jueves, 8 de noviembre de 2012

FUTURO ¿PROMETEDOR?


            Ayer a mediodía, cuando volvió del colegio, mi hija pequeña se puso a ordenar su cuarto. Ojo, no por iniciativa propia, sino por mandato materno, porque si no “eso de limpiar” sería lo último que se le ocurriría hacer en su tiempo libre. El caso es que, entre escobazo y escobazo, fue poniendo todo en su lugar, y mira por dónde, salió de algún rincón una flauta dulce, de esas de plástico blanco que usan los escolares. Ahí ya la liamos.

            Es cualidad inherente a los niños, todos lo sabemos, el hacer ruido con cualquier cosa que tengan a mano. ¿Cómo se iba a resistir ella a soplar la flauta? Imposible. “Nena, si quieres tocar, saca la trompa, o el clarinete, y practicas un rato”. Empeño inútil el mío. Ella no quería hacer música. Quería hacer ruido. Y conociéndola como la conozco, por mucho que yo la intentase convencer, íbamos a tener sesión de pito para rato, de modo que me fui al botiquín en busca de un par de aspirinas para el inminente dolor de cabeza que se me venía encima.

            “¡¡¡¡¡Mami, mami, mami, mira, veeeeeeeeeeeen!!!!!! ¡A los peces del acuario les gusta mi concierto de flauta!” gritó, toda entusiasmada ella (el “concierto de flauta” debía ser de algún compositor contemporáneo de esos que no les encuentras la gracia por ningún sitio, porque yo solamente había oído pitidos disonantes sin lógica alguna). Me acerqué a ver, y efectivamente, todos los pescaditos estaban arremolinados en una esquina del acuario, justo delante de donde estaba ella soplando el diabólico instrumento. Yo me eché a reír. “No, hija, los peces no oyen. Lo que pasa es que te han visto, y esperan que les pongas de comer”. Toda ofendida, profirió un “eso es una mentira gorda y cochina, me están escuchando”.

            Saqué los botes de comida para peces y se los di. “Toma, échales un poco. Cuando yo limpio el polvo por las mañanas también vienen, y no porque vayan a aplaudir lo bien que manejo el trapo, sino porque saben que nosotros les damos comida. Eso es lo que quieren. Haz la prueba, ponles unos copos y verás como ya no se quedan en tu esquina aunque toques la banda sonora de Harry Potter”. La criatura, solamente por demostrarme que ella tenía razón, abrió la tapa y echó unas pizcas de alimento. Dieron cuenta de ello rápidamente, y después se dispersaron. Por mucho que tocó y tocó, ya no se acercó ninguno al cristal.

            Este mediodía, al volver de la escuela, ha vuelto a coger la flauta y se ha ido al comedor. Cuando ya llevaba diez minutos largos de soplidos, he ido a pedirle por favor una tregua. “No puedo, mamá, no me interrumpas, que tengo a los peces a medio concierto”. Yo suspiré. “Cariño, ya te expliqué ayer que solo vienen a ver si les das comida, no por tu música. Échales unos copitos y ven a poner la mesa”. Ella, con su cara de determinación absoluta (es una de sus caras más temibles, os lo puedo asegurar), se negó. “Ni hablar. Si les doy de comer se irán y no me escucharán más. Aquí el que no aguanta el concierto entero, no come. Mientras yo no acabe de tocar no llena la tripa ni San Pedro del Romeral, ¿está claro? Pues eso, mamá. Iré a ayudarte en cuanto termine”.

            Si mi abuelo Cayo aún estuviera vivo, diría algo así como “esta, de mayor, se va a dedicar a la política”. Me queda un arduo trabajo por delante para convencerla de que las cosas no se hacen así. El “si no me haces caso te cierro el grifo” es una realidad que hay que cambiar, empezando por los pequeños.

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