jueves, 15 de noviembre de 2012

REALITIES IRREALITIES


            Beatriz adoraba los ”realities”. No se perdía uno, pasaba el día y la semana pendiente de la televisión. “Gran Hermano” la llevaba por la calle de la amargura, lamentaba que “Supervivientes” se hiciera solamente con famosillos, se moría de risa con lo de “Perdidos en la tribu” y con “Granjero busca esposa”, y recientemente había descubierto un canal donde el 70% de la programación se componía de espacios de ese estilo, todos hechos en Estados Unidos, y todos maravillosos a sus ojos.

            Un día se decidió: tenía que tratar de participar en uno. Una vez dentro, con su simpatía natural y su belleza, además del desparpajo que la caracterizaba, no le sería demasiado difícil hacerse un hueco en algún canal de televisión privado, como ya habían hecho algunos antes que ella. Tomó clases de canto, se puso sus mejores galas y fue al casting de un concurso de talentos. La tumbaron en la primera audición. “Bueno, tampoco es que mi ilusión fuera el ser cantante”, pensó. “Voy a intentarlo en otro programa”. Ahorró, se operó los pechos para ir en consonancia con la línea de ese tipo de televisión, y se presentó a las pruebas para “Gran Hermano”. No fue seleccionada.

            Había perdido una batalla, pero no la guerra. Recompuso el ánimo, se hizo mechas rubias, se colocó extensiones, compró la falda más corta que pudo encontrar y se presentó a “Mujeres, hombres y viceversa”, pero en cuanto oyeron que hablaba normal, sin el acento afectado, el deje barriobajero, sin el “o sea” continuo, ni el “¿sabesss?”, ni el “jo, qué fuerte, tía”, fue descartada. Salió de la entrevista hecha un mar de lágrimas. ¿Pero es que nadie se iba a dar cuenta nunca de que ella estaba hecha para los “realities”? ¡No podía ser que los productores de televisión tuvieran tan poco ojo!

            Tardó dos meses en levantar cabeza, pero al fin se puso colágeno en los labios y se presentó a “¿Quién quiere casarse con mi hijo?” Y al fin fue seleccionada. Iba a participar en uno de aquellos maravillosos programas, iba a disparar ella solita los niveles de audiencia. Lo iba a petar, como vulgarmente se dice. Era su oportunidad, de modo que se hizo poner unas uñas de gel espectaculares, hizo la maleta y se fue para Madrid.

            Cuando le presentaron a sus rivales, las otras chicas que iban a competir con ella por el amor del casadero, casi le da un desmayo. Todas eran unas depredadoras que solamente querían fama y oportunidades, y si para ello había que conquistar a quién sabe qué espécimen de macho ibérico y a su encantadora madre, pues adelante. “Zorronas”, pensó. Justo lo que las otras estaban pensando sobre ella. Se valoraron unas a otras, miraron sus cirugías de pechos y labios, sus postizos de pelo y uñas… todas eran mujeres de mentira. Pero Beatriz no se amilanó: “será mío, a mí me sobra talento para conquistar a cualquiera. Y luego, le planto en cuanto se acabe el programa y ¡a trabajar en la tele! Pan comido”.

            El muchacho en cuestión parecía haber hecho una oposición a “Garrulo Mayor del Reino”, y su madre… Bueno, su madre era indescriptible. Tremenda. Disimuló el asco que le daban los dos durante un tiempo, pero cuando la cosa se puso seria y las demás comenzaron a echar toda la carne (y el tanga) en el asador, ella no pudo. Abandonó, incapaz de continuar con aquella farsa. Para colmo, nadie la paraba por la calle ni la reconocía, de modo que el esfuerzo no había servido de nada. Para consolarse del fracaso se operó la nariz, y en cuanto se recuperó, empezó a buscar convocatorias para nuevos “realities.

            Un año después, lo consiguió de nuevo. Se llamaba “¿Tienes estilo?”, y fue seleccionada con bastante facilidad. Estaba tan contenta que llamó a todo el mundo para contárselo. El día en que comenzaba la grabación estaba un poco nerviosa; irían a su casa con las cámaras, un estilista analizaría su aspecto y su armario, y la ayudarían a cambiar todo lo que les pareciese “poco estiloso”.

La furgoneta del canal de televisión se presentó en su casa a las nueve en punto. Entraron como un enjambre de abejorros. “Nena, tu armario es un desastre. Estas faldas tan cortas, estos escotes de poligonera… ¿Dónde te vistes? ¿En los chinos?” Aguantó el tipo con una sonrisa mientras el “estilista” cortaba con unas tijeras su vestido favorito. Después, la llevaron de compras a “El Tajo Británico”, se probó un montón de ropa elegante y preciosa, se la llevaron a casa y la pusieron en su armario. “Bueno, esto no está mal”, pensó. “Con el ropero que me han dejado, les perdono la humillación”. Pero aún quedaba lo mejor.

            Le dijeron que se pusiera un bikini y que se colocara delante de la cámara. “Nena, menudas tetas, el caucho ya no se lleva. Si no te las quitas todo el mundo te confundirá con la Pamela Anderson. ¿Y tus labios? ¡Si parece que llevas dos chistorras! Te recomiendo que te los pintes en tonos nude hasta que se te baje esa inflamación artificial. Mira esas extensiones, ¡Por Dios! ¡Diría que llevas un gato muerto en la cabeza! ¿Quién te dijo que eso te quedaba bien?” Y así, trozo a trozo, fueron enumerando lo que le sobraba o le faltaba, para terminar el programa recomendándole un par de cirugías más para corregir las anteriores y volver a ser una persona normal. Por último, apagaron las cámaras, recogieron la ropa nueva del armario (“¿Te pensabas que te la ibas a quedar? ¿Pero tú de qué guindo te has caído, chata?”) y se marcharon por donde habían venido.

            Se cortó el pelo y lo tiñó de castaño, se quitó los tacones y las uñas de gel, y durante meses no salió de casa sin unas enormes gafas de sol para que nadie pudiese reconocerla. En mucho tiempo, la única oferta de trabajo que recibió fue la de una conocida revista para caballeros, que le ofrecía cierta cantidad de dinero por posar casi desnuda. No aceptó, por suerte para ella: había recobrado la sensatez por fin. Después, esperó a que la olvidaran y se matriculó en un centro cercano a su casa para continuar los estudios que nunca debió abandonar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario