miércoles, 17 de octubre de 2012

PRIMERIZAS


            Primerizo, za. Adj. Que hace por vez primera algo, o es novicio o principiante en un arte, profesión o ejercicio. 2)  Se dice especialmente de la hembra que pare por primera vez.

            Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dixit. Me he permitido copiar esta definición para comenzar a contaros lo que me ocurrió ayer. Fue en la sala de espera del dentista, un lugar al que casi todos le tenemos especial cariño (nótese el tono irónico, que luego me decís que si esto, que si lo otro).

            Allí estaba yo, esperando (porque, ¿qué otra cosa se puede hacer en la sala de espera de un dentista?) Entretenía la tensión que anticipa al dolor (porque, ¿qué otra cosa se puede sentir en el sillón del dentista?) leyendo revistas del corazón atrasadas, con sus titulares. “Fulanita y menganito anuncian felices su embarazo” (y pensé: “madre mía, si esta ya parió hace dos meses”) o “Sotanito comienza la rehabilitación después de la delicada intervención a la que fue sometido”. Y echando cuentas me percaté de que el Sotanito en cuestión lleva ya casi medio año criando malvas. “Sí que está atrasada la literatura de este odontólogo, sí”, murmuré, lamentando haberme dejado el libro que tengo a medias en la mesilla de noche. Y en ese preciso instante, cuando ya no sabía cómo abstraer mi mente del maldito ruido del torno (güiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii) que perforaba inmisericorde la muela de otro sufrido paciente a la vez que mis oídos, llegaron ellas. Las primerizas. El acabóse.

            Venían escoltando a un bebé al que yo le calculé unos seis o siete meses. Lo traían abrigado como si la era glacial fuese a comenzar ya mismo, en un carrito del tamaño de un tanque (pulgada arriba, pulgada abajo), con sus frenos ABS y sus ruedas todo terreno. Ellas, mamá primeriza y abuela ídem, se traían un parloteo digno de dos papagayos brasileños en plena canícula amazónica. Todo en la conversación giraba en torno al niño: la papilla del niño, la boquita del niño, las uñitas del niño, los “ajos” del niño, las deposiciones del niño. Lo curioso es que la que venía al dentista era la reciente mamá, con lo cual la “primiyaya” y el cachorro estaban de más, pero bueno, no era yo quién para decirles nada.

            Huelga decir que primerizas hay de muchas clases. Esta “primimamá” era una de esas angustiadas madres recientes que ponen a uno a colorines en pocos minutos. “Está tirando una bocanada de leche. ¿Será normal? ¡Ay mi niño, que se me pone malo! Tendré que llevarlo al pediatra, esta semana solamente aumentó diez gramos. ¿Estará pasando hambre? ¿Por qué llora tanto?”, y etcétera. Que sí, que cuando una se enfrenta por primera vez a la maternidad tiene muchas dudas (que se solventan leyendo, en su mayoría. Pero claro, eso para muchas no es suficiente). La abuela, sin embargo, constituía por sí misma una raza aparte. Aquella “primiyaya” era, simplemente, insoportable.

            Nada más aterrizaron en la sala de espera, el ambiente tranquilo, necesario para el mal trago que uno va a pasar en unos minutos, se fue al garete. Ya, ni música suave, ni luces tenues, ni peras al vino. La “primiyaya” cogió en brazos al bebé, que no decía ni pío (para qué, ya lo decía todo ella), con intención de despojarlo del abrigo. Y por supuesto, nos lo narró a todos con ese tono de voz aflautado y enervante con que algunas personas hablan con los bebés (como si fueran tontos, os sordos, o vete tú a saber). “Ahora mi chico tiene calor, porque claro, tiene calor él, porque hace calor aquí, así que para que mi chico no tenga calor le vamos a quitar el abrigo, ¿verdad que sí, mi chico? ¿eh, el cariño de la yaya? Sacamos la cremallera así, la cremallera, la de mi chico, y luego sacamos este bracito, claro, porque es el bracito de mi niño, ¿verdad? Eeeeeso, así, el bracito fuera. ¡¡¡¡Bieeeeeeeen!!!!! Y ahora vamos a sacar el otro bracito, ¿eh, cariño de la yaya? Así, doblamos el bracito, y lo sacamos, ole, ole, ole, ole, ¡muy bieeeeen, mi niñoooo, qué listo es! Muac, muac, muac, ay, que me lo como”. Diez minutos duró la operación. Aunque os parezca mentira, la he resumido.

            Acto seguido, procedieron a darle la merienda al bebé. El repertorio, ilimitado. “El avioncito, que viene volando, brrrrrrrrrrrrrrrrm, ole, ole, qué bien come mi chico. Aaaaay, las frutitas, qué ricas, ¿eh, corazón? Que se las prepara la yaya porque quiere mucho al chico, porque es él el cariño de su yaya, madre, que me lo come todo. ¡¡¡MMmmmmmmm!!! Qué rica la frutiiiita. Ahora abre la boquita, mi niño, asíiiiiiii, muy bien, ¡ay, qué guapo! ¡Ay, cómo me come!”

            Luego llegó la hora de jugar con el chiquillo. Imaginadlo. “¡Tocotón, tocotón, tocotón! ¡¡Al galope, al galope!! ¡Mira qué risas tiene mi chico! (repiqueteo de tacones sobre el parquet acompañando el trote de sus piernas, sobre las que el sufrido niño daba saltos como un muñeco de trapo esquizofrénico). ¡Cucu! ¡Cucu! ¡Tras! ¡¡¡Ja, ja, ja, mira mi chico cómo se ríe, cómo se ríe él! Qué bien te lo pasas con la yaya, ¿eh, bandido? Curiosón, que eres un curiosón. Que todo lo tienes que escudriñar, muac, muac, muac, muac, besitos a la yaya”.

            Una hora y cuarenta minutos duró el suplicio. Peor que una endodoncia, lo juro. Al final, me marché del dentista sin ser atendida, con la cabeza como un bombo y un cabreo del veinte por haber perdido la tarde en balde. Cuando ya me iba, incapaz de contenerme por más tiempo (que me conozco), le lancé una última mirada furibunda a la señora. La terrorífica abuela decidió, en ese preciso instante, sacar al niño a pasear por la calle para que no se aburriese en la sala de espera. Que ya podía haberlo hecho una hora antes, digo. Creo que el humo que me salía propulsado por las orejas, unido a los resoplidos y carraspeos nerviosos del resto de los presentes (igual de saturados que yo) debieron darle una pista de que a lo mejor estaba molestando.

            Igual que se hacen cursillos de preparación al parto y cuidados del bebé para las mamás primerizas, también deberían hacer cursos para abuelas primerizas. Que nadie nace sabiendo, y hay algunas que pueden ocasionar serios trastornos mentales al niño… y a todo bicho viviente que se acerque.

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