sábado, 17 de noviembre de 2012

MÁS VALE NO ARRIESGARSE


         Todos sabemos que las hadas existen. Viven camufladas entre los seres humanos, e incluso ellas mismas piensan que no son más que personas normales, pero no es así. Es fácil distinguirlas si sabes cómo: tienen una sonrisa para todo el mundo, sea quien sea. No existen en el mundo criaturas más generosas, porque ellas regalan lo mejor que tienen, que no es ni más ni menos que su precioso tiempo, y lo emplean en procurar la felicidad de los demás. Son serviciales, detallistas, y están llenas de arte y sentido del humor. Algunas han sufrido cosas que la mayoría no aguantaríamos, pero resisten y afrontan cuanto les ocurre con su mejor sonrisa para salir adelante sin que los demás tengan por qué padecer por ellas. Quienes tienen la suerte de tener un hada cerca deben cuidarla y quererla, porque si no la tratan como se merece, el resto de su vida todo les saldrá al revés.

            Contrariamente a lo que se piensa, un hada no nace ya con un oficio definido, sino que se le otorga después, en atención a sus méritos; estos se componen principalmente de la cantidad de personas que la quieren de verdad. A un hada que es bastante querida, se le da un oficio menor, como puede ser el de “hada de los charcos”, que es la que procura que haya lugares en los que los niños puedan chapotear, ensuciarse y divertirse cuando llueve, o “hada de los pelos”, que es la que te arregla y te pone guapa para que te sientas princesa en lugar de bruja. Otras ejemplos de hada menor son el “hada de los ojos”, que es la que te coloca unas gafas para que veas mejor el mundo y a los que te rodean, ampliando así tus horizontes, el “hada de las orejas”, que es la que te pone un audífono para romper los muros de silencio, o el “hada de las voces”, que te facilita un micro para que lo que tienes que decir llegue con claridad hasta donde tú quieras. Podría poneros varios cientos de ejemplos de hadas menores, pero creo que ya os habéis hecho una idea de por dónde van los tiros. Y claro, después están las hadas mayores, las más queridas por quienes las han conocido. Ellas son las que ostentan los cargos de más responsabilidad, las que tienen en sus manos la llave de la felicidad de las personas. Ahora que sabéis todas estas cosas, ya puedo comenzar a contaros esta historia.

            Érase una vez, hace poquito tiempo, en un lugar entre “cercano” y “aquí al ladito” (según dónde viva quien esté leyendo este cuento), un hada menor que vivía tratando de hacer el día a día de los demás un poco mejor. Era un “hada de los ojos”, y trabajaba camuflada en una óptica, en la que repartía amabilidad, sonrisas, gafas y lentes de contacto a partes iguales. Quienes iban a verla salían siempre contentos, sintiéndose guapos, optimistas y capaces de comerse el mundo con la nueva vista de lince que ella les procuraba. Esta hadita se sentía feliz con su trabajo, y no aspiraba más que a seguir haciéndolo con la tranquilidad y la alegría de siempre. Pero sucedió que otra “hada de los ojos” se sintió celosa de ella porque, cuando la gente entraba a su lugar de trabajo, siempre prefería que fuese el hada Carmen quien les atendiera. Comenzó a portarse mal con ella; desarrolló envidia, y una serie de malos sentimientos que a las hadas les están prohibidos. Dejó de sonreír, dejó de ser buena y servicial, y su halo se apagó. El día en que consiguió que Carmen dejase su oficio a fuerza de hacerla infeliz, perdió, sin quererlo, su estatus de hada, le quitaron su aura brillante y fue condenada a que todo le saliera mal.

            Carmen sufrió mucho aquella temporada, pero fue incapaz de albergar rencor y de detener su vida por ese incidente, y pronto los seres superiores que controlan este cotarro raro que es el mundo humano decidieron compensarla. Evaluaron sus méritos, y llegaron a la conclusión de que había ya tanta gente que la quería, que se había ganado unos nuevos galones. La otra quedó como simple persona, y Carmen fue ascendida a hada mayor, otorgándole, además del tercer amor de su vida, el cargo de “hada de los sueños”. Desde aquel momento sería la encargada de facilitar la posibilidad a los humanos de llegar a cumplir todo aquello que desean.

