martes, 20 de noviembre de 2012

OFICIOS QUE NADIE QUIERE


            Vivimos tiempos convulsos. ¿Qué os voy a contar a vosotros que no sepáis ya? Las salidas laborales son escasas, los que quieren buenos trabajos se van del país, generalmente para seguir viviendo mal pero hablando una lengua extranjera (llamadme pesimista, pero a las estadísticas me remito), los empresarios cada vez tienen más fácil echar a la calle a cualquiera sin que el cualquiera tenga derecho a nada, y de ese modo, la gente de bien no quiere ser empresaria, y el españolito de a pie no encuentra un trabajo decente ni de casualidad. Los “sin escrúpulos” (raza aparte bastante numerosa) se matan por ser consejeros de banca o políticos, que ganan y ganan sin dar nada a cambio y sin que se les pueda exigir responsabilidad ninguna (al más puro estilo república bananera). Un delegado del gobierno puede amparar a un delincuente impunemente en su casa (parentesco obliga, oigan) mientras ordena a los antidisturbios dar leña a diestro y siniestro en la calle sin que se le despeine la melena ni le palidezcan las mechas, con las perlas en su sitio, como dama de la buena sociedad que es, ya me entendéis. España es diferente; por lo tanto, quien quiere salir adelante, debe buscar oficios diferentes. O sea, y traducido al castellano: los que nadie elige.

            Antes, nadie quería trabajar en los geriátricos. Yo trabajé en dos; ahora hay bofetadas para un puesto en una residencia. Antes, nadie quería recoger la basura. Pronto tendrán que convocar oposiciones para camioneros de vertedero y gestores de contenedor verde. Las que limpiaban las casas eran las mujeres que ocupaban uno de los más humildes puestos en el escalafón social; ahora, una asistenta por horas cobra entre 6 y 10€ cada 60 minutos de su tiempo. Se lo merecen de sobra, dicho sea de paso, pero ganan más que muchos titulados universitarios. Y si son nacionales el caché aumenta, están mucho mejor consideradas que las extranjeras. Antes, las cosas eran distintas. Ahora hay que cambiar de actitud.

            Después de mucho buscar, creo que he decidido lo que voy a hacer. De sanitaria no hay trabajo (somos multitud), de administrativa tampoco (sobramos casi todas, y cada vez hay menos empresas que administrar), y como escritora no tengo futuro, porque mis protagonistas no son proclives a estar dándole al asunto sexual día y noche, ni les van las cosas raras, ni viven en la época medieval o la de los cátaros. Después de mucho buscar, creo que ya sé hacia dónde voy a enfocar mi futuro laboral: voy a hacerme tanatopráctica.

            Lo he mirado muy bien, y todo son ventajas. Es un trabajo silencioso, pero te puedes poner música, porque el cliente no se queja. Aunque haya sido un amante ferviente del barroco alemán, Mozart o Wagner, ya puedes ponerte el heavy metal a todo gas, que no va a decirte ni “mu”. Tampoco has de elegir su vestuario, ya te lo dan completo. Simplemente tienes que tratar de que quede como si no le hubiera pasado nada, es decir, que parezca lo más vivo posible. Dentro de lo que cabe.

            Otro tema a tener en cuenta es la proyección del asunto en el tiempo: nunca te van a faltar clientes. Y el orgullo profesional que te produce el escuchar a los familiares del difunto eso de “míralo, qué guapo está. Si parece dormido”, que no es cachondeo, es un tema delicado y sensible. Cuando trabajaba en geriatría y alguno de mis abuelillos se me iba, lo arreglaba yo misma; nunca me dio miedo ni asco, eran personas a las que había atendido, alimentado y lavado, besado y mimado. ¿Cómo iba a dejar en otras manos ese último favor? La residencia tenía tanatorio propio y capilla, de modo que no era necesario llevarse a mis ancianetes a ningún otro lugar. De allí se iban al cementerio. Antes, cuando la gente moría en casa, en casa se quedaba. Allí se le amortajaba, se le arreglaba, se le velaba. Antes, la muerte era parte de la vida, y como tal la asumíamos. Ahora ya no. Ahora es un tema que nos asusta, nos horripila, nos produce tan tremenda aprensión que para soslayarla hemos inventado los seguros.

            Ya no puedes tocar a un familiar al que pierdes. Para eso están los tanatoprácticos y los tanatoestéticos. Nosotros no somos capaces ni de hacer por nuestros seres queridos ese último servicio. Ellos te lo visten, lavan y peinan, maquillan y retocan, todo entra en el seguro sin sobrecoste alguno. Ya me he informado: la normativa europea dice que para eso hay que tener una formación específica. Pues nada, a formarse tocan. Eso sí, cuando alguien me pregunte lo que estoy estudiando, diré “Práctica Estética”. La otra parte, la del “tánato” la omitiré para no herir sensibilidades.

            Lo he consultado con mi costillo, y no está muy por la labor. Dice que mejor ponga una mercería, que prefiere dormir con una botonera que con una tanatopráctica. También tiene razón el hombre…

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