sábado, 6 de octubre de 2012

EL VELO DE LA LUNA


            El pescador de destellos trabajaba de noche. De día dormía en su cabaña, y en cuanto el sol se ponía, aparejaba su barca y se dirigía al lago. En su superficie de espejo quieto y oscuro era donde mejor se pescaban los reflejos de la luna, y todas las noches cosechaba allí, o en los pantanos más próximos, los preciados destellos de la señora del cielo. Había intentado atrapar los de las estrellas, pero eran tan diminutos que se escapaban entre los hilos de su red; además, luego no podía venderlos, de modo que los dejaba ir sobre el agua sin mirarlos siquiera. También una vez intentó pescar en el mar, pero no resultó; siempre se movía, y los frutos de su trabajo resultaban irregulares y turbios por culpa de las olas y la espuma salada. No tenían la misma calidad que los del lago o los embalses, obtenidos de las aguas quietas y dulces: estos eran perfectos, transparentes y brillantes, como él los quería.

            Las noches de luna nueva, o las de lluvia, en las que el satélite quedaba oculto tras las pesadas nubes de plomo, el pescador no salía a faenar, sino que se quedaba en su cabaña contando los destellos que almacenaba. Después iba a ver a la tejedora de velos; ella se los compraba todos, los perfectos y los irregulares, eso sí, a diferentes precios. Aquella mujer de manos de araña había inventado el tul ilusión, con el que se confeccionaban los velos de las novias; para los más hermosos y caros usaba los destellos de luna que le traía el pescador. Todas las mujeres que se casaban acudían a ella para que les hiciera el velo para sus bodas, así que al pescador y a la tejedora no les faltaba nunca trabajo.

            Ocurrió una noche que la estrella polar, celosa de que ninguno de sus reflejos fuera comparable a los de la luna, envió al búho a averiguar para qué se usaban esos destellos que el pescador recogía con tanto afán. El animal se lo ululó todo, y ella, furiosa, fue a hablar con la brillante esfera. “Señora, ese hombre que hay ahí, en el lago, le está robando a usted. Los destellos que regala tan generosamente son vendidos por él, y prendidos luego por su cómplice en los velos de las novias humanas a cambio de dinero. Es vergonzoso que negocien así con sus dones. Debería usted considerar el ser menos generosa con esos mezquinos habitantes de la tierra”. Y la luna, vanidosa como ella sola, ocultó su luz tras una nube para negarle sus destellos al pescador.

            Después de cuatro noches sin cosecha, el hombre la llamó. “Señora del cielo nocturno, ¿por qué se oculta? ¿La he ofendido en algo para que me niegue así el sustento?” Ella, desde arriba, le contestó con voz de plata blanca. “Me parece muy fea la manera en que me robas. Lo que yo te doy, tú lo vendes, y eso no está bien. Si quieres seguir con tu pesca y tu comercio, tendrás que darme parte en el negocio”. El pescador lo pensó un momento, y vio que tenía razón. “Pero señora, ¿qué puedo darle yo a cambio que a usted le sea de provecho? No creo que el dinero humano le sirva de mucho ahí arriba”. Ella rió, y sus carcajadas fueron cayendo al lago como gotas blancas. “Quiero para mí el más hermoso velo que seáis capaces de tejer; con eso me consideraré pagada. Así, si algún día aparece el que ha de ser mi esposo, me envolveré con él para casarme. Será la más bonita pieza de mi dote”.

            La tejedora y el pescador trabajaron mucho aquel año. Él recogió y escogió destellos perfectos de los lagos de las altas montañas, los del agua más pura que existe, en los que la luna derramaba para él su luz más blanca y brillante. La mujer, con sus manos de araña, perfeccionó los tules y modificó los telares para que la trama de aquel velo fuera la más primorosa que jamás se hubiese visto. Una vez terminado el trabajo, los dos se lo entregaron a los pájaros nocturnos, mensajeros alados y sabios que se elevaron para entregar a la futura novia aquella tela, la leve maravilla que había de envolverla en su hora más feliz.

            Creciendo y decreciendo, llena o nueva, la reina de la noche celeste sigue esperando a que llegue su futuro esposo; para que la espera no se le haga tan eterna, de vez en cuando saca de su arca el velo y se lo prueba para mirarse en el lago. Por eso algunas veces, si la miráis, parece que esté rodeada de una ligera neblina, pero no es tal, sino el pago que la tejedora y el pescador le hicieron hace muchos, muchos años.

1 comentario:

  1. Un bellísimo canto a la sublimación de la imaginación. Como siempre, quedo cautivado con tus preciosas metáforas. Besos.

    José Luis.

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