lunes, 12 de noviembre de 2012

EL AMIGO INVISIBLE


            Como cada año a principios de diciembre, el grupo se reunió para sortear los papelitos del amigo invisible. Era una de sus tradiciones navideñas más arraigadas, venían haciéndolo desde que iban casi todos al instituto. En esencia, seguían siendo los mismos que entonces, añadiendo, claro está, a las parejas de los que las tenían. En los últimos veinte años, solamente uno de los que pertenecían a la pandilla desde el principio la había abandonado. Gloria había tenido la culpa, porque después de ocho años casada con Rafa, otro de los miembros del grupo, le había dejado para lanzarse a los brazos de Cocoy, un negrazo cubano del que no se despegaba. Evidentemente, Rafa no tenía ganas de coincidir con su ex, ni mucho menos con su sustituto, de modo que ya apenas le veían.

            Aquel año, a la hora de repartir las notitas con los nombres, acordaron el tope de dinero que se debían gastar en los regalos. Pensaron en Sara y en Roberto, que no tenían trabajo, y también en Gabriel, que desde que se había separado todo el sueldo se le iba en las pensiones de los niños y el alquiler de la ratonera a la que se había tenido que mudar. Hasta el coche se quedó en manos de su ex, que hizo cuanto pudo por desplumarle vivo. Francamente, todos agradecían haber perdido de vista a aquella estúpida pretenciosa que gastaba más en peluquería que en comer, pero lamentaban la situación de Gabi, que no levantaba cabeza. Por ello decidieron que el regalo a comprar no debía pasar de cinco euros.

            Fueron metiendo por turnos la mano en la bolsa, para extraer el papelito. Palmira devolvió el suyo alegando que le había tocado su propio nombre, aunque todos sospecharon que en realidad le había tocado Pablo. No le resultaba cómodo regalarle a él después del ridículo espantoso que había hecho por su culpa: tras meses de tirarle los tejos, el día que se presentó en su casa con el más sexy conjunto de lencería que había podido encontrar, una gabardina y unos taconazos, se encontró con que él llevaba dos años viviendo con otro chico, y estaban pensando en casarse. No les había dicho a sus amigos que era homosexual, y después del numerito erótico-festivo frustrado de la gabardina, Palmira aún no era capaz de hablar con Pablo sin sentirse mal.

            Quedaron de verse el 22 de diciembre, como todos los años. Para cenar, cada uno aportaría una bandeja con lo que le apeteciese preparar, y celebrarían la reunión en la mansión de Benito y Ana, los ricos del grupo. Era la única casa en la que cabían todos. Como siempre, sobraría comida, Gloria vendría con las croquetas de cada navidad, Gabi con sándwiches de queso de untar y mojama, Palmira haría cinco kilos de boquerones en vinagre y se comería ella más de la mitad, y los anfitriones encargarían a algún cátering moderno y selecto una colección de delicatesen que harían que los demás se sintieran los peores cocineros del mundo. La cerveza y el cava correrían, y a la hora de los regalos habría risas, bromas y chistes. Todos sabían quién iba a pasarse del tope de cinco euros “porque es que yo no frecuento tiendas en donde vendan cosas tan baratas”, también sabían quién iría al bazar de chinos más cercano a comprar lo primero que encontrase para salir del paso, y quién se molestaría en recorrer los puestos callejeros del rastro tratando de hallar la ganga del siglo, el regalo perfecto para un amigo de toda la vida.

            Comenzó la ronda de obsequios, y las quinielas no fallaban. Vamos, que de ser un boleto de apuestas de fútbol, habrían tenido los catorce asegurados. El gracioso de Juan le endosó a Cocoy un par de condones tamaño “King size”, con el consabido cachondeo; hubo pañuelos de cuello, bufandas, collares de bisutería, algún CD nostálgico de tienda de oportunidades… El silencio se hizo de pronto cuando Sara entregó a Gabriel su regalo. Eran unas llaves de su piso. “Gabi, no puedo pagar la hipoteca yo sola, sigo sin encontrar trabajo, y tú también tienes muchos problemas para pasarle la pensión a tu ex. Ven a vivir conmigo, y tal vez así los dos consigamos salvar lo poco que nos queda. Tengo dos habitaciones libres, una para ti, y otra para cuando te toquen los niños. Compartiremos los gastos”.

            Todos se miraron sin atreverse a hablar. Fueron unos instantes que se hicieron eternos. Navidad no era tal si dos amigos tan cercanos, a los que todos querían, estaban en tan mala situación. Los regalos, la comida, las luces… nada tenía sentido. Los festejos parecían inmorales. Tenían que hacer algo.

            La idea de la cooperativa se le ocurrió a Cocoy; en Cuba, con tantos años de escasez, el ingenio se les había desarrollado de manera sorprendente. Benito se encargó del papeleo, por algo era abogado, y hasta Rafa, cuando se enteró, participó en el proyecto. La sede estaría en el piso de Sara, de modo que recibiría un alquiler por usar una de sus habitaciones como oficina. Entre ella y Roberto, los parados, llevarían la empresa. Benito y Ana fueron los primeros clientes. “Planchado y limpieza por horas. Usted elige la empleada, nosotros nos encargamos de enviarle siempre a la misma persona las horas que necesite. Las primeras dos horas son gratuitas si invita a conocernos a tres amigos suyos”. Al principio, con dos mujeres a jornada completa tuvieron bastante. Pronto contrataron dos más, y añadieron cuidado de niños a domicilio, aseguraron a sus trabajadoras y compraron el primer vehículo; Roberto las llevaba y las recogía en casa de los clientes. Sorprendentemente, la idea fue extendiéndose y consiguieron repartir algún beneficio entre los cooperativistas al final del primer año, justo el 22 de diciembre, durante la cena del amigo invisible. Rober y Sara entregaron un cheque a cada socio, a cada uno de aquellos antiguos compañeros de instituto que habían demostrado ser mucho más que eso.

            Como regalo navideño, todos rompieron sus cheques aquella noche. La cooperativa debía crecer, lo mismo que el lazo que les unía. Esta vez sí que tenían algo que celebrar. Brindaron. “¡¡¡Feliz Amistad!!!”, gritaron. Y recordaron siempre aquellas fiestas como las mejores navidades de sus vidas.

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