martes, 13 de noviembre de 2012

LA RUTA


            Durante los dos años pasados caminé mucho. Desde que decidí comenzar a escribir una novela, además de definir los personajes, su carácter y fisonomía, pensé que debía ambientarla en un lugar en el que la trama que había ideado pudiese encajar. Tenía que ser un pueblo del interior, sin playa, habitado por gente sencilla, y con muchos siglos de historia a sus espaldas.

            Pensé en varios lugares de los que había oído hablar, y los visité. Quería que hubiese vestigios de la época en que musulmanes y cristianos aún convivían, tenía en la cabeza una idea clara de lo que necesitaba encontrar. También debía tener una única iglesia con escalinata, río, un cementerio visitable, y mucho término municipal con senderos y huertas por los que pasear. Necesitaba ver rosales en macetas a las puertas de las casas, gatos en la calle, gente tranquila y un buen campanario. Quería campanas que sonasen marcando las horas, que tocasen a muerto, a fiesta y a misa. Y quería ver mercadillo ambulante en la plaza. Fui descartando candidatos hasta quedarme con el que cumplía todos los requisitos.

            Una vez localicé el pueblo, pensé en cómo podrían adaptarse a él los personajes que ya vivían en mi mente: Irina, llena de problemas. Guillermo, buscando respuestas. Imaginé cómo podrían vivir en aquellas calles que yo recorría fijándome en cada detalle, qué conversaciones podrían surgir en cada rincón, qué secretos podrían esconder aquellos arcos, aquellas casas, las fuentes, los azulejos. Y poco a poco toda aquella nube de ideas fue tomando forma.

            Me marqué la meta, como trabajo de campo, de salir a caminar sus senderos y campos en distintas estaciones del año. Así podría describir el desarrollo de las cosas respetando la línea temporal, reflejándola a través de la vegetación. Anoté minuciosamente las flores y plantas, los árboles, los frutos, los colores, el frío terrible de su invierno, la placidez de su verano. Recogí en mi cuaderno cuantos lugares me parecieron curiosos, o susceptibles de colocar allí a mis personajes en alguna de las situaciones que debían ocurrir. Algunos rincones eran tan hermosos que tuve que inventar acontecimientos nuevos para darles cabida en la historia. Así, caminando, fue como llegué a la fuente.

            El sitio me encantó, pese a no ser de origen natural. La fuente había sido construida por la mano del hombre, pero la vegetación la había hecho suya de una forma encantadora, y no pude resistirme. Me hinché a hacer fotos. Recuerdo que era verano, el agua corría por las piedras con un sonido tranquilizante y fresco, y los verdes de las plantas y musgos tenían tantos matices que habría sido imposible nombrarlos todos. El camino estaba tranquilo, y los chopos de la ribera del río cantaban su canción de susurros al compás que les marcaba el suave viento de la mañana. Solamente podía ser allí donde los protagonistas se conocieran. No había lugar mejor. Le cambié el nombre a aquel paraje (lo de “fuente nueva” no me pareció suficientemente literario y le coloqué el de otro manantial, más cercano al pueblo, pero menos encantador). Y continué caminando, no porque no tuviese suficiente material ya con el que trabajar, sino porque los pájaros me lo gritaban desde el cielo. Algo querían enseñarme.

            Encontrar la piscifactoría abandonada fue un regalo inesperado. La casa sin cristales, llena de pintadas y de basura, las balsas de criar peces, el agua fresca proveniente del río, la piedra de molino colocada como mesa de pic-nic… Confieso que cuando pisé aquel escenario, vi a Guillermo lavándose la ropa arrodillado al borde de una de las piscinas, y vi a Irina en la puerta de la casa, leyendo sentada en un cajón de fruta vacío y puesto boca abajo. No tenía aún pensado en dónde se iba a refugiar un muchacho tan especial, y aquel lugar me evitó el trabajo de imaginarlo, sirviéndomelo en bandeja.

            A partir de ahí, todo vino rodado. Unas cuantas conversaciones con la gente del pueblo me facilitaron el conocer por dentro algunas casas de las más antiguas; visité la iglesia, crucé unas palabras con el párroco, comí en el bar de la plaza y, con el café aún sobre la mesa, empecé a escribir.

            Ignoro cuánto tiempo tardaré en poder publicar “Una fuente junto al camino”, pero os prometo que, si logro que tenga alguna repercusión y llegáis a leerla, organizaré una excursión, con una ruta para que todos podáis visitar los escenarios en los que se gestó. España está llena de pueblos tan deliciosos como ese, rebosantes del encanto que tienen las cosas sencillas, llenos de paz, y vacíos de todo lo que nos sobra a los civilizadísimos ciudadanos de hoy en día. Fijémonos un poquito más en ellos para no dejarlos morir.

 

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