domingo, 11 de noviembre de 2012

LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE


            Alia y Jaime llevaban casados demasiado tiempo. De hecho, al segundo día de la boda ya era demasiado tiempo. La ilusión duró muy poco, básicamente porque toda la tenía ella. Él se había casado porque era lo que se suponía que debía hacer. La llegada de la niña, lejos de arreglar las cosas, las terminó de romper, y desde entonces todo había ido deteriorándose a marchas forzadas.

            Los últimos cinco años, Jaime había hecho su vida al margen de ella. Fiestas, discotecas, viajes, otras mujeres… Alia se había quedado exclusivamente al cargo de su hija, que ya era lo único que le importaba. Imposible trabajar fuera de casa, Jaime se negó a ayudarla en nada, no dejó sus juergas para cuidar de la niña, no abandonó el casino ni los fines de semana con sus amigos. A Alia no le quedó otra que reducir su vida a la casa y a la crianza. Pensó en separarse, pero no confiaba en él porque sabía que delegaría el cuidado de la pequeña en las personas menos convenientes. Además, mientras estuviese sin trabajo no le sería posible marcharse y abandonarle; con eso contaba Jaime, y por ello le dificultaba cuanto podía el buscar un empleo. Quería que siguiera dependiendo de él porque le resultaba cómodo tenerla en casa y encontrarse todo hecho, limpio, planchado, y la chiquilla bien cuidada.

            Durante mucho tiempo, Alia lamentó su suerte. Lloró la muerte de la ilusión que la había llevado a casarse con él, y también lloró porque sabía que, si no hubiera estado tan ciega de amor, podía haber previsto lo que se le venía encima, el tipo de hombre que de verdad era Jaime, y todo aquello jamás habría pasado. Pero su realidad era la que era, resignada a perder la juventud compartiendo colchón con alguien a quien no quería para que su hija no sufriese las consecuencias de una separación y de un padre enteramente irresponsable.

            Durante uno de los “viajes de ocio recreativo” de Jaime, Alia vio en las noticias a alguien que le resultaba familiar. No recordaba de qué le conocía, pero le sonaba. Era un prometedor actor latinoamericano que había venido a España para promocionar su última película, una colaboración hispano-argentina premiada en varios certámenes. De repente se acordó. “¡Claro! ¡El curso de teatro del instituto! Allí coincidimos durante algunas clases. Vaya, quién lo hubiera dicho, ahora es un actor famoso. Y sin embargo, mírame a mí, atrapada en un matrimonio fracasado por miedo a que, si me separo, mi aborrecido marido envenene a mi hija contra mí, o la deje a cargo de cualquiera y se vaya de borrachera. Parece mentira, cuántas vueltas da la vida”.

            Dudó si debía ponerse en contacto con él o no. “No se acordará de mí”, pensó. Pero estaba tan cansada de estar sola, de no tener nadie con quién hablar, que buscó su nombre en twitter y le mandó un mensaje. Después, fue a ver dormir a su hija durante un rato, y se acostó en la cama enorme y vacía.

            Al día siguiente tenía un mensaje de él. No solo la recordaba, sino que se mostraba encantado de saber de ella. “Paso por tu ciudad el viernes. ¿Un café?” No supo qué contestar. Si iba, quizás se ilusionaría, y al fin y al cabo era una mujer casada. Pero el cosquilleo que sentía en el estómago por la emoción era algo que ya pensaba que jamás volvería a experimentar. Más de una vez, cuando iban al instituto, se habían mirado, y en las clases de teatro todos decían que hacían buena pareja. Él se había acercado, pero ella ya salía con Jaime, y no respondió a sus invitaciones. Ahora todo era distinto. ¿Qué sentido tenía quedar con él, tomar café, charlar…? ¿Qué iba a contarle? Que era una fracasada, que no tenía futuro, que estaba condenada a perder los mejores años de su vida por haberse equivocado de hombre. Que hasta que la niña no fuese una mujer capaz de comprender, hasta que pudiese prescindir de la tutela obligatoria de su padre, ella no podría volar. Le daba vergüenza. No, no podía verle.

            Otro mensaje, esta vez con un número de teléfono. “Llámame”. Lo pensó mucho, y al fin marcó aquel número. La voz alegre y el acento argentino de Darío la trasladaron a tiempos mejores, cuando aún creía en el amor y en la felicidad. Luego solo tuvo que dejarse llevar por la conversación, y llevaba tanto tiempo callada que al fin dejó salir el torrente de sentimientos en el que se ahogaba, y se lo contó todo. Darío entendió que no podía pedirle nada, pero que sus males tenían fecha de caducidad; solo debía esperar, y procurar que Alia no se hundiera durante ese tiempo. Decidió que él iba a ser la ilusión que la mantuviera a flote.

            A los pocos días de aquella larga conversación, Alia recibió un correo. “Mi preciosa Alia, la de la linda e inacabable sonrisa, la de la mirada violeta que teñía de violeta todos mis sueños: dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero yo te digo que no es cierto. Ocurre que, aunque haya un diluvio y el cielo esté negro como el hollín, mientras haya un solo rayo de sol que se consiga colar entre las nubes, el arco iris se dibujará en el cielo. Importan poco los relámpagos, los truenos, las riadas. Lo único que importa es que, a pesar de no ser nada que se pueda tocar ni guardar, el arco de colores siempre nos provoca una sonrisa y nos indica que el sol, aunque lejano, aún existe para nosotros. Que lo que ahora es negro, antes o después se llenará de luz. Piensa en mí como yo pienso en ti: como algo que, aunque parezca imposible, algún día podría suceder. Lo último que debes perder es la ilusión”.

            Alia puso, como fondo de escritorio en su ordenador, una fotografía con un arco iris. Cuando la miraba, pensaba en la chispa de los ojos de Darío, y se sentía mejor. Y eso, junto con la risa de su hija, fueron los dos pilares en los que se apoyó hasta que, por fin, pasó la tormenta.

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