martes, 6 de noviembre de 2012

QUINTO VIAJE DEL TROVADOR DE SUEÑOS


            Dos días después de haber partido desde aquel confín del mundo que no era tal, nuestro protagonista aún no sabía hacia dónde quería ir. Esperaba una señal, algo que le trajese el viento y le dijera cuál era su próximo destino. Continuó cruzándose con todo tipo de gentes que se dirigían al lugar que él acababa de dejar atrás, y fue un muchacho, que viajaba con uno de aquellos grupos de peregrinos, el que forzó esta vez la flecha de su brújula caprichosa.

            Tendría diez o doce años; el trovador había parado para almorzar algo de queso y borona que le diera la última mujer a la que desató pausadamente el corpiño, y el chaval, junto con su familia, también hizo un alto en su andar. Le llamó la atención el laúd, y con su infantil desparpajo pidió una pieza a nuestro errante cantor. Entonó para él (y también para su recia madre, que lo miraba de reojo adivinando algunos pensamientos poco inocentes) una copla en el idioma de Roland. “¡Yo conozco esa canción!” exclamó el niño. “En donde yo vivo, paran a veces gentes de ese país, ellos también la cantan”. Y dicho esto, sacó de su zurrón un instrumento de viento que el trovador no había visto nunca, y continuó la melodía que había quedado suspendida en el aire. Aquel sonido, agudo pero dulce, le llamó poderosamente la atención. “En el lugar en el que nací, la gente se coge de las manos para bailar en círculo, y tocamos durante horas nuestras más representativas canciones en las plazas. Solo hace falta una tenora, un tible, mi flabiol y un tamboril, y siempre hay quien se une a la danza”.

            Un trozo de pergamino le sirvió para anotar la ruta. El chaval le dio todo tipo de explicaciones sobre su ciudad de origen, y por dónde había de pasar para encontrarla. “Muchos barcos llegan allí a diario, navegando por un mar que más parece un estanque por lo tranquilo. Fue fundada justo en el sitio en el que Hércules y los argonautas perdieron la novena nave de su flota. Encalló en un punto de la costa entre dos ríos y una sierra, y en ese lugar pusieron la semilla de la que hoy es una de las perlas más ricas y hermosas del continente. No tienes pérdida”.

            Entre cánticos, risas y relatos sobre aquel nuevo destino que se había propuesto alcanzar, discurrió la tarde sin que abandonaran el claro en el que habían parado, porque el trovador no tenía excesiva prisa por marchar, y a los peregrinos poco trastorno les suponía un día más en su largo viaje. Al llegar el ocaso, encendieron una fogata y convinieron pasar la noche para partir, en direcciones opuestas, tan pronto como rompiera el alba. Como ya habréis adivinado, ni el trovador de sueños ni la madre del chaval durmieron demasiado aquella noche. Ella hablaba una lengua que él apenas comprendía, pero los suspiros y los besos no entienden de idiomas. Había tanta pasión en aquella mujer que la noche se convirtió en una auténtica fiesta con dos invitados solamente.

            Con los primeros trinos de un malvís, el cantor se escabulló, como siempre, sin ruido. Le esperaba una maravillosa ciudad llena de sorpresas, y el camino era largo, de modo que, con el olor a pan de payés de aquel pecho que acababa de dejar aún en la memoria, dirigió sus pasos al este.

            Atravesó distintas regiones, cada una con sus paisajes y paisanajes diversos. Cruzó por la ciudad amurallada en la que la Virgen de los Ojos Grandes ampara a los lugareños. Después dio en llegar a una capital, que fue en tiempos de vital importancia para el país; las agujas de la catedral gótica más hermosa de toda la cristiandad, la más pulcra y perfecta, esbelta y luminosa, asomaban sobre los edificios, haciéndose visibles desde todos los puntos de aquella ciudad. En sus posadas no faltaban el recio vino, la sopa de ajo y un chorizo picante sin parangón. Él, que era un hombre viajado y conocedor de talantes y manjares diversos, reconoció que la hospitalidad y el carácter sincero de aquellas gentes eran valores cada vez más raros de encontrar. Pero no se detuvo allí por muchos días, porque ansiaba llegar a aquella atractiva meta que el sonido del flabiol le había señalado.

