viernes, 26 de octubre de 2012

POR UN BESO


         Isabel madrugó para ir al mercado. Los viernes, a partir de las doce, el mejor género ya se había agotado, y la afluencia de gente hacía la compra muy incómoda. Le gustaba ir a por los productos frescos a los puestos de toda la vida, en los que ya compraba su madre, en el Mercado Central de Valencia. Era el mejor sitio para encontrar lo más granado de la huerta valenciana, los mejores encurtidos, las aceitunas, el pescado recién traído de la lonja, las anguilas aún vivas procedentes de la Albufera, y cualquier otra delicia que pudiese apetecer.

            La lechuga iceberg, la rúcula y los aromáticos limones primofiori, además de los ajos y los arándanos secos, se los suministró sin problemas su frutero de confianza. Compró también granadas y naranjas para el postre. Las clóchinas, pequeños mejillones mediterráneos, fueron más difíciles de encontrar; todo lo que veía era mejillón gallego, más lucido de tamaño, pero con otro sabor. A Isabel le gustaba más la variedad autóctona. Uno de los pescaderos tenía guardado un pequeño saco. Dos kilos a la cesta.

            Visitó la quesería para obtener el queso de cabra en rulo, necesario para la ensalada que quería preparar. Piñones y guindillas, y también pimienta negra para moler; para poder obtenerlos tuvo que guardar cola, el especiero estaba muy solicitado aquel día. ¿Qué más le faltaba? ¡Ah, sí, la panceta ahumada! El charcutero se la cortó en lonchas finitas, y le dio un paquetito, como solía hacer, lleno de trozos de mortadela a punto de caducar. “Para el perro”, le dijo sonriendo. Ella pagó, dando las gracias. Ya solo le faltaban el aceite de arbequina y el pan de pueblo.

            Caminó hasta su barrio con la cesta de esparto en una mano y dos bolsas en la otra. Llegó cansada, con marcas en los dedos causadas por las asas de cuerda y plástico y el peso de la compra. “La próxima vez me llevo el carrito, aunque sea un incordio ir sorteando obstáculos con él”, pensó. Mientras sacaba todo lo que había comprado para ir colocando cada cosa en su sitio, sonrió imaginando las caras de su marido y sus hijos cuando viesen la comida que les iba a preparar. No se celebraba nada en concreto, simplemente le apetecía dar una alegría a los suyos al terminar la semana de trabajo y de colegio.

            Limpió los moluscos uno a uno. Era una faena pesada e ingrata, así que puso la radio para hacerla más llevadera. Troceó la lechuga y la metió a remojo. Una vez escurrida, la colocó en una fuente, y repartió la rúcula por encima, espolvoreando después sal y pimienta recién molida, y rematando con el aceite de arbequina. Metió las clóchinas, con todo su olor a mar, en una olla grande; puso pimienta en grano, dos ajos, algunos trozos de limón y una guindilla, añadió una hoja de laurel y un chorretón de aceite, tapó y encendió el fuego. Mientras los bivalvos se abrían, troceó la panceta y la puso en una sartén para saltearla. Cuando empezó a soltar la grasa, echó los piñones, lo sofrió todo, y por último repartió medallones de queso de cabra antes de apagar el fuego, buscando que se calentaran sin derretirse. Los arándanos secos fueron el último ingrediente.

            Preparó la mesa con cuidado. Un mantel bonito, el pan cortado en la cestilla, servilletas de papel color granate, y una botella de blanco de Rueda que guardaba desde Navidad y que tenía en la nevera desde la noche anterior. “Perfecto”, pensó. Después, quitó del fuego la olla con los mejillones y la dejó reposar tapada, para que el caldito salado que los moluscos habían liberado al cocinarse se mezclase con el sabor de las especias y el limón. Golpeó bien con la parte cóncava de una cuchara la cáscara de las granadas, de modo que los rojos granitos se desprendiesen con facilidad; una vez los tuvo sueltos en los cuencos de cerámica, regó con zumo de naranja y un chorrito de mistela. Y, para terminar, repartió el sofrito de panceta y piñones con el queso sobre la lechuga, puso la fuente en la mesa y esperó.

            A las dos y cuarto llegaron todos. Se sentaron a comer, engulleron en media hora lo que ella llevaba preparando desde tan temprano mientras veían las noticias en la tele, y después se dispersaron sin tomar siquiera café: los hijos se encerraron cada uno en su habitación a estudiar, el marido se sintió cansado y se acostó a dormir la siesta. E Isabel quedó sola, recogiendo la cocina, fregando y colocando de nuevo todo en su sitio, con una tristeza que no sabía cómo dominar. Mientras se enjugaba una lágrima con la punta del delantal, pensó: “el viernes que viene, lentejas viudas. Que les den morcilla a todos”.

            En ese momento, descalzo, en calzoncillos y camiseta, su marido entró en la cocina. Se había levantado, en un arranque de inspiración, para darle un beso. “Muy rica la comida, cariño. El toque de los arándanos, delicioso. Te quiero”. Y se volvió a la cama.

            Con el calor de aquel beso aún bailando en sus labios, Isabel sonrió y se puso a maquinar qué comida sabrosa podía preparar para el domingo.

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