domingo, 28 de octubre de 2012

IMPORTANTES


            No es frecuente que ocurra lo que pasó el viernes; la verdad es que me dio qué pensar, principalmente sobre mí misma. Os lo cuento enseguida, pero antes voy a poneros en antecedentes, porque el tema tiene mucha tela para cortar.

            Cuando perteneces a un grupo grande, como una banda de música o un grupo de folklore, un coro, una compañía de teatro, una empresa o lo que sea, no tienes la misma relación ni la misma afinidad con todos. Siempre hay personas cuya compañía y conversación buscas, y otras con las que mantienes la cordialidad, sin más. Si tienes mala suerte, habrá algunos a los que no podrás ni ver, pero no tendrás más remedio que tolerarlos por el bien común. Ahora sí, terminados los ensayos, la jornada laboral o la representación teatral, cada uno a su casa y Dios a la de todos, como se suele decir. El caso es que muchas veces no eres consciente de lo que algunas de esas personas significan para ti hasta que no ocurre algo que se sale de lo normal.

            Uno de mis compañeros tuvo, hace tres de años, un bloqueo del sentido del gusto y del olfato. El tratamiento farmacológico ordenado por el médico duró cerca de un mes, y le fue bien: recuperó el sabor y el olor de las cosas, y se olvidó del tema. Hasta hace año y medio, en que después de peregrinar de consulta en consulta por fuertes dolores en las caderas y dificultades para caminar, se dieron cuenta de que aquel tratamiento había tenido un indeseado efecto secundario: necrosis de las cabezas de los dos fémures, destrucción de las articulaciones en las dos caderas. Imprescindible sustituir ambas por prótesis.

            Desde aquel diagnóstico han pasado dieciocho meses. Año y medio sin poder hacer vida normal, con muletas, serias dificultades para sentarse, levantarse, darse la vuelta en la cama. Baja laboral, muchos dolores, muchas pastillas, y la desesperación de ver correr los meses sin que la intervención quirúrgica se produzca. Y muchas visitas al hospital a pedir, a rogar, opérenme ya, por favor, que esto no hay quien lo aguante.

            Hace dos semanas le pusieron, por fin, la primera prótesis. Qué desesperado hay que estar para celebrar con cava que te han llamado para abrirte un lado del cuerpo, partirte los huesos, quitarte trozos y cambiarlos por elementos metálicos, pero el alivio se le salía por los poros cuando le avisaron de que ya había fecha. Este viernes, al verle en la puerta de la sala de ensayos, el director hizo parar a la banda la pieza que estábamos ensayando, y ordenó tocar “Valencia”, de Padilla. Lo que se toca para recibir a las falleras mayores y a las personalidades importantes. Estaba aún muy pálido por la pérdida de sangre, y avanzaba con un andador, como los abuelitos. Pero los ojos le brillaban de una manera especial, se sintió emocionado por el recibimiento, por poder entrar andando a esa sala en la que compartimos tantas horas de música y esfuerzo.

            Creo que no es la primera vez que os digo lo difícil que es tocar el saxo cuando te echas a llorar. Pues eso, que no pude tocar. Que me tuve que esconder detrás de mi atril, parapetarme en mis partituras y disimular. ¿Cuándo el compañero de cuatro sillas más para allá se convirtió en un Amigo? No lo sé. Nadie sabe dónde está la frontera entre dos sentimientos tan próximos como lo son la simpatía y el cariño, en ocasiones tiene que pasar algo que te diga “chata, esto no te es ajeno. No le está pasando a cualquiera, le está ocurriendo a un Amigo, y lo que sea, bueno o malo, te importa”.

            A mi Amigo aún le falta una cadera, y no hay fecha para la segunda operación. Pero yo ya he comprado el cava, y lo tendré en la nevera hasta que llegue la segunda llamada. Escucharé con rabia las noticias de cada nuevo recorte en sanidad, pensando que cada uno de esos tijeretazos presupuestarios supondrá un retraso más en su operación, y se me comerán los nervios esperando, porque es mi Amigo el que tiene detenida su vida esperando esa prótesis. Pero cuando llegue, cuando pueda volver a entrar a la sala de ensayos caminando y sin muletas, seguramente esta que escribe tenga que volver a esconderse detrás de su atril.

            A veces pienso que me gustaría no ser tan transparente, quisiera que no se notara tanto lo que siento. Pero he llegado a la conclusión de que entonces no sería yo, y quizá no tendría una vida emocional tan rica, ni podría expresar tantas cosas cuando escribo. En resumen: las lágrimas, si son sinceras, son importantes.

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