            Continuó su caminar por las tierras del Campeador, y después por las del vino. Paraba en donde veía gente, cantaba, recogía las monedas que le ofrecían de día y cosechaba de noche cuantas caricias era capaz de conquistar. Así llegó a las estribaciones de una cordillera, la más impresionante que sus ojos habían visto nunca. Siguió la línea de esas montañas, bien envuelto en su capa de paño, y con el laúd protegido en una bolsa de piel de cordero, para que no se le destemplase. “Avanza todo recto hacia la costa”, le había dicho el chaval. “Después, su resplandor te guiará”. Efectivamente, tras una última sierra, la encontró. Había llegado.

            Le asombró la magnitud de la ciudad; era la más grande que había visitado nunca, y se sintió un poco fuera de lugar. Decidió buscar la catedral, porque en los alrededores de los grandes templos solía haber mucha gente, mercaderes, paseantes y caballeros, y era allí donde su arte obtenía más beneficios. Vio los pináculos típicos del gótico asomando a su derecha, y a su izquierda otros, también muy altos, de extraño aspecto. “¿Habrá dos catedrales? ¡Qué ciudad más extraña!”, pensó. Y dirigió sus pasos hacia la siniestra, llegando a una enorme basílica, aún en construcción. Le pareció tan magnífica y distinta que incluso dudó que fuera real, porque a la vista semejaba una auténtica ensoñación. Pronto advirtió que, salpicados por muchas de las calles, había edificios tan extraños como bellos, llenos de curvas, hojas, agujas, rejas como volutas de humo, ventanas como sonrisas abiertas, asimetrías perfectamente estudiadas, azulejos de colores… Allí gustaban de una manera de construir que no había visto nunca en ningún otro lugar.

            Caminó, embelesado, por las avenidas arboladas; bajó por un largo paseo salpicado de puestos de flores, en el que las floristas le pidieron canciones a cambio de claveles rojos. No le fue difícil obtener allí algunas monedas más para procurarse la cena, y también el ofrecimiento de techo y calor para pasar la noche. Cada pocos pasos había un artista errante subido a un pedestal; todos iban disfrazados de distintas maneras, y solamente se movían con el sonido de las monedas que los asombrados paseantes dejaban caer en sus botes de lata. Entretuvo mirándolos la espera: la muchacha de la que acababa de prendarse aún debía terminar su trabajo y recoger el puesto.

            Tal y como habían convenido, caminó unos pasos tras ella hasta el barrio gótico, que era donde vivía. Dejó la puerta entreabierta para que él entrase, y lo hizo nervioso, expectante, porque cada vez era como una primera vez. Su enamoramiento caducaría en pocas horas, pero mientras le durase estrenaría para ella cuantas palabras tiernas y canciones de amor se le viniesen a la mente. Siempre le ocurría así, y aquella noche no fue una excepción. Compartieron mesa, y el pan era moreno como su piel de trigo. Los tomates, firmes, maduros y jugosos, como sus senos. El aceite, verdoso y brillante como su mirada, y la carne, salada y tierna como la de aquella criatura que olía a flores recién cortadas. Su acento sonoro hacía que las frases dulces sonasen como una música desconocida, una melodía que se le pegó a la piel y resonó en su memoria hasta mucho tiempo después de haber abandonado su lecho. Se sintió tentado de volver a buscarla, pero se obligó a no hacerlo para no detener su andar.

            Con el nuevo día se dirigió al puerto. Era magnífico; vio barcos de muchas nacionalidades, comercio vivo, mercancías entrando y saliendo a hombros de los estibadores. Paños, vinos, aceites, todo tipo de riquezas iban y venían, denotando una economía floreciente. El tabernero que le sirvió algo de comer aquella mañana le dijo que pocas industrias y negocios existían en el país que no tuvieran allí algún interés. Esa riqueza, que había visto en las casas y en las ropas de los viandantes, era lo que atraía a gentes de toda la península, que venían a establecerse buscando mejorar. “Eso es bueno”, dijo el tabernero. “Más faena para mí. Esta ciudad es un niño que crece sin detenerse, con el tiempo llegará a ser conocida y apreciada en el mundo entero. Nunca nos faltará el trabajo ni las ganas de realizarlo, porque somos gente laboriosa. Quédese usted también un tiempo, hará una buena bolsa con que comprar una casa”. El trovador pagó su almuerzo y se marchó pensando en la florista, pero ni por un solo segundo consideró el quedarse allí por acumular dinero. Nunca amó las monedas, y solo ganó las necesarias para comer e ir renovando su traje a medida que lo iba necesitando. El resto del tiempo lo quería para emplearlo en vivir, caminar, disfrutar y enamorarse cada noche. Era un trovador de sueños, un amante sin raíces. “Una cigarra no podrá ser jamás hormiga”, pensó mientras pasaba ante la estatua de un navegante. Miró el brazo de piedra extendido, y el dedo índice apuntando al infinito, como diciéndole “márchate, tu sitio no está aquí”.

