martes, 27 de noviembre de 2012

LAS ZAPATILLAS DE SAÚL


            Solamente hacía dos meses que Saúl había encontrado aquel empleo. Con apenas veintiún años, juzgó que sus sueños estarían más cerca si comenzaba a ganar dinero para realizarlos cuanto antes, y su juvenil impulsividad le hizo abandonar los estudios y meterse de peón en una obra. Sus padres lo supieron cuando llegó a casa el primer día de trabajo, con la ropa sucia de cemento y las zapatillas deportivas hechas un desastre.

            La madre sabía que, cuando Saúl se encabezonaba en algo, nada era capaz de pararlo, de modo que solamente le preguntó: “¿Es una buena empresa? ¿Por cuánto tiempo te han contratado?” El chico se encogió de hombros. En unos días le darían los papeles para firmar, le dijeron. Los cursillos de seguridad ya se los impartirían más adelante. La ropa de trabajo, el calzado y el casco eran algo por lo que ni siquiera preguntó. “Mira, mamá. Este es el coche que me voy a comprar”, le dijo el chico, ilusionado. Ella maldijo para sus adentros y no le contestó.

            Un mes después, aún no había firmado ningún contrato. “Me han dicho que nadie lo hace hasta que pasa el período de prueba, mamá. Pero como yo valgo, seguramente tendré los papeles la semana que viene, o la otra. ¿Me acompañas a comprarme ropa, mamá? Mira, me han pagado en metálico el primer sueldo. Necesito zapatillas para trabajar hasta que me den las botas esas de seguridad”. La madre lo acompañó, le pidió que no se gastara todo lo que había ganado por si acaso al final decidían no contratarle. “Hijo, si en un mes más no hay papeles, tendrás que denunciar a la empresa. No es legal que tengan a la gente así, trabajando en la obra, sin contrato, ni alta en la seguridad social, ni nada. ¿Y si enfermas? ¿Y si te accidentas? Hay que hacer las cosas bien, Saúl. Debes pedirles tus papeles y el equipo de trabajo todos los días”. Pero Saúl no la escuchaba. Solo pensaba en el dinero que le quemaba en el bolsillo, y en todo lo que podría hacer con él: ropa bonita, salir por ahí, viajar, un coche…

            Resbaló y cayó desde el cuarto piso de la obra. Sin arneses, sin buen calzado, ni casco, ni nada, lo más fácil era que alguien se accidentase antes o después. Y él, que no tenía formación suficiente, era el candidato perfecto. El empresario negó que trabajase para él, no había contrato ni nada que les vinculase. “Quizá entró en el edificio en construcción a ver si podía robar algo”, dijo. El resto de trabajadores callaron por miedo a perder su empleo. El juez cerró el caso.

            La madre fue a ver al constructor a su elegante despacho. No le dijo nada. Solamente dejó las zapatillas viejas de Saúl, manchadas de cemento, sobre su mesa de caoba. A la semana siguiente volvió con otras deportivas viejas. Se negó a recibirla, de modo que dejó el par de zapatillas sobre la mesa de su secretaria. A la semana siguiente, no le permitieron pasar del mostrador de recepción. No opuso resistencia. Dejó otro par de zapatillas andrajosas frente al portero y se marchó. Siete días después, hizo lo mismo. Y al siguiente martes, cuando ya ni siquiera pudo franquear la puerta, dejó el calzado en la calle, frente al portal, para que él lo viera. Rescataba las deportivas usadas de los contenedores de basura, y ella misma las manchaba con cemento, yeso o polvo de ladrillo, como estaban las de su hijo el día en que se lo trajeron muerto.

            La primera orden de alejamiento por acoso la recibió sin pestañear. No podía acercarse a las oficinas de la empresa constructora en el plazo de un año. Comenzó a enviar las zapatillas por correo a la atención del empresario constructor. El segundo paquete le vino devuelto, de modo que cogió las destrozadas deportivas y las llevó a la casa de aquel hombre, dejándolas ante la puerta. Una nueva orden de alejamiento le vetó acercarse al domicilio del culpable, de modo que se las puso en el vestuario de su gimnasio. Allá donde iba, antes o después, el hombre que había eludido toda responsabilidad sobre la muerte de Saúl se encontraba con las zapatillas del chico, sucias de cemento, recordándole su delito.

            No fue a la cárcel por ello; si acabó en prisión fue por sobornar a quienes le recalificaron terrenos y le concedieron obras municipales. Luego llegaron la quiebra, las deudas, se destapó el fraude a la Seguridad Social y a la Hacienda pública, viniendo a demostrar que nadie se hace millonario trabajando honradamente. Hasta allí fue la madre de aquel chico, con sus zapatillas viejas en el bolso, semana tras semana. Se las enseñaba desde lejos, en el horario de visitas, y se marchaba. Curiosamente, no pidió que se le negase la entrada, ya que era la única persona que iba a verle. Una vez fue condenado y su empresa se arruinó ya ninguno de sus antiguos amigos parecía querer saber nada de alguien como él.

            Fue un periodista inquieto quien sacó a la luz la historia de las zapatillas de Saúl. Su madre concedió una única entrevista. “Las vidas rotas de muchos hombres fueron las que conquistaron los derechos de los trabajadores. Si no hacemos nada para evitar que nos los quiten les estaremos dando a otros el poder de decidir sobre nuestra vida, como decidieron con la de mi hijo. Él murió porque permitió que se pisaran sus derechos; yo dedicaré todas mis energías a evitar que su accidente se olvide”.

            Solo una cosa más. Hay que trabajar, pero no a cualquier precio. No dejéis que os compren. No dejéis que os vendan.

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