lunes, 29 de octubre de 2012

JALOGÜÍN


            El año pasado por estas fechas publiqué una entrada en el blog titulada “Halloween”. Seguro que algunos la recordaréis, y si no, podéis buscarla en el histórico del blog para refrescaros la memoria. En ella hacía todo un alegato en defensa del día de Todos los Santos que hemos celebrado aquí toda la vida, relegando el Halloween americano a la categoría de payasada yanqui invasora, cuyo propósito no era otro que eliminar lo nuestro para colonizarnos con lo suyo.

            Esta vez no se trata de un “donde dije digo, digo Diego”. Hoy es un más bien “rectificar es de sabios”. No es que lo que antaño me pareció una solemne estupidez me parezca hoy una brillante idea, ni mucho menos. Simplemente, le he encontrado la utilidad, y por ello voy a defender esa celebración.

            Mi cambio de actitud viene del hecho de que estoy cansada. Todos estamos muy hartos. Hartos de la crisis, hartos de no llegar a fin de mes. Hartos de ver cómo los señores banqueros mandan a los rott-weilers uniformados a ejecutar desahucios, dejando a las personas sin techo a empujones, a rastras, a porrazos si es preciso, despachándose a gusto también (ya que estamos repartiendo, que le toque a más gente, como la pedrea de Navidad) con los vecinos y la gente que va a gritarles su desvergüenza a cara descubierta. Estoy harta, estamos hartos, de ver cómo se encarcela a quien roba treinta euros de comida en un supermercado, y se aplaude a quien desvalija el bolsillo de todos por valor de cientos de miles de euros. Estoy cansada de estar sin trabajo, de que familiares y amigos también lo estén. De ver a gente que se le pasa la edad sin poder tener hijos porque no cuenta con un salario para asegurar su futuro.

Seguro que todos sabéis de qué estoy hablando, y seguro que todos estáis hartos de las mismas cosas que yo. De salir a la calle a preguntar por qué cada día que pasa nos parecemos más a los cangrejos, y que nos contesten con evasivas, o directamente con golpes. De cuestionar unas medidas que cada vez nos asfixian más a los que menos tenemos, y ver cómo los responsables se ríen de nuestro clamor, escudándose en su mayoría absolutísima y a golpe de decreto innegociable. Seguro que todos vosotros estáis ya tan cansados como yo de respetar las reglas del juego y ver cómo los fulleros de siempre sacan ases de las mangas de sus carísimos trajes para tener siempre las de ganar. Pues se acabó. Rompo la baraja. No juego más.

            Respeto a mis difuntos, los recuerdo, les hablo de ellos a mis hijas, les enseño fotos en las que aparecen, para que sepan, para que no olviden. Pero si el calendario me ofrece una fiesta que me aparte un poco de esta realidad tan negra que nos envuelve, no pienso desaprovecharla. Si la noche del 31 de octubre puede uno vestirse de lo que más “yuyu” dé, salir a la calle rodeado de monstruos a meter miedo a las beatas (perdón, religiosas mujeres de bien) y olvidarse un rato de tantos problemas, pues bienvenido sea el Halloween, o el Jalogüín, como yo prefiero llamarlo para españolizarlo y eso, como dice el ministro Wert. De modo que, cuanto más negros sean los trajes y las mantillas con que las señoras del gobierno van a ver al Papa, más absurdo será mi disfraz, aunque hasta llegar a su nivel de absurdez me lo voy a tener que trabajar muchísimo. Pediré caramelos, que cuestan poco y animan mucho (aunque luego no me los coma, que entre el dentista y el dietista me voy a arruinar), haré ruido y gamberrearé cuanto pueda, porque esa noche hay licencia para asustar sin tregua, y estoy tan, tan, pero tan harta de estar asustada, que ser yo la asustante por un rato se va a convertir en un verdadero gustazo.

            Echadme una mano, por favor. Necesito que me digáis cuál de estos disfraces para Jalogüín es más terrorífico: de lancero de Tordesillas sediento de sangre y armado de cuchillos y destornilladores, de la señora Sáez de Santamaría de luto riguroso, con mantilla y rosario en el Vaticano, de antidisturbios con careta, escudo y porra fácil (sin número de placa a la vista, of course, que no nos falte detalle), de banquero-vampiro ávido de chuparnos hasta el tuétano de los huesos, o de Sor María, con su hábito gris y un bebé en los brazos recién arrebatado a su madre. Difícil elección. Me lo he currado, ¿eh? ¿A que dan mucho miedito todos? Al lado de cualquiera de ellos, la clásica Muerte, el esqueleto, el fantasma, Frankenstein, Drácula o Jack el Destripador parecen inocentes corderitos.

            Desde estas líneas os animo a todos a celebrar el Jalogüín. Sacad vuestro coraje a pasear disfrazado de lo que sea, y reíros, por una vez. Para llorar sobran días el resto del año.

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