miércoles, 21 de noviembre de 2012

EL CABALLO


            Mientras daba un paseo en bicicleta por un camino rural, Sonia pinchó. Bueno, no pinchó ella, evidentemente, sino una rueda de su bici. Como montaba desde muy pequeña, sabía perfectamente lo que tenía que hacer, de modo que puso la máquina al revés, soltó el freno, quitó la rueda y desmontó la cubierta para sacar la cámara. Localizó el pinchazo sin demasiados problemas, tenía buena vista; limpió la goma, preparó el parche y el pegamento, aplicó el remedio y dejó que se secara el adhesivo. Mientras tanto, ganduleó al sol, dando patadas a las piedras y mirando los pájaros.

            Fue entonces cuando la encontró. Se la veía gastada, y conservaba algunos clavos retorcidos, pero siempre se dijo que era un buen augurio, de modo que se felicitó por su buena suerte. ¡Una herradura de verdad! Usada y perdida, no como las que venden en las tiendas de souvenirs, que son de pega. Esas no han visto un caballo en su vida, pero esta sí que era buena, auténtica, legítima. Seguro que le traía suerte, que por otra parte le hacía bastante falta, como a todos. La guardó en su mochila, bien envuelta en un pañuelo, no fuera a herirse con alguno de los clavos, y se dispuso a terminar con la reparación de la rueda para poder continuar con su interrumpido paseo.

            Un par de kilómetros más adelante vio un cercado con varios caballos. “Vaya, quizá la herradura sea de alguno de ellos, y el pobre ande cojo, o se haga daño al trotar por no ir calzado”. Su deseo era adoptar el trozo de metal curvado como amuleto, pero le dio pena pensar que por ser egoísta alguno de aquellos animales se viera perjudicado, así que se bajó de la bici, se acercó a la valla y llamó a los equinos. “Hola, caballitos guapos, ¿alguno de vosotros ha perdido hoy una de las herraduras?” preguntó, un poco temerosa por el tamaño de aquellos bichos.

            “¡Es mía!”, gritó uno de ellos. “¿Qué dices, chaval? Es mía, seguro”. Otro más se interpuso. “Yo perdí una esta mañana y fijo que es la mía”. Eran ocho caballos, y a los ocho les faltaba alguna de las herraduras. Comenzaron a pelearse entre ellos, relinchando furiosos, bufando y pateando sobre la tierra. A Sonia le entró miedo y le dieron ganas de marcharse, pero no lo hizo. Debía devolver el calzado a su legítimo dueño.

            “Vamos a ver: yo salto la valla y os la pruebo a todos, ¿vale? Así sabremos de qué casco se cayó y podremos colocarla en su sitio. Pero tenéis que prometerme una cosa: que no me patearéis ni me morderéis. O eso, o no entro”. Todos asintieron, y Sonia trepó por el cercado para saltar dentro. Al instante se vio rodeada por los animales, todos querían ser el primero. Les fue probando la herradura uno a uno, pero, o era grande, o pequeña. A ninguno le ajustaba en el casco que tenía descalzo. De pronto, Sonia se fijó en un caballo al que no había visto antes. Estaba atado a un árbol, al fondo del cercado. Parecía triste. Se acercó a él y le preguntó: “¿has perdido una herradura, caballito bonito?” El animal agachó la cabeza y se puso a llorar.

            Uno de sus cascos traseros estaba sin calzar, y el hierro encajaba en él como un guante. “Vaya, resulta que es la tuya. Casi me voy sin siquiera darme cuenta de que estabas aquí. ¿Por qué tus amigos están sueltos y tú estás atado?” preguntó, curiosa. “Es que yo en realidad soy un príncipe encantado, y como me escapo al camino siempre que puedo para buscar a la muchacha que ha de besarme y romper el hechizo, mi amo me ha atado. Esta mañana conseguí fugarme, y perdí la herradura. Ella te ha traído hasta mí, de modo que debes ser tú la que me tiene que salvar. ¿Me besas? Aquí, en el morro…” dijo, acercando la cabeza a la cara de Sonia. Ella estaba, como dirían los jóvenes de ahora, flipando. ¿Aquello era posible?

            Miró a su alrededor por si alguien la podía ver, y muerta de vergüenza estampó un beso en la narizota del caballo. Éste, en lugar de convertirse en príncipe, sacó su enorme lengua y le dejó a Sonia la cara empapada de un lametón. Luego relinchó fuerte, y del susto la pobre chica cayó sentada sobre un montón de estiércol. Todos los animales rompieron a reír ruidosamente. “¡Ja, ja, ja, qué inocentonas son las humanas, todas pican! Anda, Ceniciento, en cuanto se marche la boba esta vete al camino otra vez y tira la herradura vieja, a ver si viene alguien más y nos reímos otro rato”.

            Sonia se marchó a su casa en su bicicleta, con el orgullo herido y la ropa oliendo a cuadra. “El caballo, el animal más noble del mundo. ¡Y una leche! La próxima vez que me encuentre algo, ni loca busco al dueño, me lo quedo y en paz. Y a poder ser, mejor que un amuleto, que sea un billetito de cincuenta euros”.

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