martes, 2 de octubre de 2012

LAS BARBAS DE TU VECINO


            La vida es un viaje, con suerte largo, en el que nos pasan muchas cosas. Unas son buenas, otras no tanto, pero siempre pensé que a la gente de ley, la que da mucho y pide poco, la que no traiciona, la que ayuda y anima, trabaja y cuida, la que ama sin pedir a cambio, el destino debería tratarles bien y llenarlos de dones y alegrías. El problema es que, por lo visto, el destino y yo diferimos en nuestros criterios, y a la gente buena la bombardea con problemas, desgracias e infortunios varios. Y a los malos, nada de nada. De poco me sirve que al final del trayecto paguen sus culpas si han vivido en un camino de rosas, mientras que los merecedores de toda la suerte del mundo caminaban descalzos sobre la gravilla.

            Hoy estoy muy enfadada con el sino caprichoso, porque se está cebando con una de mis hermanas de cariño, y no se lo puedo tolerar. No puedo ver esos ojos negros tan hinchados por el llanto, no soporto abrazarla y notarla tan delgada, tanto que le intuyo las costillas por encima de la ropa. No soporto mirarla y darme cuenta de que, aunque lo intente, no puede sonreír. No sé lo que daría por aliviar su pena.

            Ella y yo, yo y ella, fuimos durante cinco años el tándem perfecto. Un equipo capaz de todo; entre las dos, ella economista y yo administrativa, no había papel que se nos resistiera. Recuerdo cuando la conocí; me pusieron a sus órdenes, y la vi tan atractiva, tan morena, con esos ojos tan grandes, la elegancia de sus movimientos de bailarina y su dominio absoluto de la contabilidad, amable, educada, correctísima… que pensé: “Jopé, vaya pedazo de mujer, y vaya pedazo de profesional. Qué suerte tengo”. Y sí, reconozco que la fortuna me sonrió ese día, y me siguió sonriendo durante mucho tiempo. A su lado aprendí muchísimo acerca de la contabilidad, de la atención al cliente, de cheques, créditos, bancos, archivos, facturas. Ella me enseñaba, y yo le contaba chistes. Creo que la quise desde el minuto dos, más o menos. Descubrimos que teníamos niños de las mismas edades, criterios de educación similares, maridos afines. En todo lo demás somos distintas, pero quizá por eso nos queremos tanto, porque nos complementamos. Ella es bailarina (de verdad, de las de carrera) y yo soy músico. Ella es morena, yo no. Prefiere los animales fuera de casa, yo los prefiero dentro. Le gustan los fines de semana tranquilos, y a mí el jaleo. Es más de pescado, y yo más de carne. Se pone faldas, y yo les voy huyendo. Y a pesar de tantas diferencias, mi alma y mi piel la sienten como una igual. No puedo prescindir de su cariño.

            Cuando trabajábamos juntas, soñábamos con emprender algo, una empresa, cualquier cosa que nos permitiese continuar siendo el equipo administrativo perfecto, pero aún no lo hemos conseguido. Lo que sí hemos logrado es mantener la amistad a pesar de que ya a las dos nos despidieron (o liberaron, según se mire) del trabajo que compartíamos; la echo de menos cada día, pero soy tan imbécil que no se lo digo nunca. Creo que ese es un fallo que solemos cometer casi todos, el sentir y no decirlo. El querer y no decirlo. Con lo sencillo que es.

            No entiendo por qué extraña razón alguien tan valioso como ella sigue sin trabajo. Si yo fuera empresario, mataría por tenerla a mi lado llevando las cuentas, y sin embargo continúa desempleada por ser madre y tener cuarenta años. No importa su carrera, los cursos, los másters, la experiencia, el inglés. Es la mejor, y a pesar de eso continúa parada. ¿Qué es lo que miran los entrevistadores? ¿El currículum o el año de nacimiento? Qué sinsentido tan demoledor. Pero lo peor no ha sido eso.

            Cuando te casas, asistes a las bodas de todos tus amigos, más o menos por la misma época. En cosa de cuatro años la mayoría pasamos por la vicaría o el juzgado. Luego comienzan los nacimientos; todos vinieron a mis bautizos, yo fui a los de todos. Jornales devueltos, que decimos aquí. Más tarde vienen las comuniones, y vuelta a comenzar la ronda. Hasta ahí, desembolso, pero por alegrías. Lo malo es cuando empiezas a ir a los entierros de los padres de tus amigos. Ahí es cuando ves las barbas de tu vecino pelar, y piensas: “no puede ser. Los míos son jóvenes”, pero luego compruebas que eso no es garantía de nada, y la sensación de angustia que te invade es lo más asfixiante que recuerdas haber experimentado jamás. Así me siento yo hoy, después de pasar por el tanatorio. Intenté consolar a mi princesa morena, pero ¿cómo se hace eso? ¿Cómo alivias la pena de alguien a quien le acaban de cortar de un hachazo la raíz que le quedaba? No se puede. Solamente cabe sentarse a su lado, abrazarla y llorar juntas.

            No pienso poner mis barbas a remojar. Me niego. Voy a comprar un buen cargamento de pañuelos de papel, para acompañar a mi “súper compi del alma” en su dolor, y a no pensar en el día que me toque a mí. Y no dejaré de recordarles a mis padres lo muchísimo que les quiero, porque cuando me falten no habrá oportunidad, y no quiero que desaparezcan de mi vida sin que sepan que les amaré mientras respire.

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