martes, 23 de octubre de 2012

SOLO AMOR. NADA MENOS


            Le había encontrado dos años atrás. Nora fue a la perrera buscando un animal de compañía y volvió a casa con Gorki en el maletero, sin saber que lo que en realidad acababa de adoptar era el amor más entregado que iba a conocer jamás.

            Era un perro raro. Mitad galgo, mitad vete tú a saber. Había aparecido roto en una cuneta, y una de sus patas desproporcionadamente largas no había curado bien del todo, dejándole una desgarbada cojera. Su color, a ramalazos marrones, a trozos negro, blanco por otros lugares, con mechones rubios en el lomo y la cola, resultaba difícil de describir. No era un chucho guapo, pero ella tampoco era Miss Universo, de modo que se quedó con él por su carácter tranquilo. Los primeros días se le hizo raro encontrárselo por el pasillo de casa, tan acostumbrada como estaba a estar sola, pero pronto se habituó a aquella presencia silenciosa.

            Pasada la primera semana de adaptación, las cosas comenzaron a marchar bien. Ya no le daba miedo ir a pasear sola, Gorki estaba con ella. Ya no temía que nadie entrase en su casa por la noche, el can levantaba las orejas al más mínimo ruido. En poco tiempo, el animal se convirtió en un “perro velcro”, siempre pegado a sus pantalones. Y dos años después Nora ya no imaginaba la vida sin él. “¿Cómo hacía yo antes para dormir sola, sin la tranquilidad que me da Gorki?”, pensaba.

            Siempre le había gustado andar, pero desde que le tenía a él las caminatas eran mucho mejores. Disfrutaba mirándole correr con su paso cojo, y a veces se moría de risa solo de verle sacudirse con furia después de haberse mojado en alguno de los riachuelos que cruzaban durante aquellos paseos. Fuera verano o invierno, la presencia de Gorki la obligaba a salir, ya no valía aquello de dejarse vencer por la pereza de los domingos y quedarse todo el día en casa con el pijama puesto. Él necesitaba correr, y era su obligación velar por el bienestar del animal. En su sentido de la responsabilidad no cabía otra actitud.

            Casi desde el principio de llevarlo a vivir con ella, Nora comenzó a hablarle. Mitigaba tanto su soledad el poder contarle todo cuanto se le ocurría… además, los ojos inteligentes del perro siempre le contestaban lo que ella necesitaba escuchar. Él la entendía. Él la quería. Todos los días, después del trabajo, volvía sonriendo a casa. Estaba deseando llegar, porque sabía que él la esperaba, que iría a la puerta a recibirla en cuanto percibiese su olor en la escalera. Aquella alegría, aquel rabo marrón-rubio-negro-blanco moviéndose con ritmo frenético, las patas delanteras sobre el pecho y el hocico húmedo buscando su mano eran un gran motivo para sentirse feliz, y así lo vivía Nora.

            Sabía que no debía permitirle ciertas cosas, como por ejemplo que durmiera sobre su cama. Pero, ¿qué podía hacer si, en cuanto ella conciliaba el sueño, él se subía para acurrucarse a su lado y apoyar el largo morro en sus rodillas? Probó una noche a dejarlo fuera de su cuarto, y para evitar que entrase cerró la puerta. Y Gorki se tendió en el pasillo y lloró durante horas, hasta que los vecinos se quejaron. “Pasa, bicho llorón”, le reprendió Nora, muerta de sueño. Desde entonces, colocaba sobre la colcha la manta del perro en la cama de matrimonio en la que dormía, y él pasó a ser no solo el vigilante de su casa, sino también el guardián de todos sus sueños.

            Un día, Nora se fue con Gorki de excursión a un pantano. Una vez allí, alquiló una barquita, y salió a navegar con él. Nunca había hecho algo así, no sabía manejar bien la embarcación, y el embalse resultó ser mucho más profundo, grande y peligroso de lo que esperaba. El perro, inquieto y desconfiado, se mantenía sentado sobre los cuartos traseros, con el rabo escondido. Tenía miedo, olía el peligro y no le gustaba. De pronto, un golpe de viento, y aquella cáscara de nuez volcó. Nora se golpeó la cabeza, hundiéndose sin luchar. Gorki, que había conseguido subirse al casco de la barquita, ladraba llamándola desde arriba. Podía ver su cuerpo posado en el fondo, era como cuando estaba dormida, pero ya su olor se le había perdido. Lloró quedamente al comprender que el agua no se la iba a devolver, de modo que no dudó: su vida era velar sus sueños, no importa cuánto durasen éstos. Se echó al agua para no dejarla sola, y una vez sumergido ladró su nombre hasta que la vida se le fue en burbujas,. Se hundió, cayendo junto a ella, acurrucado como solía, y con el largo morro yerto sobre sus rodillas quietas.

            Un ladrido corto y seco la despertó. Estaba en su cama, tapada con el edredón, y el perro estaba junto a ella. Nada de aquello había ocurrido. Gorki ladró de nuevo, y gruñó amenazador. Quería ahuyentar del todo a la pesadilla, que se había colado sin ruido en la cama arruinando el sueño de su amada dueña, y no dejó de gruñir hasta que la vio desaparecer por la ventana como una sombra negra y fea. Nora no entendía a qué venía tanto enfado, pero le acarició la cabeza, agradecida. Agradecida de que la hubiese despertado, agradecida de tenerle, agradecida de estar viva para seguir sintiendo su hocico húmedo en la mano. Y el perro, con un suspiro, apoyó de nuevo el morro en sus rodillas, la miró con ojos de amor soñoliento y volvió a dormirse.

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