            Desde el otro lado de un cristal, el hada sueñera repartía esperanzas de fortuna en forma de papelitos del Estado: décimos de lotería, boletos de primitiva, euromillonarias, quinielas, gordos… Lo hacía siempre cantando y riendo, con paciencia, con palabras amables, y sobre todo, con verdaderos deseos de que todos aquellos sueños que la gente tenía se pudieran cumplir. No había cosa que le hiciera más ilusión que esa. Además, en sus ratos libres, pintaba, regalaba montajes de fotografía que provocaban una sonrisa a los demás, animaba, daba consejos, y siempre tenía para todo el mundo un buen gesto y una palabra bonita.

            Un día, de pronto, sucedió algo inesperado. Aquella otra hada destituida, la que tantas penas y dolores de cabeza le había provocado, llegó al cristal tras el que Carmen trabajaba. La sueñera apenas la reconoció, porque no tenía ya el halo de luz, ni la alegría en la cara, ni la chispa en los ojos que tienen los seres mágicos. Era una pura amargura. Venía buscando cambiar su fortuna, ya que, desde que había perdido su cargo de hada menor, nada le había salido bien. Había soñado con un número de lotería en concreto, y quería comprarlo. Un ordenador le había dicho que solo podría encontrarlo en la sueñería de Carmen, y ni corta ni perezosa se presentó allí, sin saber que se iba a encontrar de morros con su antigua compañera.

            Nuestra hada de los sueños se vio, sin quererlo, en un serio dilema. ¿Qué podía hacer? A una “destron-hada” no se le puede otorgar suerte ninguna, porque la ha perdido por méritos propios. Además, con todo lo que había sufrido por su culpa, no tenía ganas de hacerle ningún favor, pero tampoco estaba en su naturaleza el ser vengativa ni rencorosa. Al fin, decidió negarle el número de sus sueños. “Lo siento, no te lo puedo vender, está reservado. Si quieres cualquier otro…” Mirando al suelo y sin despedirse, la desgraci-hada se marchó, y Carmen no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción, pese a que sabía que “los de arriba” la llamarían al orden en cuanto se enterasen.

            Efectivamente, aquella misma tarde, una ardilla mensajera la estaba esperando al borde de la piscina de su casa. Mientras se comía tranquilamente una nuez, le dijo: “por las alturas andan un poco molestos, chata. Un hada mayor no debe portarse mal con la gente, y todo eso, ya sabes. Pero bueno, en atención a tu impecable hoja de servicios, y teniendo en cuenta lo que has aguantado y aguantas cada día sin perder el buen humor, por esta vez van a hacer como que no han visto nada”. La ardilla se sacudió las patitas, se atusó los bigotes, y añadió: “entre nosotras, y ahora que no nos oye nadie, esa tía era una pelleja. Si hubiera sido yo, no solo no le vendo el número, sino que además le muerdo la nariz, por bruja”. Y dicho esto, se marchó corriendo por el jardín.

            Estos días, Carmen, el hada sueñera, está a tope de trabajo, repartiendo suerte desde su sueñería. Parece que cuanto peor están las cosas, más necesitamos a las hadas como ella. Hasta a mí, esta humilde juntaletras, me ha enviado un soplo de fortuna para animarme a seguir escribiendo. Ojalá la tuviera cerca para poder abrazarla, y agradecerle así lo bueno que me da cada día a través del ordenador. A todos vosotros, los que la conocéis, los que estáis cerca para poder devolverle un poquito del cariño que os proporciona a raudales, no dudéis en hacerlo siempre que tengáis oportunidad. De lo contrario, ya sabéis el riesgo que corréis…

 

3 comentarios:

  1. Yo le di un abrazo. Tomamos café. El tren se fue sin mi y nos reímos de todo y más...

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  2. Madre mia, pero que hada me acabas de describir, ya me gustaria a mi tener esa hadita cerca que la achucahria todos los dias

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  3. Que preciosidad, me ha encantado, ojala hubiese muchas más hadas como Carmen. Un besazo

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