jueves, 29 de noviembre de 2012

LA BELLEZA DE LAS PALABRAS OLVIDADAS


            Por más vueltas que le doy, no logro entenderlo. Llevamos años haciéndolo, pero ignoro la razón. Tenemos un idioma precioso, hablado por muchos millones de personas en el mundo, y que además posee una riqueza de vocabulario impresionante. Vamos, que hay un término justo para cada cosa, incluso varios en multitud de casos. Y sin embargo, no sólo cada vez usamos menos cantidad de palabras, sino que adoptamos algunas extranjeras desterrando al olvido vocablos realmente bellos.

            Os voy a poner un ejemplo ilustrativo de lo que trato de explicaros, y veréis cómo lográis comprenderlo sin dificultad ni dilación. Observemos el siguiente párrafo: “Un caballero desciende desde su apartamento hasta el zaguán de su edificio utilizando el ascensor. En el preciso instante en que se halla franqueando el dintel de la puerta, advierte que ha olvidado su teléfono portátil. “¡Córcholis!” (cáspita, caracoles o caramba también caben aquí), exclama contrariado. “¿Lo habré extraviado acaso en el interior de mi domicilio? No lo he visto en la mesilla de noche, ni en el aparador, y tampoco creo haberlo dejado en mi automóvil. ¿Tal vez me habrá sido sustraído por algún vástago de meretriz en el transporte suburbano metropolitano? Lo ignoro. ¡Qué contrariedad! Si no lo hallo, habré de adquirir uno nuevo en el establecimiento más cercano, no me es posible permanecer largo tiempo sin que a la autora de mis días le sea posible localizarme en caso de necesidad”. Y, con ademán airado, el caballero retrocedió hasta el interior del zaguán, pulsó el botón del elevador y se dirigió, con paso apresurado, hacia el interior de su vivienda”.

            Ahora vamos a ver, a grandes rasgos, cómo quedaría dicho con términos actuales: “Un tío baja al portal en el ascensor desde su casa. Justo cuando sale se da cuenta de que se ha dejado el móvil. “Mierda”, dice. “¿Se me habrá perdido en casa? No estaba en la mesita, ni en el otro mueble como se llame, y en el coche no se me ha caído. ¿No me lo habrá robado algún hijo de puta en el metro? Ni idea. Mierda, si no lo encuentro me tendré que comprar otro en la tienda, como llame mi madre y no se lo coja lo voy a flipar”. Y, con el morro torcido, el tío volvió para dentro corriendo, a ver si lo encontraba”.

            Si comparamos ambos textos con atención, seguramente encontraremos sutiles diferencias. Los dos dicen lo mismo, más o menos, pero el lenguaje del primero, llamadme antigua si queréis, es mucho más bonito. Echo de menos esos “córcholis” ante las contrariedades, esas “albricias” ante las alegrías, esos castos “ósculos” frente a los morreos. Añoro escuchar por doquier a la gente dar lustre al lenguaje en lugar de llenarlo de deyecciones verbales, términos incorrectos de acepciones equívocas y vocablos extranjeros que exterminan a los propios como las cucarachas rojas americanas exterminaron a las negras autóctonas. En resumen, no hace falta hablar más. Hace falta hablar mejor, y quizás así lograremos entendernos.

            Lo que os estoy diciendo no es difícil. Se trata, simplemente, de apagar la televisión y leer más. Buenos libros, bien escritos, llenos, rebosantes, inundados de rico vocabulario para aprender y usar. Las palabras no son elementos de colección únicamente aptos para ser colocados en la vitrina del diccionario. Son seres vivos que precisan ser usados. Démosles el gusto. Démonos el placer.

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