miércoles, 7 de noviembre de 2012

ABSURDECES PRINCIPESCAS


            Andaba yo el otro día haciendo limpieza de armarios (cosa esencial cuando se vive en un piso, porque si no se te comen los trastos por una pata), y mira por dónde, rescaté una caja misteriosa. No es que no hubiese visto nunca aquella caja, que la compré yo misma; lo que no tenía ni puñetera idea es de lo que en su día había guardado dentro. Miré los tres montones que había en el suelo, y me pregunté: ¿a cuál tendrá que ir lo que contiene? ¿Al de “volver a guardar”, al de “donación a la parroquia” o al de “contenedor de basura más próximo”?

            Creo que en más de una ocasión ya he comentado la opinión que mi costillo tiene de mis “limpiezas”. Concretamente cuando dice eso de “¿tú tienes un affaire con el cubo de la basura, o qué?” Ciertamente, el montón “contenedor” era el más grande de los tres, y si el contenido de la caja misteriosa también aterrizaba en él, me vería obligada a usar una carretilla para bajarlo todo. Para mis adentros deseé que fuera algo sentimentalmente valioso, o práctico, o que le pudiese servir a alguien. Pero no.

            Ya hace mucho tiempo que se nos rompió el vídeo VHS; por eso no entiendo por qué aún conservaba las películas de princesas Disney que coleccionaba hace mil años. Aún las poníamos cuando mis hijas eran pequeñas, pero pasaron a la historia en cuanto llegó el DVD, y éste a su vez cayó en el olvido cuando los estudios, los ensayos, los libros y las actuaciones musicales coparon el tiempo de ocio. Las cintas no eran, pues, material vendible, ni reciclable, ni regalable. Solo quedaba una opción: a la basura. De todos modos, como formaron parte de su más tierna infancia, decidí consultarlo con mis vástagas antes, por si ellas querían quedarse alguna de recuerdo.

            Esperé a que la una volviese del instituto y la otra del colegio, y las senté frente a mí. “Quiero que reviséis esto”, les dije. “Si no os apetece guardar ninguna, las tiro”. Contemplé sus caras mientras revolvían en la caja, sacando las cintas, mirando las carátulas y recordando los argumentos y contenidos de cada una de las películas. Las dejé repasando sus primeros años de vida y me marché a la cocina. Cuando volví a mi habitación, todas las cintas estaban en el montón “basura”. Me manifesté de acuerdo con su decisión, pero quise saber el porqué.

            “Mira, mamá”, dijo mi pájara mayor. “No voy a guardar ninguna porque no me siento representada. Blancanieves era muy pava, y su ilusión era fregar, limpiar, guisar y que los enanos se lavasen las orejas antes de comer. Además, su madrastra quería matarla y comerse su corazón, lo cual me parece una salvajada infame. Total porque era guapa, ya ves tú. ¿No será normal que las jóvenes sean más guapas que las viejas? Pues eso. La que no sepa envejecer con dignidad, que se haga un lifting. Después está la Bella Durmiente, que la bruja mala la quería matar porque sus padres no la habían invitado al bautizo. Ni era familia, ni era de los amigos íntimos de los reyes, así que, ¿qué pintaba ella en el bautizo? Por no hablar de lo de pincharse con la rueca, que más rebuscado no lo había. Y ya, lo de los cien años durmiendo, me parece el colmo. Si yo me durmiera cien años, como según los mayas el mundo se acaba ya, imagínate, ni príncipe, ni beso, ni gaitas. Ya nos hemos ido todos al carajo”.

            Mi pájara pequeña, por su parte, argumentó su decisión con este razonamiento: “mira, mami, es que no hay por dónde cogerlas. Cenicienta tenía la casa llena de ratones, imagínate, si tú te pones negra cuando ves alguna cagadita de ellos en la casa del pueblo, calcula si la madrastra tenía razones para estar de morros con la chica. Las hermanastras eran feas y estúpidas, y no colaboraban nada. Lo de gritarle y encerrarla son malos tratos denunciables, y además, cuando el padre de Cenicienta se murió, debieron recogerla los de los servicios sociales de su comunidad autónoma. Faltaba el asunto de los zapatos de cristal, que no es posible, porque si se rompen de una mala pisada te haces un tajo en el pie que te siega un tendón y quedas coja para los restos, por no hablar de lo fríos e incómodos, y lo poco convenientes que son los tacones para unos pies adolescentes en crecimiento. Nada, que no cuela. Luego está la Bella y la Bestia, que la niña muy leída y muy todo, pero se lía con una bestia parda que no llevaba chip, ni collar antiparasitario, ni la vacuna de la rabia. Yo no me habría fiado. Ni siquiera es posible lo de Rapunzel, imagínate, con esos pelos, sin ir al colegio, que es obligatorio por ley hasta los dieciséis años. ¿Y los tirones para subir a la madrastra con la trenza? Si solo de peinarme tú ya se me oyen los gritos en todo el término municipal, no quiero ni pensar en todo el peso de la supuesta madre (encima ilegítima secuestradora, como la Sor María esa) colgando de su cabellera. Además, ¿es que en toda su vida no cogió piojos la niña? No me lo trago, eso es imposible”.

            Le di un besazo a cada una por lo bien que han aprovechado las enseñanzas que les han dado su madre y su padre, o sea, mi costillo y yo. Para sobrevivir, sentido práctico: los bichos vacunados, los maltratadores encerrados, los niños en el colegio, y a cada cosa, llamarla por su nombre, que para eso lo tiene. Más orgullosa no puedo estar.

Si me disculpáis voy a seguir con la limpieza, a ver cuántos anacronismos más puedo eliminar de mis armarios. ¡Releñes, una faja acorazada color carne! ¿De dónde diablos ha salido esto? ¡A la basura con ella!

No hay comentarios:

Publicar un comentario