jueves, 11 de octubre de 2012

MANERAS DE EXPRESARSE


            Si algo tiene el ser humano, es que cuando tiene algo que decir, lo dice. A lo mejor no lo hace con palabras, pero siempre encuentra la manera. Los que sentían que hablar no era suficiente, desarrollaron la pintura. Los que no tuvieron bastante con colores sobre una superficie plana, esculpieron formas que hablaron por ellos. Hallaron en el mármol, el bronce y la arcilla un canal por el que comunicar al mundo todo aquello que sentían y querían decir. Los grandes escritores manejan los hilos del lenguaje tejiendo con ellos lo que sus mentes pergeñan. Esos seres, artistas todos, transmiten a través de lo que crean cuantos sentimientos experimentan: juegan con nosotros, nos hablan, nos atrapan, nos susurran, nos emocionan. Por eso son artistas, por eso son grandes. Por eso pasaron a la Historia, a la Historia con mayúsculas, para vivir en ella hasta el día en que este tinglado se venga abajo y la humanidad pase a mejor vida.

            Siempre, desde pequeñita, he sabido que soy muy artista. No llegaré nunca lejos, pero tengo tantas maneras de expresarme, que el que no me entiende es porque no quiere. Más claro, agua. No me interpretéis mal; ni se trata de inmodestia, ni de soberbia, ni de nada por el estilo. Es más la expresión de un problema que es mío y solo mío: que cada día me levanto de un talante, y necesito decir las cosas de una manera distinta.

            Vosotros, que sois mis lectores, sabéis de sobra que escribo casi a diario. Lo cual no quiere decir que cada cosa que publico tenga la misma calidad. Unos cuentos llegan más a unas personas, mientras que a otras las dejan frías. Unos días el relato es muy bonito, otros no tanto. Otros, como hoy, es casi un desastre. Todo depende de con qué viento amanezca yo, y lo siento mucho, pero no todos los días tengo una gran historia, emocionante, divertida, fantástica para contaros. Hay mañanas, como la de hoy, que no me levanto escritora, sino música, o cantante, y las energías no me dan como para hacerlo todo con la misma intensidad. Pero en el fondo creo que eso no es del todo malo, porque mantiene mi salud mental a flote. Si mi única forma de decir las cosas fuera la escritura, muchas veces me sentiría fracasada. Creo que por eso mi espíritu inquieto ha buscado otros canales por los que manifestarse.

            Esta mañana me desperté saxofonista. A las nueve, bien temprano (temprano para hacer ruido, se entiende) ya estaba soplando el pito con una partitura delante, cada vez más consciente de mis carencias musicales, y con más ganas que de costumbre de solucionarlas para que el instrumento hable por mí cuando lo necesite. Es preciso que haga de él una parte de mí; si no, difícilmente puede llegar a ser mi portavoz. Pero ya se van viendo cosas, ya el color de sus notas tiene una tonalidad parecida a la de mi piel, y eso me gusta. Y nunca es tarde para aprender, desde luego.

            El día de mañana ya sé cómo me voy a levantar. Mañana voy a ser cantante. Me subiré a un escenario, y mi garganta dirá todo lo que mi sensibilidad le dicte, y es que mañana tengo un motivo precioso para cantar. El mejor de todos los motivos.

            Puede que penséis que una nana es algo fácil, trivial, baladí. Nada más lejos de la realidad. Cuando empecé a cantar esas canciones, lo hice para mis hijas; mezclé las que conocía de la tradición valenciana con las que sabía del acervo popular canario, aprendidas de Mestisay y de mis Sabandeños del alma. Así compuse lo que terminé llamando “arrullo dos mares”, mezclando unas y otras (fue necesario, mi pequeñaja tardaba mucho en dormirse, con una canción sola no tenía suficiente). Luego afiné la dulzura, y la trasladé a las actuaciones de mi grupo de folklore. Durante un tiempo les canté a mis bebés. Hasta que llegó un día en que la peque, que a la sazón tenía tres años y medio y pesaba como quince kilos, no me permitió ya tenerla en brazos y aguantar el tipo. Entre otras cosas porque mientras yo me entregaba a la canción de cuna con toda mi pasión de madre, ella me tiraba de los moños y me estrujaba la nariz con su manita traviesa. Al fin tuve que sustituirla por un muñeco, al menos hasta ahora.

            No es lo mismo, no se refleja lo mismo, no se siente lo mismo ni se puede decir lo mismo, por buena actriz que una sea, teniendo en brazos un pedazo de látex que acunando contra el pecho un trocito de vida de verdad. Algo en el aire lo grita, aunque el pentagrama y las palabras sean las mismas, y se nota. Mañana canto, y el bebé se mueve, respira, patalea, llora y sonríe. Mi Garbancito, al que le dediqué esta misma canción cuando solo un puñado de personas sabíamos que ya había comenzado a crecer dentro de su madre, cuando no era más que un bultito con un motorcillo dentro, será quien ocupe mis brazos y me mire mientras le arrullo. Mi sobrino postizo, la síntesis de la gran ilusión que tenían sus padres por ser eso, padres. Por él, mañana seré otra vez cantante.

            Pronto Garbancito crecerá, el calendario deja caer sus hojas muy aprisa. Pero no pasa nada, otro garbancito ha comenzado a palpitar para que yo interprete nanas el año que viene, el recambio viene en camino. Espero que durante mucho tiempo no me falte muñeco al que acunar, que me sirva de catalizador para decir lo que sé decir a quien quiera escucharlo. Así somos los artistas, los pequeños artistas cotidianos.

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