lunes, 15 de octubre de 2012

VIENTOS DE CAMBIO


            La llegada del otoño siempre ponía patas arriba la vida de Lía. Desde la niñez, el arribo del tiempo que sucede al verano trastornaba su ánimo, revolviendo en su interior el deseo de cambiar. Cambiar algo, lo que fuese, en pequeña o gran medida, pero cambiar. Sentía el mismo impulso de renovación que los árboles; éstos, con la llegada del fin de septiembre comienzan a deshacerse de sus hojas, poniendo así la semilla del renacimiento que habría de tener lugar en primavera. A Lía le ocurría lo mismo que a los árboles, y de ellos había aprendido que nada cambia si nosotros no provocamos ninguna variación en nosotros mismos.

            Solía escaparse al campo en cuanto percibía que el olor del aire cambiaba. El aroma del otoño le llegaba claro y nítido como una nota musical; no se dejaba engañar porque los rayos del sol aún calentasen la tierra, ni porque los días aún fueran largos. La voz de los árboles no mentía, sus hojas ya alfombraban el suelo, y ellos se vestían de colores inauditos que precedían a la desnudez: cálidos marrones, luminosos amarillos, tostados, naranjas y ocres. Los colores del cambio. Esos días, a Lía le gustaba bailar y saltar sobre el colchón de hojarasca, cantaba y reía sola. Cogía grandes puñados de las livianas hojas y los lanzaba al aire para que le llovieran sobre la cabeza mientras daba vueltas y vueltas hasta marearse. Y después comenzaba su proceso.

            Una de las primeras cosas que hacía era ir a cortarse el pelo. Mucho o poco, dependiendo de la necesidad de cambios que experimentase ese año. Podían ser tres o cuatro centímetros, o toda la melena rasurada al cuatro, y eso les daba a los suyos una pista de lo que había de venir. Después, Lía examinaba su vida y su casa para cambiar lo que no le gustaba, le incomodaba o le hacía sentirse mal. Para empezar, los últimos melocotones, ya un poco arrugados, desaparecían del frutero. Las uvas, la sandía y las ciruelas también, e iba a ver a su tendero para pedirle lo que llevaba todo el año deseando tomar: calabaza asada, manzanas blancas, castañas, granadas, naranjas y pasas. Todos esos frutos de otoño, para ella los más sabrosos, eran sus favoritos. Curiosamente, todos contenían una única vocal: la “A”. Según su teoría, lo más básico que debe saber una persona, el abecedario, comienza con esa letra. La “A” era el inicio de todo, y todo lo que está bien hecho se debe empezar por el principio. Por tal razón, el comer esos frutos le daba la seguridad de estar haciendo las cosas bien.

            Siempre que cambió de trabajo lo hizo en otoño. Cuando se tiñó el cabello de un color radicalmente distinto, se hizo gafas nuevas o decidió sustituir las cortinas, fue en otoño. En otoño se ennovió y se casó, en otoño engendró a sus dos hijos, compró la casa nueva y la pintó en tonos distintos. En la misma estación inició cursos que coronó con éxito, y consiguió las mejores cosas que tenía su vida. Jamás se puso enferma durante esos meses; es más, gozaba de una energía que no tenía el resto del año, o al menos no en la misma medida.

            El final de aquel verano había sido particularmente desastroso para Lía. Llevaba dos años sin encontrar trabajo, y una inoportuna neumonía le había amargado el mes de julio, dejándola sin fuerzas para aguantar el calor. No tenía ganas de nada, llegando incluso al extremo de meter en los armarios la ropa sin planchar por no tener ánimo para hacerlo. Sobrevivió al mes de agosto como pudo, y al traicionero septiembre, que nunca traía nada bueno aparte de gastos, gestiones y dolores de cabeza. Estaba deseando que el aire le trajese el esperado olor que ponía en marcha su maquinaria, el que le removía los ancestros.

            Cuando llegó el viento del cambio, se puso una vieja toquilla y fue a inundarse de sus colores preferidos. A la vuelta, el peluquero retiró de su pelo los restos de hojarasca, y cerrando los ojos, metió la máquina como ella le había pedido. Con la cabeza despejada y libre de la esclavitud del pelo largo, compró una funda nueva para la tabla de planchar. El deseo de estrenarla la ayudaría a retomar aquella actividad que se le había hecho tan penosa.

            Volvió a casa cargada de castañas y granadas. De camino, pasó por delante de un local cerrado: era la antigua librería de Doña Águeda, que había bajado definitivamente la persiana por jubilación. Un murmullo de hojas secas traído por la brisa le susurró al oído: “cambia lo que no te gusta”. Odiaba estar inactiva. ¿Y si…?

            Antes de que el invierno terminase con el dorado otoño, colocó el cartel. Era de madera de roble, pintado a mano con letras de cuentos y sueños.

“LIBRELÍA”

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