sábado, 13 de octubre de 2012

ESPAÑOLES POR AHÍ


            Samuel era uno de esos jóvenes sobradamente preparados y sobradamente parados que abundan a nuestro alrededor. Su licenciatura (no importa en qué) y los dos másters que se había costeado trabajando en una hamburguesería (ya os imagináis cuál, pero no voy a nombrarla, que no me pagan por hacer propaganda) no le procuraron, como él siempre esperó, un gran puesto con un buen sueldo en ninguna empresa. Seguro que todos vosotros, mis sufridos lectores, conocéis a más de un Samuel.

            Harto de echar currículums a diestro y siniestro, hastiado de ir a entrevistas de trabajo en las que le ofrecían puestos de becario (ya se sabe, responsabilidades de licenciado por un sueldo de risa, y además hacer el café al jefe y recogerle las chaquetas del tinte), comenzó a valorar otras posibilidades. Opositar era una de ellas; las academias lo vendían muy bonito, pero la realidad era que nadie sabía ni cuándo ni cuántas plazas iban a salir… si es que salían. Podía pasarse dos o tres años (más) matándose a estudiar para luego no conseguir nada. Montar un despacho por su cuenta era una opción más a tener en cuenta, pero planteaba dos problemas: que las firmas consolidadas no le iban a dejar entrar en el mercado sin dejarse antes explotar por una de ellas como becario (ay, mafiosillos, mafiosillos…), y que además ningún banco, tal y como estaban las cosas, le iba a dar un préstamo para comenzar a trabajar. Estaba en un callejón sin salida.

            Una noche, mirando la televisión, lo tuvo claro. Estaban emitiendo un programa titulado “españoles por ahí”. En él, personas como el propio Samuel habían ido a probar fortuna a distintos lugares. Todos estaban casados con bellezones locales, tenían hijos hermosos que estudiaban en elitistas escuelas. Sus casas, alquiladas o propias, eran dignas de los adinerados hombres y mujeres de negocios en los que se habían convertido. “El mundo es un lugar lleno de oportunidades. Solo hay que ser valiente para ir a cogerlas. Ese tiene que ser mi camino”. Dicho y hecho.

            Sopesó todas las posibilidades, y eligió destino: Alemania. Ni muy lejos, ni muy cerca. En Alemania estaba el dinero de Europa, así que ahí era donde debía ir a buscarlo. El idioma no era un problema, siempre se le dieron bien. Una vez allí no tardaría en aprenderlo, ya se sabe, la inmersión lingüística es la mejor manera de manejarse rápido en una lengua distinta de la materna. El pasaje de avión “low cost” con una conocida compañía (que tampoco nombraré por la misma razón que antes) fue el último paso. Ya estaba allí.

            El primer problema consistió en el alquiler de una vivienda: un turista necesita un hotel, y un trabajador necesita un contrato. No hay contrato, no hay alquiler. Salvó la comprometida situación pagando bajo mano a una pareja de compatriotas por ocupar habitación en su casa. No le detuvo saberse realquilado e ilegal. Ahora tenía que empezar a visitar empresas currículum en mano. Entonces fue cuando se enteró de que para trabajar en Alemania tenía que pasar los exámenes de alemán pertinentes. Hasta para ser friegaplatos en un tugurio de mala muerte necesitaba ese certificado.

            Sus padres le enviaban lo que podían todos los meses mientras estudiaba el idioma a marchas forzadas en una academia. Consiguió un ingreso extra dando clases de español a los hijos de un matrimonio teutón; tenían una villa en Mallorca, y querían que los niños conociesen la lengua de Cervantes. Malvivió durante meses contando cada céntimo que gastaba. En ocasiones caminaba de la academia a su alojamiento, casi ocho kilómetros, porque si pagaba el autobús no podía comprar maquinillas de afeitar, o abonar la factura del móvil. Pero bueno, en cuanto aprobase el examen de alemán todo iría sobre ruedas.

            Un año. Ese era el tiempo que llevaba allí. Más delgado, pero con las esperanzas intactas, aprobó. Ya podía tratar de emplearse con un contrato en cualquiera de las grandes empresas en las que soñaba con trabajar. En una le ofrecieron puesto de becario (ya se sabe, responsabilidades de licenciado por un sueldo de risa, y además hacer el café al jefe y recogerle las chaquetas del tinte. Huy, parece que eso me suena de algo). En las otras recibió un lacónico “tendremos en cuenta su solicitud” dicho en alemán, que traducido al cristiano quiere decir, coma arriba, coma abajo “lo tienes claro, chavalote”. Pero no podía abandonar después de todo el camino recorrido.

