lunes, 26 de noviembre de 2012

LAS DOS FAROLAS


            Las dos farolas habían nacido en la misma fábrica, aunque en semanas distintas. Fueron transportadas juntas, una pegada a la otra, a la vez que otras luminarias semejantes, y el grupo de operarios de chaleco fosforescente las habían ido a colocar a ambos lados de una carretera general, a la entrada de un pueblo. Eran altísimas, con la cabeza inclinada y la luz blanca, y su misión era espantar la traicionera oscuridad de la noche para que los coches no tuvieran problemas al pasar por allí.

            Frente a frente, separadas por la calzada de asfalto y las dos aceras, las farolas se miraban de noche y dormían de día. Desde aquel traslado en camión, cuando sus largos cuerpos yacieron juntos hasta su ubicación definitiva, vivían enamoradas la una de la otra, y sin más anhelo que poder volver a tocarse alguna vez. Pero sabían que eso era imposible, que jamás volverían a sentir el contacto de su piel de helado metal, porque estaban ancladas, hormigonadas, sujetas al suelo y sin posibilidad de moverse.

            Durante más de treinta años se miraron desde aquella distancia corta e insalvable que las separaba. Se hacían guiños con la luz, hablaban a voces por encima del ruido del tráfico, y se decían a diario lo mucho que se querían, lo mucho que se deseaban. Lo que darían por volver a rozarse durante un momento. A veces, una de ellas se echaba a llorar; entonces, la bombilla se le fundía, y permanecía dormida, sin luz durante un tiempo. Después siempre venía el electricista con su plataforma elevadora para limpiar el cristal, reparar la avería y devolverla a la vida, y lo primero que hacía en cuanto se encendía era mirar al objeto de su pasión y lanzar un profundo suspiro.

            Una noche de lluvia intensa, las dos farolas se esforzaban en alumbrar el camino a los automóviles sin demasiada suerte; la tormenta era tan fuerte que apenas se veía para transitar. Ninguna de las dos supo de dónde salió el camión, ni en qué momento perdió el control e hizo la tijera, golpeando al coche que venía tras él. ¡Era de locos! ¿A quién en su sano juicio se le ocurriría conducir con semejante tromba de agua y granizo? En cuestión de segundos, las dos farolas recibieron el impacto. Una fue embestida por el camión y quedó doblada peligrosamente. La otra, con el coche empotrado en su cuerpo, se inclinó sobre la calzada hasta terminar apoyándose en su amada. Las cabezas de ambas chocaron, lloviendo cristales rotos y chispas sobre el asfalto. El cortocircuito que provocó su violento beso dejó sin luz toda la línea de alumbrado de la calle.

            Ambas murieron aquella noche, pero lo hicieron felices, porque al fin habían conseguido lo que más deseaban: consumar aquel amor de treinta años, aunque fuese muriendo en el intento. Fueron retiradas y fundidas, y ahora forman juntas la reja metálica de una tienda de electrodomésticos. En su lugar colocaron dos luminarias nuevas, que se miran con indiferencia desde ambos lados de aquella carretera. No presentan más emoción que cualquiera de sus compañeras, ni siquiera cuando alguna paloma se les posa en la cabeza dejándoles algún “recuerdo” indeseado.

            La razón de que aquellas dos farolas naciesen distintas a las demás, con alma y capacidad de amar, nadie la sabe. Cosas que ocurren a veces, aunque parezcan quiméricas. Lo imposible, en ocasiones, no lo es tanto como parece.

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