jueves, 22 de noviembre de 2012

CALENDARIOS


            Ya se termina el año, y como siempre, llegan los turrones, los anuncios ñoños que te hacen asomar la lagrimita, y los cadáveres rojos (perdón, muñecos de Papá Noël) colgando de los balcones. También llegan las luces parpadeantes que te ponen al borde del ataque epiléptico si las miras más de la cuenta, los villancicos trasnochados de los centros comerciales y los mensajes subliminales con que nos bombardean: compren, compren, compren, compren, compren. La Navidad cada vez es menos Navidad y más comercio (y bebercio, no nos olvidemos). Bueno, pues a lo que iba, que me estoy desviando del tema: llegan todas esas cosas que he dicho antes, y también los calendarios.

            Curioso tema este de los calendarios. Últimamente se está viendo cada cosa que hay para, como se dice vulgarmente, mingitar y no echar ni gota. Estamos aún a 22 de noviembre y yo ya he contemplado el año que viene, mes a mes, adornado de infinitas e increíbles maneras. No todas me atraen por igual, pero reconozco el mérito de algunas, aunque por razones distintas. De todos modos, la realidad es que se han convertido en un medio bastante popular de reivindicación, y también de recaudación para diversas causas.

            El primero de la temporada es el de los famosos con los niños afectados por síndrome de Down. Un clásico en el que nadie se niega a participar, faltaría plus. Las fotos siempre las hace algún fotógrafo de campanillas, y sale en todos los programas de corazón, lo cual incrementa las ventas. Mientras sea en beneficio de los peques, perfecto. El siguiente, el de una conocida bebida espirituosa de intenso color rojo. Este año lo protagoniza nuestra Pe con unos modelazos de quitar el hipo, todos bermejos. Sin escatimar en gastos, oigan. Ese almanaque y el de Pirelli (todo lleno él de impresionantes pibones con poca ropa y mucho glamour internacional) solo están al alcance de unos pocos privilegiados. El común de los mortales no gozamos del caché suficiente como para tener uno. Que a mí me da igual, pero sé de algunos que darían un dedito de su mano izquierda por tener ese álbum de estupléndidas fotos.

            Continuamos enumerando. El siguiente en entrar en escena es el típico calendario de gatitos y perritos, todo cuqui él. Es el que compran la mitad de las “adolescentas”. La otra mitad se matan por conseguir el del mago de las gafitas, con su túnica y su escoba, arreglao pero informal, con todos sus amigotes y enemigotes de la escuela de magos, o el de las pelis de vampiros buenorros, hombrelobos cachas perdidos y lánguidas pavisosas que no saben a qué carta quedarse. Y, por supuesto, los “adolescentos” más mayorcitos (léase la franja de edad entre 16 y 25) recurren al que regalan Intervíu o Playboy, que también tienen su gracia, a juzgar por las ventas.

            Capítulo aparte merecen los calendarios de empresa. Esos no se venden, esos se regalan por cortesía. Lo malo es que la “cortesía” cada vez es más corta, y ya no hay quién se lleve a casa el San Pancracio con su perejil y la cesta de gatitos rodeada de flores amarillas, que son los mismos de los últimos cuarenta años. A ver si cambiamos el modelo, por favor, que no creo que sea tan caro renovar el catálogo. Por no hablar de las empresas de maquinaria, que te arrean un almanaque con una foto de un tractor, o de una motobomba, o de un cortacésped, y te quedas pensando: “Sí señor, eso es motivar al personal, y lo demás son fotocopias”. Un pelín de creatividad, por favor. Y si no, no regalen nada, y ya. Que no está la situación como para andar dispendiando.

            Todo esto me lleva (qué cosas, era de lo que quería hablar desde el principio, pero no quise entrar a saco así, en frío, sin calentamiento previo) a los calendarios eróticos. Ahora todo el mundo hace calendarios de esos. Pero está empezando a ocurrir como con el fenómeno de las caravanas de mujeres, ¿recordáis? Un pueblo perdido lleno de solterones organiza una suelta de mujeres traídas de todo el país en autocares para tratar de juntar soledades y formar familias que se queden en la localidad y no la dejen morir. La primera, la de Plan, fue un éxito. Pero luego se organizaron tantas que se apuntaba todo hijo de vecino a la fiesta, al baile y a meter mano en lo posible, pero sin intenciones serias. Y ahí murió el fenómeno. Pues con esto de los almanaques de personal anónimo en porretas pasa igual. Al principio, daba gloria ver los que hacían los bomberos: esos corpachones sudorosos y manchados de hollín, hacha en mano, manguera preparada y casco tapando los… las… bueno, eso. Luego se unieron las azafatas de vuelo, tan monas ellas, dando las instrucciones de seguridad en liguero y tanga color azul aviador. Y también tuvieron su público. Pero es que ahora ya todo quisqui se despelota y hace un calendario, y no hay mercado para tanta carne, por loable que sea el motivo que lo impulsa.

            Aún recuerdo cuando lo intentaron las falleras del pueblo de al lado, las fotos muy bonitas, con sus moños, sus pololos y las mamicas al aire, que aquello más que un calendario erótico parecía el camerino del Moulin Rouge a la valenciana. Este año son un grupo de mamás de otro pueblo, a cuyos niños han dejado sin transporte escolar merced a los recortes, tajos y retajos de Consellería. Pretenden, enseñando cachito, sacar para pagar el bus lo que queda de curso. Ojalá lo consigan, no se me ocurre motivo más legítimo para quitarse la ropa que el bienestar de los hijos. Son hembras valientes, y yo las aplaudo, aunque aquí, en petit comité, no creo que lleguen a vender tanto como para lograrlo, porque son encantadoras, pero no suscitan morbo alguno, y eso, no nos engañemos, es casi lo único que vende hoy en día. No son modelos, son mujeres normales y corrientes, amas de casa, como yo, y yo no creo que nadie pagase por verme ligera de ropa.

            Yo creo que, en lo tocante a calendarios, voy a hacer lo mismo que los años pasados: ir a la sucursal bancaria más cercana a mendigar uno, que con las comisiones que me cobran y lo que me sacan por la hipoteca, ya se pueden mojar y facilitarme eso al menos. Y un par de bolis también, si es posible, para no tener que mangar los del mostrador.

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