            Seis meses más tarde, continuaba dando clases a los niños (de español, matemáticas y física por el mismo precio) además de ir a buscarlos a la escuela. Ponía cafés en un bar tres horas por la mañana, ejercía de repartidor de un supermercado dos días a la semana, y los sábados y los domingos paseaba perros en un barrio residencial. Aún no había podido ir a casa a ver a sus padres, no tenía vida social, pasaba justito cada mes, y ninguna de las compañías a las que ofreció su licenciatura y los dos másters se interesaron por emplearle con las condiciones que su formación merecía.

            Dos años duró su aventura. Volvió a España derrotado, pero sabedor de que, puestos a malvivir, mejor hacerlo en casa, donde hablan tu idioma, donde tienes cerca a los tuyos. Donde no te toque llorar solo en una habitación realquilada. Esos programas de la televisión, “españoles por ahí”, solo muestran la realidad de aquellos a los que les ha ido bien. Nada dicen de todos los que vuelven a casa con las esperanzas rotas, que son la gran mayoría. No explican que en Alemania no atan los rott-weilers con salchichas de Frankfurt. Ni allí, ni en ningún otro lugar. Esos programas solo son un timo más de la fábrica de timos en que se ha convertido la televisión.

5 comentarios:

  1. Estimada,
    Maravilla, del crônica
    Felicitaciones

    Invitación

    Yo soy brasileño, y tengo un blog, muy simple.
    Estoy lhe invitando a visitar-me, y se posible, seguimos juntos por ellos.
    Fuerza, Alegría y Amizad.
    Ven acá, y, deja, un comentario.

    http://www.josemariacosta.com

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  2. Estoy de acuerdo en este razonamiento: si hay que malvivir mejor hacerlo en tu tierra.

    Más vale estar en paro en tu ciudad, teniendo a tu familia a mano y dispuesta a mantenerte el tiempo que haga falta y pudiendo llamar en cualquier momento a tus amigos para tomar unas copas y contarles tus problemas, que fregar platos o poner ladrillos a 2.000 kilómetros de tu tierra, en un país extranjero, con un idioma diferente y compartiendo piso con extraños.

    Emigrar tiene sentido y es rentable si tu calidad de vida y tus expectativas van a mejorar mucho en el lugar de destino. Si no es el caso, puede ser una pérdida de tiempo (y, en muchos casos, también de dinero).

    De todas formas, en el peor de los casos, si tu tierra es un páramo y no hay oportunidades, siempre te queda esta opción: afiliarte al partido que allí gobierne, pegar muchos carteles, ir a reuniones y hacer amistad con algún político local.

    Si se tiene un poco de suerte se puede conseguir un enchufe de basurero municipal o administrativo de alguna fundación afín al partido, con un sueldo que no baje de 1.500 euros al mes y sin tener que moverse del terruño.

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    1. Ahí le ha dado usted, caballero. En la diana. Nada que objetar. Un abrazo y gracias por su comentario.

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  3. Es cierto que los programas tipo "Españoles en el mundo" son usados por el poder para incitar a la gente a que se busque la vida fuera y así reducir el paro. Tenemos el ejemplo de las repúblicas bálticas (Lituania, Letonia y Estonia), donde en los últimos años ha bajado el paro por la emigración de sus jóvenes.

    Pero una emigración masiva de españoles al extranjero podría ser un arma de doble filo porque otro de sus efectos sería que todos esos emigrantes pagarían sus impuestos en los países donde se establecieran, con lo cual dejarían de financiar a la casta política y los rescates bancarios. Aparte de que una persona que emigra a un país más avanzado, se da cuenta más fácilmente del atraso de su país de origen.

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  4. Así es, Doktor. Lo que hay que hacer es luchar por mejorar las cosas aquí, y si alguien sale fuera, que sea porque realmente le interesa, no a la aventura, ni a la desesperada. Todo eso pasa, evidentemente, por quitar primero de los puestos de poder a los que impiden que la juventud y las familias salgan adelante. Dinero hay, pero lo tienen unos pocos, a buen recaudo, faltaría más. Cada vez que encontramos una forma de ahorrar en algo o de financiarnos sin pasar por los bancos (energía solar, crowfunding...) sacan una ley para dificultarlo y que sigamos pasando por el aro. ¿La solución? ¿Romper el aro? Veremos, veremos...

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