la gente aceptaba de buen grado, ya que con ese dinero podían comprar colchones modernos de muelles, más cómodos y saludables para la espalda. Además, en los años setenta no se desperdiciaba ninguna oportunidad de sacar algún dinero, aunque fuese de vender los colchones de los abuelos. De este modo, el tejedor obtenía materia prima de peor calidad que la lana recién esquilada, pero le servía para cubrir la contrata que tenía con el ejército. Esas guedejas eran el germen de las mantas marrones.

            Hoy en día, las mantas del ejército son de materiales sintéticos, más ligeras y con más capacidad de calentar a los soldados. En aquella época, lo que se usaba eran mantas de lana de color marrón oscuro. Él fabricaba docenas todos los meses, y un camión verde venía a recogerlas a su taller, en un pueblo del interior de León. Para hacerlas, rajaba los viejos colchones de arriba a abajo y echaba la lana en grandes tinas, para lavarla. La remojaba dos días, la removía con una gran pala para que el detergente hiciera su trabajo, y luego la dejaba secar al aire durante más de una semana. Después la cardaba, la hilaba, la teñía, la devanaba y la colocaba en los telares. Conocía cada uno de los pasos del proceso a la perfección, y trabajaba solo, como había hecho su padre. Junto a él se crió, jugando entre las grandes madejas, los batanes y ruecas, las alfombras y las mantas. Por eso podía andar por el taller con los ojos cerrados, y por eso amaba tanto aquel oficio. Era lo suyo, lo heredado. Lo que le vio crecer y madurar. Él era de los pocos artesanos de la lana que quedaban.

            Una mañana de jueves fue llamado para recoger cuatro colchones de una casa. El pueblo distaba casi sesenta kilómetros del suyo, así que salió temprano. Al llegar a la dirección que le habían dado, vio que estaban sacando todo el mobiliario de la casa porque iban a venderla. Por lo visto, los dueños, una pareja de ancianos, habían fallecido. Ofreció un dinero por los colchones, le regatearon y comenzó el tira y afloja habitual en aquel tipo de operaciones comerciales. Al fin cerraron el trato, pagó, cargó y volvió a su taller. Tenía los telares llenos, de modo que pensó en rematar primero lo que tenía medio acabado, y durante el fin de semana comenzar a lavar aquella lana.

            No era la primera vez que encontraba cosas escondidas en los colchones. Una vez fue el diario de una muchacha. Lo guardó dos años, y como nadie vino a reclamarlo, lo tiró. En otra ocasión fue una muñeca, que aún conservaba en algún rincón. Otras veces encontró fotos, algún rosario, y cosas así, pero nunca nada como aquello. Contó el dinero: dos millones de pesetas. En el año setenta y cuatro aquello era una pequeña fortuna. En otro de los colchones, una bolsita con joyas. “Vaya, los ancianos eran buenos ahorradores”, pensó el tejedor. “Y si los dos han muerto, ¿a quién le devuelvo yo esto ahora?”

            No pudo dormir aquella noche. No hacía más que dar vueltas en la cama y pensar en lo que debía hacer. Se sentiría mejor si lo devolvía, pero si se lo quedaba quizás tuviera bastante como para reconvertir su negocio. Cuando el ejército dejase de comprarle las mantas, y no faltaba mucho para eso, tendría que cerrar el taller. Las alfombras las hacía con lana nueva, esa era cada vez más difícil de conseguir, y el producto acabado resultaba caro. Además, el gusto de la gente se iba refinando, y cada vez tendían más a poner moqueta sintética en las casas. La alfombra rústica pronto no tendría mercado. “Entonces estaré acabado. Si me quedo ese dinero y vendo el oro, podría poner un bar en el pueblo, y no me faltaría el trabajo. Pero quizá tendré remordimientos el resto de mi vida. En cambio, si lo devuelvo, me sentiré mejor, pero no tendré de qué vivir”. Al fin, ganó su honradez. Devolvería el dinero.

            En cuanto tuvo oportunidad se acercó de nuevo hasta la casa de la que procedían los colchones. La encontró cerrada, de modo que decidió preguntar a una vecina. “Los señores de aquí al lado eran buena gente. No tenían hijos, aunque sí sobrinos. Los muy sinvergüenzas solamente venían a verles para pedirles dinero. A veces oía cómo les gritaban a los pobres viejos, que estaban siempre muertos de miedo. Apenas les dejaban nada con lo que sobrevivir. Tampoco les atendieron cuando enfermaron, yo creo que querían que se murieran para heredar. Los pobres se asfixiaron con monóxido por culpa del brasero con el que se calentaban. ¡Anda, que les ha faltado tiempo a esos canallas para vender todo lo que había en la casa! Hasta los ladrillos de la chimenea han removido por rapiñar algún duro más. Pobre Anselmo, pobre Catalina. Cuánto sufrieron, en gloria estén”.

            El tejedor le dio las gracias a la mujer, montó en su furgoneta y se fue. Ahora ya sabéis por qué el bar de la plaza, que aún regenta el viejo tejedor, se llama “Bar de Anselmo y Catalina”.

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