sábado, 24 de noviembre de 2012

EL CAMPO DE ALMENDROS


            El campo de almendros, heredado de los abuelos junto con la humilde casita, era todo lo que poseía la familia de Suso. De aquellos árboles vivían, de modo que los cuidaban lo mejor que les era posible. El campo era labrado con mimo por el padre, se podaba cada almendro con cuidado, pagando al mejor podador de la comarca. Con la leña resultante se calentaban, quemándola en la estufa de la casa, y los frutos que se recogían eran empleados sin desaprovechar ni uno solo.

            Toda la familia colaboraba en la cosecha; extendían las lonas verdes bajo cada árbol, vareaban con cuidado de no romper las quimas, usando largas cañas, y después iban echando las almendras en sacos. Los niños se encargaban de recoger a mano cuanto se escapaba de las lonas, cada una de las almendras que veían por el suelo. No se podían desaprovechar aquellos pequeños tesoros dulces de los que dependía su supervivencia.

            Una vez en casa, se retiraba a mano la cáscara blanda exterior, ya que las máquinas de pelar aún no se habían inventado. Todo ese material vegetal sobrante se guardaría para emplearlo como combustible en invierno. Después se dejaban secar por una semana las almendras para más tarde llevar la mayor parte al mercado. Las de pequeño tamaño quedaban en casa, se utilizarían para cocinar con los cardos del huerto, y con algún conejo cazado para los días de fiesta. Otra pequeña parte sería pelada con paciencia, empleando un pequeño martillo sobre una piedra, para luego prensarlas y extraer aceite, muy preciado como cosmético. La madre elaboraba con él un jabón artesanal que aumentaba los ingresos de la familia.

            En torno a aquellos árboles giraba la vida de Suso y de los suyos; sus primeros recuerdos de niñez ya estaban poblados de almendros, llenos de flores blancas y rosadas, y a medida que fue creciendo aprendió a cuidarlos y a amarlos como parte importantísima de su vida.

            Cuando nadie les veía, los árboles charlaban entre ellos. Eran individuos distintos, y cada uno tenía su opinión acerca de las cosas. Uno, frondoso y de grandes ramas, se preciaba de ser el que mejores almendras daba. Según él, las suyas eran las más grandes, las más dulces, la mejor cosecha de todo el terreno. Los demás se burlaban de tanta presunción, no entendían qué sentido tenía compararse, ya que todos formaban parte del mismo campo, pertenecían a la misma familia y eran tratados del mismo modo por su dueño. Pero el orgulloso almendro se ensoberbeció de tal modo que comenzó a despreciar incluso a los pájaros y a las abejas; si querían posarse en él y libar de sus flores, habría de ser pidiendo permiso antes, y solamente lo concedía si antes no habían tocado a ninguno de los otros almendros. “No quiero ni pensar en que me podáis pasar algún bicho dañino que provenga de todos esos árboles piojosos que tengo alrededor. O ellos, o yo. Mi categoría es mayor y no voy a dejar que me la arruinéis”, les decía. De ese modo, llegó un día en que ni los pájaros, ni las abejas, ni los otros almendros le dirigían ya la palabra. “Igual da, yo me basto solo para ser feliz”, dijo el mezquino árbol. Pero no se dio cuenta de que la hiel de su carácter desdeñoso podía pasar a sus frutos.

            Cuando llegó la cosecha del año siguiente, los compradores habituales de almendra con los que siempre contaba la familia de Suso para dar salida a toda la producción les devolvieron cuanto habían adquirido. “Algunas almendras salen amargas, estropean los turrones, la leche y todo lo que con ellas se elabora”. ¿Qué podían hacer? ¡Era la ruina! ¿Cómo pasarían el invierno? Con mucha paciencia, fueron cascando cada fruto, cortando un trocito y probándolo. Las almendras dulces iban a un montón. Las amargas a otro. La tarea les llevó semanas; después, escaldaron las buenas para desprender la piel marrón interior, tostaron y molieron, y vendieron así la almendra. Toda la familia tuvo que colaborar en el proceso, y terminaron hartos, con la boca amarga y los dedos despellejados de trabajar. El montón de las malas fue usado para fabricar jabón barato que se usó en casa para lavar la ropa de todos.

            Cuando llegó la cosecha del año siguiente, antes de recoger la almendra, probaron un fruto de cada árbol para localizar al culpable de tanta amargura; el almendro soberbio, pese a ser el que más kilos de fruto daba, fue talado por el padre de Suso, y con su madera se calentaron aquel invierno en que tuvieron que vender la cosecha más barata para recuperar la confianza de los clientes.

            Cuando el resto de almendros vieron caer a su desagradable compañero a golpe de hacha respiraron aliviados. Se esforzaron mucho para dar más fruto al año siguiente, y continuaron viviendo bien cuidados y felices. Y Suso, desde su mirada de niño, pensó: “bueno, hasta el más ruin de los árboles, al final, sirve para algo, aunque solo sea arder en la estufa”.

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