miércoles, 28 de noviembre de 2012

LA BANDERA DE MI PAÍS


            Como está la cosa tan fastidiada por estos lares, anduve mirando para mudarme de país. Pero el caso es que, por más que miro y remiro, ninguno de los otros me convence. Mi amiga Laura me ha dicho que a Alemania no me vaya ni borracha, que ella está allí y no se halla. Como sé que es mujer de buen criterio, le voy a hacer caso. Francia no me seduce, está llena de franceses (y de francesas, cosa que me preocupa bastante más, porque a esas les gusta más un español que una piruleta a un chiquillo, y mi costillo no es compartible). Italia está igual o peor que nosotros, Portugal y Grecia ni os lo cuento, en Andorra tuve una mala experiencia una vez y no pienso volver, y en Suiza solamente hay montañas (ya las veo en foto, si eso, que no me va nada el frío y me da alergia el esquí) y bancos (que me caen mal). En Rusia hablan muy raro, y el vodka me sienta fatal al hígado. Suecia, Noruega, Finlandia y demás países que andan por esos Nortes de Dios tienen demasiado hielo para mi gusto, y salir de Europa no es una opción, que cualquiera viene a ver a la familia teniendo que cruzar el charco cada vez.

            Visto que además en todos los sitios cuecen habas, y que estos sanos vegetales me gustan, pero me producen ciertos trastornos digestivos que ahora no procede enumerar, he tomado una serie de determinaciones: me quedo aquí, pero fundaré un país, o mejor dicho, un micro-país dentro de mi casa. Los cargos políticos se eligen por votación popular, pero salgo presidenta fijo. Solamente tengo que decirles a los 32 peces, a los dos gatos y al perro que si quieren seguir comiendo piensos de calidad ya saben qué papeleta tienen que meter en la urna. Los tres indecisos, a la sazón marido e hijas, no importa mucho lo que voten, porque ya cuento con mayoría absolutísima.

            Lo primero que necesita un país, además de un presidente, es un nombre. ¿Cuál sería el más apropiado para este? Siendo la casa de Susana y de Jesús, tal vez podría ser “Jesusalandia”, aunque suena pelín raro. “Jesusistán” me recuerda a Bin Laden. Como que no.  Ay, me he atascado con este asunto. Voy a dejarlo para cuando tenga un rato más inspirado y me voy a poner con otro tema importante: la bandera.

            No es baladí este asunto tampoco; como hay que ahorrar costes y lo del recorte está de moda, tiraré de materiales nacionales, o sea, lo que tenga por casa. El cajón de las labores está lleno de restos sobrantes de lanas de distintas procedencias, de modo que ahora mismo saco el ganchillo y empiezo a elegir colores. A ver: la bandera de mi país tiene que llevar color naranja. ¿Por qué? Pues porque es mi favorito, y soy la presidenta. Esperad, que voy a hacer una franja de este butano rabioso que me sobró de un jersey que tejí hace catorce años. Chin, chan, chin, chan, chin, chan. Ya está. Sigo.

            La segunda franja va a ser verde, por aquello del compromiso con la ecología y el reciclaje, que en mi casa otra cosa no habrá, pero cubos para separar la basura… chin, chan, chin, chan, oye, qué bien se me da esto. Ya está. Ahora, con esta lana moradísima (creo que con esto hice una bufanda en mis años mozos) pongo una franja más, por aquello del homenaje a mi León natal. Añado un trozo de color amarillo, porque me gustan los limones y también el sol. Chin, chan, chin, chan, jopé, manejo la aguja de gancho a la velocidad del rayo malayo, soy una máquina. Venga, voy a poner un trozo azul, como homenaje al Atlántico que baña mis queridas Canarias y al Mediterráneo que me baña a mí cuando me acerco a la playa. Y con esta lana salmón que tengo por aquí continúo mi elemento representativo, no por nada especial, sino porque esta noche la cena nacional es el susodicho pez rosado a la plancha. ¡Vivan los ácidos grasos Omega 3 y la comida sana! Chin, chan, chin, chan, fíjate tú en qué momento estoy haciendo una bandera que no se la salta un gitano.

            Mira por dónde me ha salido una enseña nacional de lo más chulo, aunque… bueno, más bien parece una manta para ver la tele tumbada en el sofá, y con el frío que hace… ¡caramba, qué calentita! Sería un desperdicio ponerla en lo alto de un mástil en lugar de tenerla abrigándome los pieses. Me la quedo, y ya solucionaré el tema de la bandera más adelante.

            En fin, voy a descansar, que esto de ser presidenta estoy viendo que desgasta un montón. Y además, empieza mi serie favorita, de modo que voy a estrenar mi nueva manta de rayas, y ya mañana hablaremos del gobierno. O pasado. No hay prisa.

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