jueves, 18 de octubre de 2012

MÚSICOS CALLEJEROS


            Siempre, desde que era niña, me llamaron mucho la atención los músicos callejeros. Los veía tocar sentados en sus taburetes, con esos misteriosos papeles colocados ante ellos en atriles oxidados y remendados con alambres, y mi fantasía volaba. Me quedaba a escucharles siempre que podía, observando a la vez sus ropas, la mochila más o menos grande que casi todos tenían al lado, los detalles de su pelo, sus sombreros propios de otros países, tan distintos a los que se usaban aquí. Tengo que admitir que en ocasiones salía a pasear con mis padres y me llenaba los bolsillos de pesetitas, de las que usábamos para jugar al burro en casa, con la intención de dejar caer alguna en el bote de cuanto músico me tropezara en el camino. Así conseguía quedarme unos instantes más frente a ellos y recibía alguna sonrisa a cambio.

            Con lo novelera que yo soy (en eso no sé a quién salí), cuando tenía la suerte de tropezar con algún músico callejero me solía quedar el resto del día soñando despierta, imaginando su azaroso pasado lleno de detalles románticos, trágicos y aventureros, y el futuro que le esperaba. Cierto es que a lo largo de mi vida he visto y escuchado a muchos, algunos verdaderos virtuosos del instrumento que tenían entre las manos, otros auténticos mantas. Evidentemente mi fantasía volaba más rápido cuanto mayor era el dominio musical del bohemio en cuestión, porque ¿qué puede empujar a un maestro del violín, a un mago del acordeón, a una exquisita flautista o a un fuera de serie de la guitarra a tocar en la calle en lugar de hacerlo en un auditorio elegante, aplaudido por gente elegante y con unos emolumentos acordes a sus méritos? Solamente alguna desgracia, algún amor más fuerte que la voluntad o desastres por el estilo.

            Recuerdo una vez en que le eché diez pesetas a un violinista. Yo tendría más o menos nueve años, y a pesar de las protestas de mi madre, que tenía prisa, me detuve a escuchar. Interpretaba una deliciosa czarda con una sonrisa en los labios y la nostalgia pintada en sus ojos. No era un hombre mayor; vestía pantalones grises muy gastados, una camisa de rayas rozadísima por el cuello y un jersey de lana de evidente factura casera. Protegía su garganta con un fular de color indefinible. Necesitaba un buen corte de pelo y un afeitado, las gafas redonditas de miope estaban ya en estado de “mírame y no me toques” y los zapatos clamaban a voz en grito por ser jubilados cuanto antes. Palma de Mallorca bullía de paseantes en los aledaños de la catedral, que fue donde este hombre decidió plantar su atril y comenzar su concierto callejero. Admiré sinceramente su destreza con el violín; su aspecto, la piel blanca, el pelo claro, los ojos azules, sumados a la pieza que interpretaba, hicieron que mi mente le adjudicara de inmediato nacionalidad. “Es ruso”, pensé.

            Lo dejé allí con su czarda y su añoranza, y todo el camino hasta casa anduve distraída. “Seguro que es un ruso de familia pobre al que alguna señorona rica le pagó los estudios de violín. Los ricos se sienten bien haciendo esas cosas, luego tienen alguien que se lo agradezca el resto de su vida y les da prestigio a los ojos de sus amigos. Lo separarían de sus padres para llevarle a estudiar lejos de su casa, porque Rusia es muy grande, o eso dice mamá. Y después llegó la guerra (no sé cuál, pero alguna habría seguro, por allí siempre andan liados con algún conflicto), y le llamaron para ser soldado. Pero él se había enamorado de otra chica pobre que estudiaba ballet (las rusas siempre estudian eso, según creo) y se querían mucho. ¿Cómo iba a marcharse a la guerra dejándola sola? ¡Impensable! Entonces seguro que salió de viaje para despedirse de sus padres, que vivían en un pueblo pobre por allá por Siberia. Iba a decirles que se marchaba de Rusia con su novia la bailarina para que no le mataran en la guerra. Creo que eso se llama desertor, pero yo lo llamo inteligente. Y cuando llegó se encontró que el pueblo ya no estaba, lo habían quemado y bombardeado los enemigos, y sus papás habían muerto. Así, con esa pena, volvió a Moscú a por la bailarina, pero ella se había marchado con un contrato para bailar en Europa. Que no es que Rusia no esté en Europa, me refiero a la parte de acá de Europa. Y él vino a buscarla, pero aún no la ha encontrado. Por eso toca en la calle y va de una ciudad a otra: para sacar dinero para poder comer y ver si ella le escucha tocar, le reconoce y pueden volver a estar juntos y ser felices. Esa czarda seguro que era su canción, la que más les gustaba a los dos, y quizá la tocara para ella cuando estaban estudiando y se daban besos”. Esa fue la película que inventé para él.

            Pasé toda la semana añadiéndole detalles a aquella historia, más propia de un folletín de Corín Tellado que de una niña de nueve años, y el sábado siguiente, a media tarde, insistí a mi madre para ir a misa a la catedral. Él estaba allí, en la misma calle. Le eché un duro en el bote y me quedé escuchándole. Después me armé de valor y le pregunté. “Señor, con lo bien que usted toca, ¿por qué no está en su país dando conciertos en los palacios de la música?” Se echó a reír y me contestó: “Finlandia muy aburrida. Aquí sol, mujerrrres guapas y mucho sangría. Yo prefiero”. ¿Para qué preguntaría? Me hundió en la miseria.

            Cuando se lo conté a mi madre se estuvo riendo toda la tarde. Ni a misa fuimos siquiera porque cada vez que se acordaba volaban las carcajadas. “Eso te pasa por curiosa”, me dijo. Tenía razón, cómo no. Las madres siempre la tienen.

2 comentarios:

  1. me gusto tu historia tienes mas historias de musicos?
    contactame si es asi

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    1. Hola, Ricardo. Sí, tengo más historias de músicos; no es extraño, ya que yo misma soy músico en activo. Teclea en google: "Susana Rodríguez cuenta historias: el embrujo del jazz", "Susana Rodríguez cuenta historias: desde el viernes" o "Susana Rodríguez cuenta historias: cantando boleros". Son solo tres, hay algunos más, los irás encontrando a medida que bucees en las entradas antiguas de mi blog. Espero que te gusten tanto como esta entrada que tanto te ha llamado la atención.
      Un abrazo.

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