lunes, 1 de octubre de 2012

LAS GUERRAS PLÁSTICAS


            Recuerdo mis tiempos de escolar, cuando lo que ahora llaman “conocimiento del medio” (o “cono”, abreviando) eran “sociales”, o básicamente, y para que nos entendamos, geografía e historia a partes iguales. En esa asignatura estudiábamos, entre otras muchas cosas, las guerras. La de los cien años, la de los treinta años, la de sucesión, secesión, independencia de aquí, de allá y de acullá, las mundiales, las civiles, las médicas, las púnicas… Pero hubo unas guerras de las que nunca me hablaron, y así como las otras las conozco por referencias, estas las vivo y las sufro con periodicidad anual. Son las “guerras plásticas”.

            Ahora mismo os estaréis preguntando: “pero, ¿de qué habla esta mujer? ¿Habrá bebido y no sabe lo que teclea?” Pues no. Estoy serena, pero que muy serena. Eso sí, mi cupo de paciencia se fue a freír espárragos hace horas, en mitad de una batalla que me costó sudor, sangre y lágrimas ganar. Me corté con una de mis armas, el enemigo se retorció para ponérmelo más difícil, y alcanzar la victoria en esa escaramuza supuso una odisea que ríete tú de la de Ulises.

            Como veo que aún no se os ha quitado la expresión de perplejidad, voy a poneros en situación (contexto histórico y tal) de lo que desencadena las guerras plásticas, cada cuánto tiempo suceden y qué consecuencias tienen, empezando por el principio, que es por donde hay que empezarlo todo.

            Tengo dos vástagas en edad escolar. Cada una tiene una media de ocho asignaturas, lo cual antes suponía ocho libros de texto, pero ahora no. Ahora somos los más modernos del mundo mundial, y tres de esas materias vienen en formato “mochila ligera”, lo que supone un librito por trimestre. Del resto, otras tres traen una separata para hacer los ejercicios (lo que antes resolvíamos con una libreta común y corriente). Ello supone que cada una de mis gordis tiene la friolera de diecisiete libros al comienzo del curso, a los que hay que sumar tres más por barba que corresponden al conservatorio. No saquéis la calculadora, que ya os lo digo yo: cuarenta. Como los 40 principales, como los cuarenta ladrones, como los años que cumplo estas navidades, los grados de fiebre que te da una gripe, los días de puerperio y el aislamiento por viruela. Cuarenta.

            Obviemos la peliaguda cuestión de que hay que pagarlos. Pensemos en ellos como una inversión de futuro (“como después del dineral que me he gastado no aprobéis os pelo vivas” es el primer grito de guerra). Obviemos también las colas en las librerías, los cambios porque uno de los textos es de otra edición distinta a la que pedía el profesor, el que siempre alguno está agotado en el almacén y tardan dos meses en traerlo… (“a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a comprar en esta librería” es la segunda consigna). Pero lo peor está por llegar. La verdadera guerra comienza cuando te enfrentas a los cuarenta enemigos con diez rollos de plástico autoadhesivo por banda, la tijera en la mano, rotulador y etiquetas. Llegó la hora de la verdad. Hay que forrarlos, forastero.

            Empiezas la batalla con los enemigos más pequeños. Mides y tratas de cortar, pero el plástico viene tan enrollado que ha cogido forma, y por más que intentas mantenerlo desplegado, el maldito vinilo se rebela y te tuerces al meter la tijera. Corriges la trayectoria de tu arma, y sigues. Vaya, resulta que igualándolo se te fue la mano y ahora se quedó corto. Buscas un libro más pequeño. No hay. Vale. Dejas el trozo para pegar el nombre de la criatura por fuera (para ver si el año que viene los puedes vender de segunda zarpa) y vuelves a empezar. Mides de nuevo. Cortas intentando deslizar la tijera por el plástico, pero tropieza: alguien ha empleado el utensilio para cortar algo inadecuado y los filos se han mellado (“¡merde!”, exclamas contrariada). Hay que abrir y cerrar. Tardas más. Qué le vas a hacer.

            Con el trozo rebelde ya sometido (cuatro vasos, uno en cada esquina, para mantener aquello bajo control y evitar que se vuelva a hacer un canutillo y no haya forma de colocarlo) pones el libro y tratas de separar, con la uñita del pulgarcito, el papel del plástico para empezar a pegar. Se resiste. Pruebas con otra esquina. Nada. Te limas la uña. Ni flores. Juras en arameo. Al fin se despega, lo has amedrentado a golpe de blasfemia.

            Comienza el tramo crítico de la refriega: el pegado. Empiezas por un extremo, y ya se forma la primera arruga. Despegas con cuidado. Sigues, y se hace una burbuja. La pinchas con un alfiler, sacas el aire, alisas con un paño. Se te pega el trapo al plástico que aún no está colocado. Deja pelos. Los quitas con la pinza de depilarte las cejas y sigues. Otra arruga. Despegas. Un trozo del dibujo de la tapa se rompe al hacerlo. Te ciscas en todos los muertos del que inventó ese plástico del demonio. Continúas, alisando con la regla cada milímetro que vas adhiriendo al cartón. Has pasado el lomo, ya tienes la mitad. Con la otra mitad, misma operación: trapo, alfiler, ay, que se me arruga. Te acercas mucho para alisar una burbujita; el adhesivo te atrapa el pelo. Levantas la cabeza de golpe, con el consiguiente tirón. De nuevo nombras al plástico y a su puñetera madre. Se posa una mosca. Estupendo.

            No os imagináis lo que cuesta quitar el insecto sin estropear el forro, pero tienes que arrancarla de ahí para continuar luchando. En la operación le amputas tres patas, que luego tienes que quitar con las pinzas de las cejas (puaj), anotando la obligación de limpiarlas bien con alcohol después (las pinzas, no las patas). Terminas de cubrir el libro, haces los ingletes a las puntas, los bordes se pegan a la mesa, o entre ellos, resistiéndose a ser fijados en su lugar, por la parte de dentro de las tapas. Ahí ya te importa un bledo que queden arrugas, eso no se ve.

            Por último, escribes el nombre de la aplicada estudianta y lo fijas con un trozo más de plástico transparente. Has terminado el primer libro, y lo miras, triunfante, retadora, satisfecha, felicitándote del resultado. Acabas de vencer en la primera batalla, pero te quedan treinta y nueve más para ganar la guerra.

            Todos los septiembres me pasa lo mismo. Qué ganas tengo de que crezcan y se forren los libros ellas solitas; no veo el día en que las “guerras plásticas” terminen, se firme el armisticio, enterremos la tijera y nos pasemos al rollito hippie, flower power, haz el amor y no el forro, y vamos a fumarnos el caramelo mentolado de la paz. Pero hasta que ese día llegue, no me queda más remedio que continuar peleando. Y ahora, si me disculpáis, me he cortado en la refriega con el segundo trimestre de matemáticas de cuarto, así que voy a curarme al hospital de campaña y sigo, que me queda aún mucha guerra por delante.
 

3 comentarios:

  1. me acabo de morir de risa!!!!!!!! jajajaja
    lo comparto ^_^

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  2. jajaja yo soy una experta en forrar libros, una indicación, haceros con un borrador de pizarras, para alisar es lo mejor de lo mejor, y cuando corteis el forro al tamaño que necesiteis, enrrollarlo al revés así le quitareis la forma, espero os sea de ayuda. Feliz batalla a todas!!!

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  3. Yo es que el que se pega solo siempre lo he odidado. Para mí es más cómodo poner los trocitos de celo de toda la vida que andar peleándome con el condenado forro, jajajaja

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