            Evitando el barrio gótico, para no tropezar con ella y sentirse tentado de volver a amarla, llegó hasta un parque. Estaba lleno de bancos curvos, rincones y columnas sinuosas e inclinadas. Un palacete le habló del genio que lo había habitado; él diseñó y comenzó aquel templo impresionante que viera a su llegada, y obra suya eran también algunos de los edificios que tanto le habían llamado la atención, así como el lagarto de colores junto al que descubrió al Hada de la Tierra.

            Vestía de verde, y su maquillaje llenaba de ramas y hojas su rostro y las finas manos de largos dedos. De su cabello,  interminable y enmarañado, salían raíces colgantes que cubrían su espalda. Plantada sobre un pedestal, y ante los ojos asombrados de niños y mayores, manejaba una bola de cristal transparente. La hacía rodar de una mano a otra, la dejaba caer por su brazo, la recogía y volvía a pasársela hasta el hombro contrario con movimientos sinuosos e insinuantes. A sus pies, una lata abierta con algunas monedas en su interior. Otra artista errante ganándose el sustento, otra alma libre y mágica que había encontrado allí público y libertad suficiente como para subsistir con la plasticidad de sus gestos, sin necesitar nada más. La miró largo rato, tan hechizado como un chiquillo.

            El cantor, laúd en mano y morral al hombro, y el hada de mentira, con su bola de malabarista, caminaron de la mano por las calles sin que a nadie le resultase extraño. “Aquí la gente no se mete en los asuntos de los demás. Por eso esto está lleno de artistas”. Le enseñó los rincones de la bohemia, la vista desde lo alto del teleférico, la fuente de colores. Le mostró las plazas vestidas de fiesta en las que la gente se cogía de las manos y bailaba en círculos, al son de los instrumentos de los que le había hablado aquel lejano niño: “Solo hace falta una tenora, un tible, mi flabiol y un tamboril, y siempre hay quien se une a la danza”. Así era. Hombres y mujeres alternados, los mismos pasos, y un sentimiento de hermandad como había conocido pocos. Vio torres humanas apoyadas por cientos de manos y brazos, todos a una, todos en el mismo barco, el mismo proyecto, el mismo afán, y les admiró, pero se sintió, más que nunca, fuera de lugar. Él era todo lo contrario: inconstante, veleta, enamoradizo, inquieto, individualista y solitario. Prefería lo pequeño, la poesía de los besos, las cabañas de pastores y los chamizos de pescadores, las posadas de pueblo con posadera rolliza y acogedora. Reconocía la belleza de aquel lugar, pero no lo sentía suyo.

            Una pensioncilla cercana al puerto les sirvió como suite nupcial aquella noche. Terreno neutral, pues no era la morada del uno ni de la otra, en donde la habilidad de ella superó a la de él. Y por primera vez, al despertar, se vio solo, con la huella de otro cuerpo en el colchón vencido, y sin un adiós. “Bueno, alguna vez me tenía que ocurrir”, pensó mientras se vestía y preparaba el morral. No sentía el orgullo herido, ni desamor. Solamente frío por dentro. “Necesito sur”, se dijo.

            Miró por última vez la ciudad que dejaba atrás, admirando a quienes la habían hecho posible, pero aún más a quienes podían vivir en ella sin perder la alegría, porque él era incapaz. Su brújula se puso de nuevo en marcha siguiendo la costa, confiando en que antes o después una nueva señal le indicase su próximo destino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario