jueves, 4 de octubre de 2012

LO QUE NO QUIERES QUE SE SEPA


            La tecnología encierra peligros insospechados. En teoría está hecha para ayudarnos y servirnos, pero cada vez me doy más cuenta de que somos sus esclavos, hasta límites que no alcanzo a imaginar. Ahora, cualquier enano de doce años tiene un Smartphone con acceso a internet, cámara de vídeo, línea directa con un canal de youtube, y la falta de principios suficiente como para colgar en la red cualquier barbaridad que se le ocurra. Y eso tiene un riesgo tremendo, habida cuenta del mal ejemplo que damos los adultos, que se supone que tenemos todo bajo control. O eso piensan ellos.

            Recuerdo la primera vez que escuché “los chavales grabaron la paliza a su compañero con un teléfono móvil, y después colgaron el vídeo en internet”. Pensé: “además de violentos y abusadores, son tontos de remate, porque por ese vídeo, que además es una prueba, los van a trincar”. Y así fue. Pero el afán exhibicionista, potenciado por el acceso a los medios de grabación y difusión públicos, es difícilmente controlable. Por eso, algunos adolescentes y jóvenes, en apariencia normales (y después tarados mentales de facto, dadas las estupideces y sinsentidos que perpetran), destrozan retrovisores mientras se desencuadernan de risa, o queman contenedores de basura y papeleras, patean a mendigos, perros o gatos de la calle, cometen infracciones graves de tráfico, realizan carreras ilegales en las que se juegan su pellejo y el de los demás, y cuelgan sus “hazañas” anormales y descerebradas en la Red para que todo el mundo les admire. Y lo peor es que algunos no solo les admiran, sino que les imitan.

            Yo ya pagué una vez doscientos euros para reparar un retrovisor de mi coche, arrancado de una patada junto con los de otros veinte coches aparcados en la misma calle. Doscientos euros, un veinte por ciento de mi sueldo de un mes por entonces. Más de lo que podría afrontar ahora, que no tengo ingreso alguno. Pero a ellos eso les da igual, porque “necesitaban” reventar mi espejo para grabarlo y colgarlo en youtube, y sentirse así más chulos, más valientes y más “guays” que el resto de sus compañeros de juerga alcohólica y pastillera. Pues vale. Pues que viva tu puñetera madre, chavalote. No te deseo que en una de estas te rompas el pie, porque tu asistencia en urgencias, en parte, también la pagamos todos; prefiero que durante una de tus “inocentes travesuras” te partas todos los dientes contra la acera, que el dentista no entra por la seguridad social, y que pague tu papá, que para eso te ha educado así de bien.

            Pequeños desahogos personales aparte (ay, qué a gusto me he quedado), todo esto viene al hilo de las últimas polémicas acerca de vídeos comprometedores y llenos de consecuencias que han saltado a las noticias en las pasadas semanas. En dos de ellos, sendas mujeres con cargos políticos hicieron grabaciones de contenido sexual, y alguien las filtró a la red para escarnio público de las susodichas. Aunque haya quien lo quiera comparar, no estamos hablando de lo mismo. Ellas no rompían nada de nadie, ni cometían un delito. Tampoco fueron elegidas como autoridades morales, sino como cargos de representación y administración, así que no hay que mezclar churras con merinas. Todos los adultos tenemos sexo, aunque no lo digamos. Yo tengo dos hijas, y del Espíritu Santo precisamente no son. Su error no fue el acto, sino la torpeza de grabarlo, máxime cuando ocupan puestos públicos. Muchos de los que las insultan hacen cosas similares en su alcoba y nadie les censura por ello. ¿Es que los políticos no pueden tener vida sexual? Claro que sí, lo que no pueden es permitirse ser torpes en cuanto a su imagen pública. Lo suyo es que den ejemplo de discreción, pero, más allá de lo tocante al buen gusto, no le veo más trascendencia. Al menos, para mí no justifica el que les tenga que costar el cargo. Que sepan todos los que se rasgan las vestiduras que tener sexo entre adultos o con uno mismo no solo es normal, sino que es hasta sano, sea uno político, físico nuclear o barrendero.

            Otra cosa ya es lo de los dos policías locales del famoso vídeo. En su tiempo libre pueden grabar los bailes que les dé la gana, pero el numerito del coche patrulla, de uniforme, dándose azotitos en el pandero (ole, ole, qué erótico-festivo, como los strippers), incumpliendo normas de circulación por las que nos multan a los demás (sin cinturón, soltando el volante, el conductor tapándose los ojos) y poniéndose a sí mismos y a su uniforme en el más absurdo y absoluto de los ridículos, sí es como para que les cueste el puesto. Básicamente porque se supone que ellos representan la autoridad, y ya bastante mal vista está la policía después de las estelares actuaciones de los del casco y el escudo, como para que los locales anden también haciendo el payaso. ¿Con qué cara vienen esos dos ahora a decirle a nadie “eso es una infracción y te corresponde una multa”? ¡Si dan ganas de cantarles una de los Village People a ver si se arrancan a bailar! Si los que vigilan que se cumpla la ley actúan así, no me extraña un pelo lo de los chavalitos de los que hablábamos al principio de este texto.

            En fin y resumiendo, como decía mi suegro, “lo que no quieres que se sepa, no lo hagas”. O al menos no seas tan tontol’haba de grabarlo.

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